“Fray Luis de León”
- Autor del texto editado
- Vicente y Caravantes, José de (1820-1880)] J. de V. y C.
- Título de la obra
- Semanario Pintoresco Español, nº 21, 26 mayo 1839
- Autor de la obra
- Mesonero Romanos, Ramón de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de don Tomás Jordán,
1839
- Paginación
- pp. 163-165
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Borja Rodríguez Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 2 enero 2025
Fray Luis de León
El célebre poeta fray Luis de León nació en Granada en el año 1526, siendo fruto del enlace de don Lope de León y de doña Inés de Valera. A la edad de 17 años, en el de 1543, tomó el hábito de Santo Domingo en el convento de San Agustín de Salamanca, habiendo profesado el 29 de enero del año siguiente. Sus exquisitos conocimientos en las lenguas latina, griega y hebrea, su sobresaliente talento y profundidad en las sagradas letras no tardaron en adquirirle un lugar distinguido, habiéndosele conferido la cátedra de Santo Tomas de Aquino en la Universidad de Salamanca, en competencia de siete opositores, con 53 votos de exceso, y posteriormente la de Prima de Sagrada Escritura. Un varón que se había granjeado por sus virtudes y sabiduría la estimación de toda persona imparcial no podía menos de tener muchos enemigos. En efecto, la más perversa envidia acechaba todos sus pasos. Su celo y carácter dulce y complaciente les ofreció ocasión para saciar su venganza. Habiendo suplicado al maestro León un amigo suyo que no entendía el latín que le tradujese en español el Cantar de Salomón, explicándole la verdadera inteligencia de su contenido y prometiéndole que no lo manifestaría a persona alguna, fray Luis de León, no dudando de la rectitud de sus puras intenciones, accedió a sus instancias, no obstante estar mandado por la Inquisición que no se leyese en lengua vulgar ningún libro de la sagrada escritura. Devolviole esta persona su escrito sin quedarse copia alguna, pero se lo hurtó un familiar suyo, y divulgáronse multitud de copias por toda España. Gozosos acogieron sus enemigos la ocasión que se les presentaba de fraguar la ruina de su rival, y lo delataron al tribunal de la Inquisición valiéndose de las más viles interpretaciones, de las más atroces calumnias. Cinco años sufrió León con la más heroica paciencia los efectos de un lóbrego encierro, al cabo de los cuales triunfó su inocencia, y fue puesto en libertad con todos sus honores y dignidades.
El día 14 de agosto de 1591 se celebró capítulo en el convento de Madrigal, y fue elegido provincial, pero no llegó a ejercer su nuevo cargo, porque falleció el 23 del mismo mes y año, antes de acabarse el capítulo, contando 64 años de edad. Su cuerpo fue enterrado en el convento de Salamanca, en cuyo claustro yace delante del altar de Nuestra Señora del Pópulo.
Entre las muchas obras ascéticas y expositivas que compuso fray Luis de León, solo haremos mención de La perfecta casada y de Los nombres de Cristo, por creerlas las más sobresalientes. La fuente de las doctrinas vertidas en ellas y su estilo castizo y florido son demasiado conocidos para que nos detengamos a hacer su exposición; pero lo que no pasaremos en silencio, lo que analizaremos, si no con la detención y conocimientos que quisiéramos, al menos con suma imparcialidad y con los mayores deseos de acierto será la multitud de bellezas de sus encantadoras poesías.
Un varón que tan dignamente había sabido emplear su talento y su numen parece que no había de tener el menor reparo en colocar su nombre al frente de una colección de poesías que solo contienen máximas de la más pura moral, saludables consejos de prudencia y las verdades más augustas del cristianismo; pero era tal la ignorancia del vulgo y aun de un crecido número de los que se dedicaban a las ciencias en aquellos tiempos, que había determinado sacrificar su gloria en este ramo de literatura a las preocupaciones de sus contemporáneos. Lo que hubiera tenido efecto si la malignidad, que a falta de mérito propio se complace en denigrar la reputación ajena, no las atribuyese a un virtuoso amigo del autor, el cual, sensible a esta herida que injustamente se hacía a la amistad, hubo de pronunciarse por su propiedad y romper con entereza el primer eslabón de aquel error hereditario que hace de la poesía un arte frívolo, profano y poco digno de las personas respetables por su virtud y jerarquía. Así lo manifestó en su dedicatoria al prelado Portocarrero. Este es el motivo por que se creyó en la obligación de justificar en cierto modo el arte poética cuando dice en el prólogo a las odas sagradas «y nadie debe tener por nuevos o por ajenos de la sagrada escritura los versos, porque antes le son muy propios y tan antiguos que desde el principio de la iglesia hasta hoy los han usado en ella muchos hombres, grandes en letras y en santidad. Y pluguiese a Dios que reinase esta sola poesía en nuestros oídos, y que solo este cantar nos fuese dulce, y que en las calles y en las plazas de noche no sonasen otros cantares, y que en esto soltase su lengua el niño, y la doncella recogida se solazase con esto, y el oficial que trabaja aliviase su trabajo aquí. Mas ha llegado la perdición del nombre cristiano a tanta desvergüenza y soltura, que hacemos música de nuestros vicios y, no contentos con lo secreto de ellos, cantamos con voces alegres nuestra confesión».
En la primera de sus odas, compuesta a imitación de la oda epodon de Horacio, pinta la sosegada calma y felicidad del sabio que, exento de los cuidados que asaltan de continuo a los que representan en la escena política, desprecia los palacios de dorada techumbre sustentados sobre columnas de jaspe, moradas de la vanidad y de la lisonja, y busca el amable reposo y la dicha en la abnegación filosófica y en las delicias de la vida mística; enseguida se complace el devoto poeta en describir los bienes que le ofreciera el dulce y solitario recinto de un huertecillo plantado por sus manos a la falda de una colina que riega el Tormes, a donde se retiraba a dedicar largas horas a la contemplación lejos del bullicio del mundo. Aquí la verdad, único objeto de sus investigaciones, se presentaba con todo su brillo a la mente pensadora en la calma de las pasiones, y, al contemplar los fenómenos que animan y embellecen el magnífico teatro de la creación, espresa en su oda a Felipe Ruiz con toda la vehemencia del entusiasmo religioso sus vivos deseos de volar a la mansión celeste, donde se correrá el velo a tan profundos y misteriosos arcanos. La contemplación del firmamento en La noche serena sumerge el ánimo del religioso poeta en aquel indefinible éxtasis que inunda las almas puras, a semejanza de Platón, en las dulzuras inefables de la fantasía, arrebatada al empíreo por el estudio de la física celeste. Al seguir la carrera de los astros, al observar el giro majestuoso de la bóveda del cielo, recamados de brillantes luminarias, y cómo silenciosamente se deslizan las horas del vivir, se eleva el espíritu inmortal a la eterna esfera, y desde aquel templo de la claridad mira con gestos desdeñosos las cosas terrenales. Nada es comparable a la tierna unción que respiran sus canciones espirituales y místicas, en especial las dos de La vida del cielo y La Ascensión. Transportado a la región luciente de la vida, ve en aquellos campos que jamás ofuscan las tinieblas de la noche y en donde florece una primavera eterna, en aquellos fértiles valles ricos de verdura perenne, al divino Pastor, que, coronado de flores, sin honda ni cayado, conduce sus ovejas a los pastos de inmortales rosas y yerbas siempre renacientes, y deleitando el santo oído tañendo su rabel sonoro, cuyo dulzor penetra el alma de un placer celestial.
La oda a la Ascensión inspira no sé qué de triste y afectuoso y deja el ánimo poseído de una melancolía tan dulce y sentimental, que, al mismo tiempo que nos da la verdadera medida de su fino corazón, es la expresión natural del amor divino y de la fervorosa religiosidad que movieron su pluma en honor de su jerarquía y del catolicismo español hasta el seno del sepulcro. Pero la oda maestra de León, la que por los golpes brillantes de la elocuencia poética merece ser grabada en la memoria como verdadero modelo del arte y del buen gusto es la Profecía del Tajo al forzador de la Cava, en la que, imitando con ventajas la de Nereo a París robador de Helena, representa la irrupción de los moros en España, la mar de Berbería cubierta de sus escuadras que desembarcan en el estrecho hercúleo y el fin de la monarquía goda al sesto día de la sangrienta batalla de las dos huestes a orillas del Guadalete. El amor de la patria, pasión que puede sola, después de la religión, producir el sublime, recalienta todas las estrofas, que aún conservan el fuego del sentimiento que las dictó y que, llenas de vivas imágenes, de patéticos afectos y de armonía imitativa, arrebatan a la par que deleitan, inspirando eficientemente el interés de tan elevado argumento.
Un estudio profundo de los libros sagrados, su fe y adhesión a las grandes verdades eternas y el espíritu de piedad y de religión a que por su clase y género de vida estaba consagrado hicieron que el poeta granadino, inflamado por el [e]stro de los salmistas de Israel, sonase por la primera vez en su patria las cuerdas de la lira cristiana. Sus versiones y paráfrasis de los salmos anuncian con dignidad y grandeza las verdades inspiradas por la divinidad, despliegan en su majestuoso esplendor la verdadera poesía, que no escita sino pasiones dulces y que, libre en sus expresiones, admirable en sus cuadros y elevada en sus pensamientos, sorprende y seduce sin peligro las almas virtuosas y puras, y merece ella sola el nombre de lenguaje sobrenatural. El pueblo de Jacob que, abandonando el Egipto idólatra, camina en busca de las riberas del sagrado Jordán, que riega la tierra prometida; la omnipotencia de Dios, que hace saltar las fuentes de las entrañas de las rocas áridas en el desierto; los hebreos sentados tristemente a las orillas del río de Babilonia, lamentando las memorias de la desolada Sion, sus armoniosas arpas colgando de los sauces por no profanar sus conciertos con las alabanzas del impío vencedor; en fin, los sucesos más clásicos de la historia hebraica, consignados en la sublime poesía del rey profeta, penetran al hombre religioso de un santo transporte en los versos graves y tiernos de este sentido poeta.
En las traducciones de Píndaro, Virgilio, Horacio y Tíbulo no solamente conserva el sabor de las lenguas sabias y el genio de sus poetas, sino que ha sido feliz en enriquecer la poesía castellana con giros griegos y latinos, siguiendo con maestría las proporciones y contornos del original. En ellas, así como en las composiciones propias, su dicción es varia y correcta, su lenguaje puro y graciado de modismos indígenas, su estilo ameno y templado con los colores de una imaginación risueña; él ha perfeccionado el aire y corte de las estancias que adoptó el primero Garcilaso para la poesía lírica en la Flor de Gnido; prendas todas que le constituyen uno de los grandes artífices de la lengua y poesía nativas y harán que el transcurso del tiempo confirme más jamás la favorable sanción de sus contemporáneos.
J. de V. y C.