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Biografías

“El maestro fray Agustín Núñez Delgadillo”

Autor del texto editado
Pacheco, Francisco (1564-1644)
Título de la obra
Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones
Autor de la obra
Pacheco, Francisco (1564-1644)
Edición
Sevilla: 1644 c.
Paginación
s.p.
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar FA 369 de la Biblioteca del Archivo General de Andalucía. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 20 marzo 2025

El maestro fray Agustín Núñez Delgadillo


Mucho siento la estrecheza de estos elogios en la ocasión presente, cuando, tan rico de aparato cuan pobre de suficiencia, quiero escrebir las grandezas del insigne maestro fray Agustín Núñez Delgadillo, honor y prez de la nación española, de su sagrada religión del Carmen y del mundo. Nació este ilustre varón el año 1570, en la villa de Cabra, del obispado de Córdoba, de mucha nobleza en lo corporal, de los Delgadillos de Andalucía y pariente en tercer grado de santa Teresa de Jesús, de los Cepedas y Ahumadas; y en lo espiritual (no sólo por el hábito), de más estrecho deudo, y más semejante a ella en sus heroicas virtudes y fervoroso deseo de la salud de las almas; pero aventajado en la alteza del oficio, en que resplandecía la virtud y ardiente celo de su gran padre Elías, como lo prometieron sus principios.

Estudió, siendo niño, hasta los 12 años gramática y retórica en Granada, y, dando muestras de su claro talento, recibió el hábito del Carmen en el convento de Nuestra Señora de la Cabeza de aquella ciudad. Y, habiendo oído 8 meses antes Súmulas y parte de la Lógica del padre Diego Ruiz, acabó de estudiar las artes por sí mismo, y profesó a los 16 años de su edad, siendo provincial el venerable padre maestro fray Fernando Suárez. Estudió 4 años Teología, los dos primeros en Granada y Sevilla, y los dos últimos en Osuna, donde acabó sus estudios. Y, como se aventajaba a los demás en letras y virtud, el excelentísimo señor don Juan Téllez Girón, segundo duque de Osuna, le dió una cátedra de Artes en su Universidad, que leyó tres años con grande aceptación, habiendo entrado en ella de solos 20, y comenzado ya a predicar. Sacolo la obediencia para la ciudad de Córdoba, donde comenzó a leer la Sagrada Teología sin ser sacerdote, y al fin del primer año se ordenó, y cumplió 6 en su lección. De allí vino al convento grande de Sevilla, y, después de dos años de la fundación del Colegio de San Alberto, le dieron cátedra de Prima, si bien en varias partes leyó después 30 años sin cesar. Fue llamado de Valencia, donde predicó una cuaresma y comunicó mucho al santo patriarca; predicó otras 4 sucesivas en el famoso hospital de Zaragoza, con tan grande concurso y aplauso, que se hacían andamios para oírle; y por gozar de sus letras se instituyó una cátedra de Teología Escolástica, que se acabó con su vuelta.

Hallose en Roma el año 1609, donde dio raras muestras de su mucha erudición y trató familiarmente los más aventajados sujetos que había entonces: al eminentísimo cardenal Belarmino, al gran dotor Francisco Suárez; y en el insigne colegio de la Sapiencia se graduó de maestro. Después de haber dado luz en tantas partes, paró en la corte de Filipo 4, y en ella asistió 10 años predicando como un apóstol, sin que el mayor poder se atreviese a la poderosa fuerza de su verdad. Porque fue singular en su predicación en 4 cosas: en pensar de suyo, en decir verdades, en hablar como lo entendiesen todos, en predicar Escritura sólida y limpia. Convidole su religión para predicar en Alcalá de Henares el día del glorioso doctor san Cirilo, patriarca de Alexandría; hallose presente en aquella insigne Universidad con todas las religiones (en el año de 1627, a 28 de enero); engrandeciola de manera, y fue tal el sermón, que obligó a todos los dotores a hacer con él lo que nunca jamás se ha visto, que fue enviar dos de los más graves, en su nombre a convidarlo para que arguyese en las conclusiones del siguiente día, donde hizo maravillosa demostración de ser tan gran teólogo como publicaba su fama. Fue el que entendió más bien a Raimundo Lulio, porque tuvo muy sutil y profundo ingenio; y de mucho reposo y autoridad en el púlpito y cátedra, y padre y maestro de todos los graves sujetos de su religión, que jamás hallaron en él cosa que desdijese de un perfecto religioso. Por esto lo hizo su orden procurador general de las provincias de España (cosa muy ajena de su pensamiento), pero no quiso Dios que durase en este oficio más de 6 meses.

Resplandeció en todas las virtudes; en la humildad, aunque descubrió mucha en su poco gusto cuando lo retraté; mayor demostración fue, sin escusarse, llevar en las procesiones la cruz que suelen llevar los legos, y, alabándole sus sermones, postrarse en tierra y besarla; y decir sus defetos y faltas personales cuando más le honraban. Y, lo que eccede todo encarecimiento, no pretender en su vida oficios ni dignidades y, ofreciéndoselo todo, despreciarlo. ¿Qué tal fue su pobreza? En una cuartilla de papel cupo la memoria de cuanto tenía. Esta es la mayor señal de la perfección: pudiendo ser rico ser pobre, porque, contentándose con lo poco no tenía necesidad de codiciar lo mucho. ¿Trataba de oración y de penitencia? Díganlo su clausura, sus gemidos y suspiros, los instrumentos hallados entre sus pobres alhajas, cilicios de cerdas y rayos, cadenas y diciplinas a pares. Este era el celo de su alma; de las demás díganlo sus sermones. ¡A cuántos convirtió! ¡A cuántos mejoró! Jamás le oyó alguno que no saliese con nuevos deseos. Fue tan sufrido y paciente como lo pedía la grandeza de su caridad.

Arrebatole Dios apresuradamente en 20 horas, como se lo había pedido en público y en secreto. Confesose generalmente, él, que afirman sus confesores que no pecó mortalmente, porque sabía que había de morir presto. Predicó el sermón de Santiago, patrón de España, y el siguiente día, el de la gloriosa santa Ana, que fue el postrero de su vida; xecutole luego un gran dolor de estómago, si bien con ruegos le dio lugar para satisfacer al Juez, que recibió amorosamente en su pecho, cruzados los brazos. Pidió perdón a los presentes y la sagrada unción, y, acabada de recebir, se quedó dormido, y el alma despierta la trasladó el Señor para coronarla, por lo bien que había corrido su carrera. Murió en la opinión con que vivió, el 28 de julio de 1631, de edad de 61 años, dejando algunos escritos de grande erudición. Corrió luego la voz, y concurrió innumerable gente, conmovidos de Dios, aclamándole como varón apostólico, con gran sentimiento. Lo menos fue tocarle rosarios; hicieron pedazos sus hábitos, arrancáronle los cabellos; no fue lo más estar tratable como vivo, pues le enjugaban el sudor que de su rostro corría. Hízole honras suntuosas, por ocho días, su orden; hiciéronlas muchos conventos de monjas; hízolas el duque de Osuna en Guadalajara, en que se halló el de Alcalá y su cuñado Castel Rodrigo; y, lo que es más, hízolas la señora infanta, con mucha grandeza, en las Descalzas. Llegó a oídos del Conde Duque y de su majestad, que mandó decir muchas misas por él. Hízole honras su religión en todas las partes de España donde se tiene noticia de su nombre. De esta suerte honra el Señor a los que le sirven. A su entierro, que fue el mayor que se ha visto en la corte, quedaron despobladas todas las religiones, asistieron muchas señoras principales, algunos obispos y el patriarca por mandado del rey, y los más señores y grandes, y la multitud copiosa de la plebe, con general aclamación de santo. El mayor sermón de los que le predicaron fue el de don Plácido Mirto, insigne varón de los teatinos de Italia. Los versos fueron muchos, y algunos se cantaban a voces por las calles; los epitafios latinos, magníficos. Yo pongo aquí el que está en su sepulcro y uno que yo le hice, y los versos en vulgar que me han parecido más a propósito. El epitafio que tiene en Madrid es este:

Qui in utraque Theologia floruit, qui publicus fuerat in Academiis interpretes, qui in Divini verbi acclamationibus nulli erat secundus, qui virtutibus clarebat, Reverendus Pater Magister, Fr. Agustinus Nuñez Delgadillo. Heu cecidit, bustoque reconditur ipso obiit die XXIIX Iulii, anno Domini MDCXXXI. Aetatis sua LXI.


La décima que yo le ofrecí en vez de epitafio dice así:

Un cortesano Esaías
yace en este humilde espacio,
que ardiente ostentó en palacio
el celo y virtud de Elías;
quien sacó de piedras frías [5]
dulce y saludable humor,
y al mayor predicador
Pablo hurtó la dotrina.
Güesped, la rodilla inclina
y prosigue con temor. [10]


De fray Francisco de Zuazo, de la orden del Carmen, décima:

En siete pies yace el celo,
cielo de quien fui tu Atlante;
la tierra está muy pujante,
pues tiene debajo el cielo.
Caminante, en tu desvelo [5]
no pierda el ser lo que enlaza
el polvo, que es de Dios traza
que el justo que tierra aprecia
con la vida la desprecia
y con la muerte la abraza. [10]


Del padre fray Jerónimo de Pancorvo, de la mesma orden del Carmen, décimas:

La Parca con dura mano,
sonando uno y otro filo,
cortó el más delgado hilo
que salió de estambre humano.
El Carmelo soberano, [5]
llorando pérdida tanta,
la voz al cielo levanta,
mirando, ¡oh, grave dolor!,
marchita su hermosa flor,
caída su mejor planta. [10]

Cese el llanto, que el cuidado
del Timantes de Sevilla
del Betis claro enla orilla
el hilo juntó cortado.
Su pincel hace, sagrado [15]
gloria de la edad futura,
de la mano, a pesar dura,
que aquella planta caída
se levante a nueva vida,
la flor cobre su hermosura. [20]

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