“Estudios biográficos. Esteban Manuel de Villegas”
- Autor del texto editado
- Valladares y Saavedra, Ramón de (1824-1901)
- Título de la obra
- El Genio. Periódico semanal de literatura, artes, ciencias, modas y teatros, tomo I, nº 23, 23 de marzo de 1845
- Autor de la obra
- Balaguer, Víctor (dir.)
- Edición
- Barcelona:
D.J.M. de Grau,
1845
- Paginación
- pp. 269-273
Fuentes
Enlace del ejemplar. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Esther Márquez Martínez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 8 enero 2025
ESTUDIOS BIOGRÁFICOS
ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS
Cuando todos los interesados en nuestras glorias literarias y nacionales han hablado con tanta extensión de los hombres célebres que brillaron en el siglo XVII, siglo que pudiera haberse apellidado de oro en nuestra poesía si algunos monarcas se hubieran asemejado a Augusto tanto como los poetas a Ovidio, Horacio y Virgilio, no nos parece desacertado hacer la biografía de Esteban Manuel de Villegas, ingenio que floreció en aquella época y al que se debe no pocos triunfos de los que se alcanzaron. No tratamos en el presente artículo de calificar extensamente sus obras ni dilatarnos por el espinoso campo de la crítica. Bien quisiéramos hacerlo, porque Villegas podía dar luz sobre algunos puntos bastantes confusos de nuestra literatura y porque él con sus obras promovió más de una revolución literaria, mas los límites de un periódico no ofrecen la extensión necesaria para largas disertaciones, ni para prolongados artículos; así, pues, nos ceñiremos en lo posible a hacer solamente la narración de la vida de Villegas y a enumerar con algunas ligeras observaciones el catálogo de sus obras.
Esteban Manuel de Villegas nació en la ciudad de Nájera en el año 1596 y fue bautizado en Santa María la Real; su familia era oriunda de pie de Concha de la Montaña y una de las principales de Nájera. Sus primeros años los pasó en esta corte, donde estudió las letras humanas. Durante este tiempo adquirió la comunicación e intimidad con los célebres poetas de aquella época y más principalmente con el rector de Villahermosa, a quien tomó por norma de sus composiciones. Una prueba de este aserto son las Eróticas que compuso, y de las que después hablaremos, donde se refleja el estilo de Argensola, ya fuese porque este le revelase sus ideas, ya porque no pudieran ocultarse a la sabia penetración de Villegas.
A la edad de 14 años pasó a Salamanca a estudiar jurisprudencia, para lo cual se matriculó en los cursos de 1610 y 1612, según consta en un certificado, fecha 14 de febrero de 1766, dado por Diego García de Paredes, secretario de aquella Universidad, el cual se sacó para dilucidar las dudas que había sobre la verdadera patria de Villegas, al que achacaban algunos había nacido en Matute.
En aquella época su mérito y dotes particulares le granjearon la amistad de los más sabios ministros que hubo después en el reino, contándose entre ellos don Santiago Riaño de Samboa y don Juan Bautisto Larrea, consejeros ambos de Castilla y caballeros de la orden de Santiago.
Desde luego manifestó Villegas su inclinación innata a las humanidades y más principalmente a la poesía lírica; sus padres le dedicaron a jurisprudencia, fundados sin duda en que esta carrera era la más a propósito para un joven de distinción, más él manifestó su deferencia a la literatura.
Efectivamente, en el año de 1618 la publicación de sus Eróticas o poesías amatorias, impresas en Nájera por Juan de Mogastón, hicieron patente su pasión a este ramo de las bellas letras, que le ocupó la mayor parte de la juventud. Esta colección contiene odas, canciones, elegías, idilios, sonetos, epigramas, poesías en metro latino y traducción de los antiguos poetas, principalmente Anacreonte y de Horacio.
Extraña desde luego en esta obra que a la edad que la limó supiese adornar sus versos con las fábulas de la mitología y embellecerlos con las verdades de la historia, que uniese la festiva libertad de Anacreonte, la suavidad de Catulo con la arrogancia de Tibulo, que supiese imitar, en fin, con tan fino tacto a Virgilio y Horacio y que se calzase con igual acierto el coturno de Eurípides. Esto nos prueba que el buen gusto bebido en los originales de la Antigüedad basta para perfeccionar a los que han nacido poetas.
Pero en lo que más sobresalió nuestro ingenio fue en la imitación que hizo en sus mismas composiciones de Catulo y Anacreonte.
La lucha del Amor y la abeja, la Oda a Vulcano y el Pajarillo, que se lamenta de ver robado su nido, son composiciones muy bellas, llenas de viveza y naturalidad, imágenes y gracias nativas que no son inferiores a las de Anacreonte, Virgilio y Garcilaso. No se contentó Villegas solamente con imitar el orden de los poetas griegos y latinos, sino que quiso también imitarlos en el metro, probando que la rica lengua castellana es capaz de embellecerse con muchos primores de la latina, y que el uso constante de la rima más bien procede de la pereza que de la índole de la lengua. Sus hexámetros, pentámetros y demás versos en metro latino son llenos y sonoros, con especialidad los sáficos-adónicos con aquella célebre oda que comienza:
Dulce vecino de la verde selva, etc.
Aventajó al maestro Fernán Pérez de la Oliva, al doctor Luis González, a Ambrosio de Morales y a Duarte Núñez de León, que intentaron manifestar la afinidad de ambas lenguas castellana y latina con discursos y poesías.
No fue él ciertamente quien introdujo esta clase de composiciones, pues en los coros de las Nises de Gerónimo Bermúdez hay excelentes sáficos-adónicos; empero, Villegas fue el que con más ostentación quiso llevar a cabo esta obra valiéndose de hexámetros y pentámetros muy poco conocidos. Este trabajo logró aplausos de los inteligentes, si bien mereció poco aprecio a sus contemporáneos.
Hasta aquí Villegas mostró sus inclinaciones poéticas sin ningún género de cortapisa, mas otros pensamientos relativos a su colocación le retrajeron del comercio de las musas. Tal fue su matrimonio en 1626 con doña Antonia de Leiva; al año siguiente nació Serafín Antonio, su primogénito, y sucesivamente María Violante, Rosa Francisca y Bartolomé Bernardo, que fue discípulo de Francisco Cascales. A más de estos, cuyas partidas existían en la parroquial de Nájera, tuvo Villegas a doña Manuela, casada con don Dionisio de Londoño, y a doña Catalina, soltera.
La poca aceptación que tuvieron sus obras por lo relajado de la época y las ocupaciones y penalidades que trae consigo el aumento de familia y sus consiguientes obligaciones influyeron poderosamente en que se amortiguase el calor y fecundidad de su musa. Mas, no pudiendo su genio emprendedor permanecer en inacción, se dedicó a los demás ramos de las letras humanas, cuyo estudio continuaba por los años de 1688 en las bibliotecas de Madrid y con especialidad en la del Conde-Duque. Después se dedicó a la corrección de los autores antiguos, que siguió algunos años, durante los cuales compuso sus disertaciones críticas, que tenía acabadas el de 1650.
El año de 1655 estaba trabajando, de resultas de su correspondencia con don Lorenzo Ramírez, en la glosa del código Teoderiano, cuando le interrumpió en su trabajo la peligrosa enfermedad que tuvo en 1663, que le puso a las puertas de la muerte, por cuya razón otorgó testamento en 22 de febrero del mismo año de 1665.
Mas la providencia no quiso que siguiese el curso de sus desvelos, y, así, estando en aquellos trabajos ocupado le sobrevino la enfermedad de la muerte, la que acaeció en Nájera en tres de noviembre del año 1669 a los 73 de edad, habiendo hecho antes en 12 de agosto del mismo año su codicilo ante Pedro de Baños, escribano de número del mismo Nájera.
No trataremos ciertamente de dar nuestra opinión sobre las causas de su prematura muerte; empero, tenemos la convicción íntima de que la época en que floreció fue el veneno que le arrancara la existencia.
Villegas tomó a su cargo corregir los defectos de sus contemporáneos, y estos le hicieron sentir de una manera cruel su resentimiento. Lope de Vega, contemporáneo de nuestro autor, se alzó, como hemos dicho en otra ocasión, con la soberanía teatral. Los repetidos aplausos y general aclamación con que fueron recibidas sus comedias le confirmaron en el abandono de las reglas, y Villegas, joven entonces, se propuso contrarrestar aquella desacertada complacencia del vulgo, manifestando palpablemente los defectos de las nuevas comedias [en] sus Elegías 7 y 8 de la parte segunda del libro primero de sus Eróticas, censura digna de Artemidoro, Cristóbal de Mesa y otros hombres doctos de aquella época.
Con igual, recta y sana intención censuró las costumbres de su siglo con una sátira inédita que se conserva en colegio de Cuenca. Esta sátira la dedicó al ministro don Lorenzo Ramírez de Prado, a la que acompañó, al remitírsele manuscrita, la tragedia el Hipólito, imitación de Eurípides.
El defecto que más le echaron en cara sus contemporáneos fue el representarse a sí mismo en las Eróticas como un sol, en cuya presencia debían oscurecerse los demás astros de la poesía lírica. Lope de Vega tomó una no pequeña parte en aquellas contiendas, si bien este célebre escritor hizo su crítica con delicadeza, siendo justa, y en extremo arrogante la pretensión de Villegas. No le negamos nosotros hasta cierto punto la verdad de aquel sol que él personificaba. Porque vemos que fue el único poeta lírico español que comprendió este género difícil, pero también es cierto que estas mismas composiciones tenían defectos imperdonables para el poeta que tan alta idea tenía formada de su talento.
Las Odas y las Elegías fueron las composiciones a que más se dedicó, y en ellas son donde aquellos defectos aparecen más palpables. Usa comúnmente metáforas violentas, ideas que desdicen y coacciones extrañas, con notable perjuicio de nuestra lengua. La pasión presidía generalmente al hacer el juicio de los poetas sus contemporáneos, y con el solo objeto de saciar un resentimiento o cumplir un mezquino deseo fraguaba una inmensa composición de buenos versos, sí, porque Villegas no los hacía malos, pero vacía de todo pensamiento de interés general o de recreo. Por esta misma razón creemos que no llegaba el recto fin que de otro modo aparecía cuando se propuso desacreditar la afectada elevación y oscuridad de don Luis de Góngora, porque, al paso que vituperaba con justicia aquel estilo que tan crueles contiendas ocasionó, vemos que elogia desmedidamente el Faetonte del conde Villamediana, obra que adolece de todos los defectos de la escuela gongorina sin participar de ninguna de sus bellezas. Esta parcialidad, esta ofuscación sin consultar la ingenuidad y el desinterés jamás podremos perdonarla al claro ingenio de nuestro joven poeta. En buen hora que en los escritos se trate de dar tributo al sentimiento del honor y del amor propio, porque nunca podremos desnudarnos de la miseria inherente a esta existencia, pero siempre es preciso encubrir estos pensamientos con la máscara del interés común, porque al público para quien se escribe y que es nuestro único juez, nuestro exclusivo censor, no interesan esos resentimientos y esas rencillas que nacen o de la envidia o de afecciones o defecciones particulares.
No fue en los sonetos en la clase de composiciones que quiso sobresalir nuestro Villegas; así lo prueba el escaso número de ellos que dio a luz, pues en toda la colección de sus Eróticas solo se encuentran doce. Con todo, los sonetos de Villegas no son indignos de su pluma, ya que no rivalizan con la mayor parte de los de Garcilaso, Artemidoro y los Argensolas.
Últimamente, además de los asuntos comprendidos en este corto resumen, compuso Villegas algunas disertaciones sobre Plauto, Persio, Catulo y otros, y tradujo en versos latinos de epístolas griegas de Aristéneto y de la cual no hizo mención. A mediados del siglo XVII tenía concluida esta obra, según dice el mismo en carta a don Lorenzo Ramírez de Prado, empleando solo ocho años en la composición de ambos volúmenes.
Después de haber abandonado enteramente la poesía, una de las obras a que intentó dedicarse con más preferencia fue a la glosa del código de Teodosio, que ya tenía empezada cuando le sobrevino la enfermedad de que hemos hecho mérito en 1665, pero la desgracia de no haber encontrado un manuscrito original de este volumen en el colegio de san Bartolomé, donde le buscó, le obligó a mudar de pensamiento, acomodándose solamente en el transcurso de su trabajo a los humanistas. De esta obra solo han quedado algunas disertaciones suyas y la última noticia que nos resta de ella consta por una carta de Villegas a Prado, fecha en fin de diciembre de 55, en cuya época subsistía en la composición del índice. Cortada después la correspondencia de Villegas con aquel ministro, no ha quedado ni la más ligera señal sobre este interesante trabajo ni del Etimológico Historial obra que como otras muchas meditaba y, según él mismo decía, había de llamar la atención.
La traducción de los Libros de consolación de Boecio que hemos dicho publicó en 1665 fue el trabajo que emprendió Villegas con más ansiedad y esmero. Hizo esta traducción en prosa y verso, según marcaba el original, y, sin embargo de haber hecho este trabajo en su vejez, los versos de su traducción son tan buenos como los que hizo en la edad de 14 años, tan dulces, tan sonoros, tan suaves como los de sus Eróticas, no olvidando entrelazar el metro latino, al que manifestó siempre tanta deferencia.
Por efecto de la edad y de la perfección de su juicio, dejó imperfecta la obra, pues en el libro 5º, en que Boecio discurre acerca del libre albedrío y del convencimiento anticipado que la providencia tiene de todas las cosas, no osó dejar correr su pluma, y así aquella última parte la trasladó tal cual estaba en el original, para no deslizarse sin duda en un punto tan controvertido entre los estoicos y los académicos y tan resbaladizo y trascendental de suyo.
Sin embargo de todo, se cumplió el objeto de nuestro autor al traducir al de Boecio. Inmediatamente que salió a luz, su trabajo arrinconó la traducción y el comento de padre fray Agustín López, impresa en Valladolid el año de 1604, y cuantas obras se habían hecho hasta el presente.
Pero siempre la desgracia persiguió al eminente escritor; esta misma obra, cuyo mérito se reconoció por todos y cuyos elogios fueron extremados y hasta entonces no conocidos, no pudo evitar que el tiempo apagase su gloria y que Nicolás Antonio, por consiguiente, ignorase que se había impreso con la exactitud precisa para anunciarlo así a la posteridad en su Biblioteca.
Todos los sobresalientes escritores de nuestra patria parece que al nacer llevan impresa una maldición en su existencia. Por cualquiera parte que tienda su vista el observador, el crítico, el historiador no encontrarán más que pruebas irrefragables de esta amarga verdad. La ignorancia y la envidia (diferentes cuerpos con una misma alma) están siempre en vela para amortiguar y destruir los progresos o los deseos de aquellos hombres que, naciendo con un germen suficiente de ilustración, pudieran elevar a nuestra desgraciada nación a ese rango social, a esa altura literaria que tuvo en un principio y de que nadie con más razón pudiera vanagloriarse.
Pero dejemos estas observaciones, que podrán ser objeto de otro artículo, pues que hemos cumplido nuestro propósito al emprender las noticias biográficas de Esteban Manuel de Villegas.