“Biografía española. Lope de Vega”
- Autor del texto editado
- Gil y Zárate, Antonio de (1793-1861)] A. G. y Z.
- Título de la obra
- Semanario Pintoresco Español, segunda serie, tomo I, nº 3, 20 enero 1839
- Autor de la obra
- Mesonero Romanos, Ramón de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de don Tomás Jordán,
1839
- Paginación
- pp. 17-20
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Borja Rodríguez Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 7 enero 2025
BIOGRAFÍA ESPAÑOLA
Lope de Vega
1
Lope Félix de Vega Carpio nació en Madrid, en la puerta de Guadalajara y casas de Jerónimo de Soto, en 25 de noviembre de 1565 [sic, por 1562], y fue bautizado en la parroquia de San Miguel en 6 de diciembre siguiente. Fueron sus padres Félix de Vega y Francisca Fernández, personas de conocida nobleza, pero que le dejaron muy joven huérfano y desvalido. Desde su más tierna infancia descubrió una afición extremada al estudio y a la literatura, y dio indicios del feraz ingenio que debió a la naturaleza. Siendo niño componía ya versos que trocaba por juguetes con sus compañeros, pero la poesía dramática, que se hallaba entonces en mantillas y que tanto lustre debía darle algún día, fue el género a que se inclinó como arrastrado por irresistible impulso; y a los once años había compuesto ya algunas piezas cortas como él mismo lo dice en unos versos de su Arte de hacer comedias.
Sus padres, que notaron sin duda su grande ingenio, le quisieron dar una educación esmerada, correspondiendo él debidamente a sus cuidados, pues a los doce años había estudiado las humanidades. Tampoco descuidó, a fuer de caballero, las artes de adorno, como son la esgrima, la danza y la música, en las que llegó a adquirir suma destreza; y, finalmente, por sus obras se conoce que sus estudios fueron vastos y aprovechados.
Habiendo quedado muy joven huérfano y escaso de fortuna, hubo de buscar un arrimo y protecciones que le sacasen de tan lastimoso estado; y sin duda fue su primer pensamiento seguir la carrera de la iglesia, cuando entró en la familia de don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila. Mas esta vida no convenía a la disposición en que se hallaba entonces su alma. Con efecto, dotado de una imaginación ardiente, la más fecunda de cuantas han conocido los hombres, llena su cabeza de poesía y su corazón de sentimientos caballerescos, era preciso otro campo a la actividad que le devoraba. Necesitaba agitarse, ver muchas tierras, acometer empresas atrevidas, buscar aventuras, galantear a las hermosas, esponer su vida por ellas, lucir en los estrados y pasar por todos aquellos lances que luego reprodujo tan admirablemente en sus numerosos dramas. Así es que, trocando las hopalandas por la espada, corrió a incorporarse en las filas de aquellos valientes guerreros que entonces infundían el terror del nombre español por toda Europa. Su azarosa juventud pasó de este modo entre peligros, viajes y trabajos, bastante olvidado de las musas que tanto debían favorecerle y entregado a toda la disipación de la vida militar. Fue valiente, caballeroso y, sobre todo, atento y respetuoso con el bello sexo, al que miraba con una especie de adoración; así es que nunca supo pintarlo en sus comedias sino como la creación más perfecta del ser supremo. Las mujeres de Lope son siempre un dechado de hermosura y de virtudes; se presentan como el tipo ideal de su especie, como seres más bien divinos que humanos; y esta constancia en un misma idea, reproducida bajo mil formas diferentes y en cuadros tan numerosos, no podía provenir sino de un sentimiento invariable, profundamente grabado en su corazón y que dominaba todos sus pensamientos.
Perdida fue en la apariencia para la literatura esta época de la vida de Lope, puesto que no dio en ella las repetidas muestras de aquel fecundo ingenio que asombró al mundo en los años posteriores; mas no lo fue en realidad, si se considera que el autor dramático reunió entonces aquel inmenso caudal de ideas, caracteres, situaciones y aventuras que trasladó luego al teatro. Para reproducir tan variadas escenas y reproducirlas con tal verdad, tanta fuerza, era preciso haber pasado por ellas, haber sido actor antes que pintor; y tal vez se encierra en ellas multitud de circunstancias curiosas que ignoramos de la vida del poeta; tal vez alguno de aquellos galanes tan valientes, tan entendidos, tan bien hablados, tan respetuosos con las damas es el mismo Lope, que se ha retratado sin que lo sepamos, el mismo Lope que estamos acostumbradas a ver en sus retratos con aspecto grave y con el respetable traje de eclesiástico, pero cuya juventud debió [de] parecerse a la de sus novelescos personajes.
Fue Lope secretario del duque de Alba, y esta parte de su vida, si se conociera bien, no dejaría de ser curiosa por el contraste que debía formar el esclarecido guerrero, el profundo político, el severo, tétrico cruel personaje con el poeta amable, el hombre apacible, el ingenio alegre y divertido. Ciertamente, aquella compañía no era la más propia para nuestro poeta; ni pudo convenirle por mucho tiempo tampoco la vida militar: otra era su vocación, otro el camino que debía seguir para la gloria; y así es que tendría cerca de treinta años cuando en él venció el numen de la poesía, soltó la vena a su asombrosa fecundidad, y desde entonces hasta la muerte no dejó pasar día sin que una nueva producción saliese de su inagotable fantasía.
Lope fue casado tres veces, y a la muerte de su última mujer abrazó el estado eclesiástico y entró en la congregación de sacerdotes naturales de Madrid. Costumbre era esa muy frecuente en aquella época, en que después de una vida disipada se acogían los hombres al amparo de un claustro, y los que no se sentían con inclinación al retiro y soledad monástica combinaban sus hábitos sociales con el nuevo deseo que los animaba por medio de su admisión en el clero secular. Lo mismo le sucedió a Calderón; y ni Lope ni Calderón, por ser eclesiásticos, dejaron de escribir comedias; antes bien, no parece sino que tomaron semejante estado para adquirir la estabilidad en su modo de vivir y entregarse más descansadamente a su afición privilegiada.
Aquí empezó la época gloriosa de la vida de Lope de Vega. Esta vida, hasta entonces agitada con las vicisitudes de la fortuna inquieta, no solo tomó una situación más sosegada, sino que su reputación llegó a la mayor altura que puede aspirar poeta alguno. Comparados con él, todos los escritores de su tiempo quedaron pequeños y obscurecidos; sus obras se ganaban el aplauso y la aprobación universal; avasalló de tal suerte el teatro, que durante muchos años no se vio en los carteles más nombre que el suyo; y hasta llegó el pueblo a llamar de Lope todo lo que en cualquier género era singular y sobresaliente. Las gentes le seguían en las calles; los extranjeros le buscaban como un objeto extraordinario; los monarcas paraban su atención a contemplarle y le admitían a su presencia para colmarle de honores; hasta los pontífices quisieron premiar tan grande ingenio, y Urbano VII le condecoro con el hábito de San Juan y le confirió el grado de doctor en teología, enviándole el título con una carta muy lisonjera escrita de su propio puño. Jamás hubo escritor que recogiese con más abundancia los laureles; se apuraron los dictados para prodigarle alabanzas, el pueblo le aclamó el fénix de los ingenios, y el inmortal Cervantes le llamó monstruo de la naturaleza.
A las condecoraciones que recibió unió algunos destinos propios de su estado eclesiástico. Fue capellán mayor de la congregación de presbíteros a que pertenecía, promotor fiscal de la reverenda cámara apostólica y notario escrito en el archivo romano. Sus riquezas no fueron menores que su fama, y vivía con opulencia en la misma calle donde Cervantes estaba pereciendo de hambre. Era esta calle la de Francos, a la que se ha dado no ha mucho el nombre de este último escritor. Lope tenía en ella una casa propia, que se dice ser la que, entrando por la calle del León a la izquierda y pasando la del Niño, tiene ahora el número 15, la cual antes de la reforma que ha recibida tenía en el dintel de la puerta
P. O. M.
PARVA, PROPIA MAGNA
MAGNA ALLIENA PARVA
En esta casa murió Lope, y, si agasajado se había visto durante su vida, no fue menos honrado después de haber fallecido. Su muerte fue como un luto general, y el entierro se verificó en público, con una pompa y magnificencia sin igual, siendo tanto el concurso de gentes de lo más distinguido de Madrid, que entraba ya el acompañamiento en San Sebastián, y aun no había salido el cuerpo de la casa, no obstante que la carrera fue por las calles de Francos, San Agustín, Cantarranas, León, plazuela de Antón Martín y calle de Atocha. Se depositó el cadáver en la bóveda que hay debajo del altar mayor, en el segundo nicho de la Orden Tercera.
Tenemos a la vista el testamento de Lope otorgado en Madrid a 26 de agosto de 1675 [sic, ¿por 1635?] ante el escribano del número don Francisco de Morales. En él se dice que fue casado con doña Juana de Guardo, la cual le trajo de dote 22,582 reales de plata doble, dándole él de arras 500 ducados; que de este matrimonio tuvo por hija única a doña Feliciana; que esta casó con Luis Usategui, a quien ofrecía al tiempo de tratar el casamiento cinco mil ducados de dote, comprendiendo en ellos la que a su dicha hija la tocase de su abuelo materno; pero que, por haber estado alcanzado, no le había pagado aún cosa alguna, sin embargo de haber recibido varias cantidades de la herencia de su suegro. Por esto se ve que el buen Lope de Vega, a pesar de haber ganado con solo sus comedias y sus autos noventa y seis mil ducados, no contaba entre sus buenas cualidades la de la economía. Verdad es que dejaba por heredera universal a su hija; mas sin duda no sería mucho lo que le hubiese de tocar en la sucesión, cuando se lee en el testamento la cláusula siguiente: “Declaro que el rey nuestro señor (Dios le guarde), usando de su benignidad y largueza, ha muchos años que en remuneración del mucho afecto y voluntad con que le he servido me ofreció dar un oficio para la persona que casase con la dicha mi hija, conforme a la calidad de la dicha persona; y, porque con esta esperanza tuvo efecto el dicho matrimonio, y el dicho Luis de Usategui, mi yerno, es hombres principal y noble y está muy alcanzado, suplico a su majestad con toda humildad y al excelentísimo señor Conde Duque, en atención de lo referido, honre al dicho mi yerno haciéndole merced como lo dio de su grandeza”. No sabemos si el rey cumplió esta manda y la palabra que tantos años atrás había dado, en lo que parece que su majestad se mostraba algo flaco de memoria.
Era Lope de genio apacible y suave, lleno de amable cortesanía en el trato, y, aunque tuvo detractores, pensión común a todos los grandes genios, no conoció nunca la envidia, prestándose siempre gustoso a alabar a los demás poetas, entre los que, a la verdad, sobresalió tanto, que no tenía para que temer rivalidad ninguna.
Sin embargo, si llegó a lo sumo el aura popular de Lope durante su vida, después de su muerte, cuando hubo desaparecido el asombro que producía su prodigiosa fecundidad, cuando otros poetas se presentaron en la escena superiores a él en dotes dramáticos, cuando, en fin, empezaron a cundir principios literarios más ajustados al buen gusto y a la sana critica, entonces las alabanzas se convirtieron en vituperios, y no faltó quien quisiese confundir a tan grande hombre con los más despreciables dramaturgos. Injusticia fue esta mucho más inescusable que el desmedido aplauso que se le tributara en vida; al menos, este se fundaba en un mérito real, en el prestigio que no puede menos de granjearse el genio, en las facultades portentosas de este genio, que, si abusó lastimosamente de ellas, el mismo abuso demuestra cuán grandes eran y poderosas. Libres ahora a la par de aquel prestigio y de toda preocupación nacida de doctrinas literarias, apreciamos a Lope en lo que vale, y juzgamos de su mérito con imparcialidad.
Si consideramos solo el número de sus escritos, la historia literaria no presenta otro ejemplo semejante de una fecundidad que casi parece fabulosa; y, aun cuando no tuviese otro mérito, su nombre viviría siempre en la memoria de los hombres como uno de aquellos prodigios que la naturaleza no ofrece más que una vez sola. No hubo género de poesía que no abrazase; desde el madrigal hasta la oda, desde la égloga hasta la comedia, desde la novela hasta la epopeya, todo lo recorrió, y en todo dejó señales de su privilegiado talento. Se lee en el prefacio de un libro impreso en 1504 [sic, por 1604] que a la edad de 42 años pasaban de veinte y tres mil hojas los versos que hasta entonces había hecha para el teatro. En 1618 asegura él mismo que llegaban a ochocientas las comedias que llevaba compuestas, y en 1620, novecientas. Cuando en 1629 publicó la vigésima parte de sus obras dramáticas, decía que le quedaba todavía tiempo para escribir hasta mil y setecientas. Por último, en 1635, año de su muerte, afirman Pérez de Montalván y el sabio don Nicolás Antonio que ascendía a 1800 el número de sus comedias. Estas son en tres jornadas y en verso; todas ellas se representaron, y la mitad se imprimieron. De ellas hubo ciento que no le costaron más que un día de trabajo, como el mismo lo asegura en estos versos:
Y más de ciento en horas veinte y cuatro
pasaron de las musas al teatro.
A estas 1800 comedias hay que añadir 400 autos sacramentales y un gran número de intermedios, muchos poemas épicos, didácticos y burlescos, entre ellos la Jerusalén conquistada y la Gatomaquia; epístolas, sátiras, disertaciones, composiciones sueltas e infinidad de sonetos. Se ha calculado que en los 70 años de su vida le tocan a cada día ocho páginas y casi todas de poesía. Sus escritos todos componen el número de 153.000 páginas y 21 millones de versos. Para tanto escribir, parece que su pluma debía correr tan sueltamente, que jamás se parase ni hiciese enmiendas. Existe, sin embargo, en poder de uno de nuestros más acreditados literatos un libro en blanco donde solía hacer sus borradores, y en que hay composiciones suyas de toda especie. A juzgar por esta muestra, pocos poetas habrá que corrijan más sus composiciones, pues todas están llenas de multiplicados borrones; se ve además que en algunas de sus comedias, si no en todas, escribía primero el plan, no por actos ni escenas, sino formando una pequeña novela.
A la fecundidad añadió Lope otras dotes de poeta que no le dan menos gloria. Su poesía es por lo general dulce y fluida, como el agua limpia de una fuente que sale sin tropieza alguno; su expresión deja pocas veces de ser clara, inteligible para todos y exenta de los defectos de culteranismo y mal gusto que afearon a muchos escritores de su época y la siguiente: los argumentos de sus dramas son variados, y muchos de ellos, felices; los caracteres de sus personajes, si no perfectos siempre en la ejecución, bellos en la invención y con rasgos admirables que arrebatan; el diálogo es fácil; una galantería fina y culta sobresale en él, no ofendiendo nunca el decoro; y por lo general hay una sensibilidad viva y delicada que mueve e interesa, sin que le falte a veces fuerza y sublimidad. A vuelta de esto, se le pueden notar grandes defectos que deslucen tantas bellezas, defectos nacidos todos de su funesta facilidad, pues funesta puede llamarse cuando fue causa de que, entre tantas obras, no compusiera ninguna perfecta, ninguna que no ofrezca justo asidero a la crítica; y tanto más funesta todavía cuanto que no erraba por ignorancia, sino a sabiendas y despecho de los sanos preceptos que se vanagloriaba de conocer y de quebrantar.
Para juzgar debidamente a este gran poeta es preciso atender al estado en que encontró el teatro y lo que era antes de él la comedia; examinar las costumbres de su siglo y la especie particular de civilización que entonces existía; comparar con sus obras las que se escribían al mismo tiempo en las naciones extranjeras; y considerar el influjo que han ejercido sus composiciones dramáticas sobre todas las demás que posteriormente se han publicado, No es de este lugar el emprender tan prolija y filosófica tarea. Basta decir que hasta que él apareció en la escena no se representaban más que farsas indecentes; que fue el primero que supo inventar un argumento complicado e interesante, cuidarlo y desenredarlo con ingenio, dar al teatro decoro, presentar en él altos personajes y caracteres bellos. Si no siguió los modelos que nos había dejado la antigüedad, no fue porque los desconociese, pues su erudición era vasta, sino porque los ensayos hechos anteriormente hablan sido infelices, convenciéndole de que no convenían ni a la índole ni a las ideas de los españoles de aquel tiempo. Adivina el gusto de sus contemporáneos porque estudió sus costumbres y sus sentimientos, y reprodujo aquellas y estos en sus comedias, y, siendo la poesía dramática un vivo reflejo de la civilización de la época en que se escribe, logró agradar porque logró presentar la imagen verdadera de su época. A Lope se debe la gran diferencia que separa al drama antiguo del moderno aun entre aquellos poetas que más han blasonado de seguir el gusto griego y más han vituperado al mismo Lope, al paso que cedían mucho más de lo que ellos pensaban al impulso dado por su genio poderoso. El interés, la variedad, los encontrados afectos, los profundos caracteres y la invención brillante, que tanto realzan al teatro moderno y le hacen tan superior al antiguo, son debidos, ciertamente, al ejemplo y a la influencia de Lope de Vega.
Si, por otra parte, se compararan sus comedias con los informes ensayos que se hacían en las demás naciones, resaltarán todavía más su mérito y su gloria. Solo un rival tuvo Lope entre sus contemporáneos; este rival fue el inglés Shakespeare. Menos fecundo, pero más sublime, Shakespeare venció a Lope en la tragedia sin igualarle en la comedia; le excedió en la pintura de las pasiones fuertes, mas no le iguala en la invención ni en la variedad amena. El bardo inglés aterra, mientras el poeta español solo procura deleitar inspirando nobles y suaves afectos; pero una circunstancia esencial coloca al segundo en una esfera superior a la del primero: la influencia que ejerció sobre la literatura de su siglo. Shakespeare permaneció ignorado fuera de su patria, y Lope fue la admiración de toda Europa, procurándole imitar cuantos escribían para el teatro. La situación política de las naciones debió, sin duda, tener gran parte en esta diferencia. El nombre de Lope acompañaba por todas partes al nombre español, acatado por doquiera; el de Shakespeare no pudo cobrar más fama que la que entonces alcanzaba su patria: tan cierto es que hasta para llegar a la cumbre del Parnaso se necesita pertenecer a una nación poderosa, Como quiera que sea, unidos en Lope de Vega el poder de su patria y el poder del genio, formaron de él un coloso que todo el mundo acató, que solo durante algún tiempo ha podido ser ultrajado, pero que, con todas sus imperfecciones, se alzará siempre firme y radiante para admiración de los siglos.
A. G. y Z.