Canon poético · Paratextos · Biografías
“Prólogo”
- Autor del texto editado
- Góngora, Diego Ignacio de
- Título de la obra
- Poesías de Don Fernando de la Torre Farfán, insigne poeta sevillano, copiadas de los originales del autor y algunas que tenía en la memoria dictadas por él mesmo
- Autor de la obra
- Torre Farfán, Fernando de la (1609-1677)
- Edición
- c. 1690
- Paginación
- [ff. IIr-Vv.]
Más información
Relación de los textos preliminares de la obra en que se encuentra el texto que se transcribe:
* [Ir.] Portada
* [IIr.] “Prólogo”
* [VIr.] “Índice de las poesías y otras obras que contiene este libro”
* [Xr.] Portadilla con retrato e inscripción:
* Fama tubas, tibi Apollo lyras, Lauros que ministrat
* Atque tuum toto nomen in orbe sonat.
* Virginea turrim, o Turris Fernande, canendo,
* Dum tegis, illa tibi Laurea maior erit
* Barrera canevit
* [Ir.] Portada
* [IIr.] “Prólogo”
* [VIr.] “Índice de las poesías y otras obras que contiene este libro”
* [Xr.] Portadilla con retrato e inscripción:
* Fama tubas, tibi Apollo lyras, Lauros que ministrat
* Atque tuum toto nomen in orbe sonat.
* Virginea turrim, o Turris Fernande, canendo,
* Dum tegis, illa tibi Laurea maior erit
* Barrera canevit
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ms. 58-2-25 de la Biblioteca Capitular Colombina de Sevilla.
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 10 diciembre 2024
Prólogo
Estas poesías de D. Fernando de la Torre Farfán y otras obras suyas que se contienen en este volumen se juntaron en la ciudad de Sevilla, donde nació de nobles y virtuosos padres. Fue desde la juventud inclinado a la poesía, y en los primeros rudimentos de la lengua latina se detuvo más tiempo del que necesitó su habilidad e ingenio por la afición que les cobró a los poetas latinos, deleitándose en el estudio de las letras humanas con más inclinación que la que quisiera la dirección de su padre, que desde luego le destinó para el estado eclesiástico, aplicándole algunas capellanías, a que era llamado por sus fundadores por su parentesco, en las parroquias de santa [Catalina] y san Esteban, donde estaban fundadas. Pasó después a oír las artes en las escuelas de la Compañía de Jesús, en el Colegio de San Hermenegildo de esta ciudad de Sevilla, y después en su Universidad la jurisprudencia: y, cuando habían concebido de su ingenio y habilidad grandes esperanzas sus deudos, parientes y amigos, fueron tantos, tan repetidos los achaques y enfermedad que sobrevinieron, que le fue preciso dejar el curso de las escuelas, detenido algunos años sólo en la atención de curarlas. Las instancias del jurado don Jerónimo de la Torre, su padre, le obligaron a que ascendiere a los órdenes sacros, y por obedecerle se ordenó de evangelio, resistiéndose para pasar a ordenarse de sacerdote por la reverencia de esta tan alta dignidad, teniéndose por indigno de usar tan sagrado ministerio.
Muertos sus padres, estuvo mucho tiempo en la villa de Cazalla de la Sierra, donde tenía una hacienda de viñas que heredó y con que con decencia y fausto se sustentaba, que dio a una hermana suya en dote al tiempo que tomó el estado de casada, y se volvió a Sevilla, en donde fue siempre celebrado de sus amigos, cortejado y aplaudido por sus buenas letras, honesta conversación y político estilo, y favorecido de los caballeros y títulos de la ciudad, consultándole todos los que se preciaban de tener buen gusto, así en las dificultades que se les ofrecían como en sus dictámenes cuando querían publicar alguna obra de ingenio o poesía, con lo cual fomentó siempre los concursos y academias de los ingeniosos, alentándolos a que escribiesen y cultivasen las letras, para que con el uso de ellas luciesen y, emulándose los unos a los otros con la publicidad, se perficionaren y se hiciesen perfectos poetas, y así en todos los certámenes, academias y congresos de este género era el primero, y que con su persona y prudencia les provocaba a las lides literarias y decía que no eran inferiores los ingenios y estudios de los sevillanos y andaluces a los de los cortesanos, y que estos se preciaban de cultivar las letras expresándolas en los números de la poesía con el ejercicio de escribir y saber que habían de salir en público sus obras y que, ejecutando lo proprio en Sevilla, se habían de hacer célebres sus hijos, quienes se hallaban con tan buena o mejor disposición si cultivasen sus ingenios, aptos para dar muy fecundos frutos de letras, ciencias y conceptos.
El numen poético que tuvo siempre y el uso de escribir le facilitaron tanto en hacer versos, que con grandísima prontitud y facilidad los escribía, y así fue muy grande la cantidad de los poemas que hizo a diferentes asuntos, teniendo la misma en no guardarlos, en tanto grado, que puedo asegurar (como quien diferentes veces los vido, y aún hoy viven otros amigos que también lo vieron) que el escritorio donde guardaba estos papeles era una grande canasta, donde arrojaba los originales, muchos de ellos tan borrados y enmendados, que sólo él podía leerlos (siendo así que su letra era muy clara y bien formada), y cuando en la conversación se juntaban los amigos y se hablaba de algún asunto a que él hubiese escrito o a otro a que hubiese de servir de ejemplar algo de lo que él dijo, se acercaba a la canasta y allí se buscaba entre la gran confusión de papeles que allí había, y, si la suerte lo daba, se leía, porque era inaccesible menearlos todos, y algunas veces se persuadían los amigos (y yo fui uno de ellos) que tomarían el trabajo de examinarlos y reconocerlos en su presencia, por que no quedasen defraudadas las buenas letras de las preciosidades de las suyas, y nunca se pudo conseguir con él se dedicase a este trabajo o curiosidad, conque se [carece] de los más de sus versos o casi de todos, lográndose tan solamente estos que aquí van, y yo junté porque hubo la ocasión de que viviésemos juntos en una casa dos años, y de noche iba dictando D. Fernando algunos que tenía en la memoria, y yo escribiendo, y de esta suerte conseguí estos.
No fue ingenio cómico, aunque escribió algunas comedias y autos sacramentales, y estaban en el archivo de la [¿¿Cancillería?? …] algunas. De ellas imprimió una cuyo título era Las tres noches de la quinta, con la ocasión de que, habiéndose representado en Sevilla, el día que se estrenó no debían de estar de buen humor los comediantes (decíame D. Fernando que unos con otros habían reñido), con lo cual la comedia no tuvo el lucimiento que quisiera, y se vio obligado a darla a la imprenta para que, vista más despacio, se enmendare el yerro de los farsantes.
Los primeros años de su juventud, como mozo, se dedicó a celebrar en los versos los sujetos a que inclina esta edad, y después, con el tiempo, redujo su musa a asuntos más serios y graves, y cuando las canas indicaban más años, a los sacros, por cuya razón frecuentaba las justas poéticas que se celebraban en Sevilla, especialmente las que eran de la santísima Virgen María […], de quien fue muy devoto, especialmente en el misterio de su purísima e inmaculada concepción.
Venciose ya de mucha edad a ordenarse de sacerdote, y dijo la primera misa en la ermita de san Hermenegildo, junto a la Puerta de Córdoba, a la cual asistí, porque en este tiempo vivíamos juntos. Luego que ascendió a esta dignidad trató de recogerse de los entretenimientos y diversiones que, aunque lícitas, le podían distraer, teniendo grande encierro en su casa, hasta que don Justino de Neve y Chaves, canónigo de la Santa Iglesia de Sevilla, con la ocasión de tratarle (por haberle pedido escribiese el libro de las fiestas de Santa María la Blanca de esta ciudad) le cobró tal cariño, que no se hallaba sin la conversación de D. Fernando, causa que le movió a mudarse cerca de su casa, por tener la conveniencia de estar más cerca del canónigo, con quien todos los días comía hasta el año de 1677, que murió a los 69 años de edad.
Por muerte de D. Fernando de la Torre todos los papeles entraron en poder de D. Justino de Neve, a quien dejó por heredero, y este los guardó hasta el año de 1685, que murió, y los albaceas del canónigo D. Justino los desperdiciaron de forma que casi ningunos (aun de aquellos que él tenía mal ordenados y confusos) se pudieron lograr.
Los libros que imprimió
* Templo panegírico al certamen poético que celebró la Cofradía del Santísimo Sacramento, sito en el sagrario de la Santa Iglesia Metropolitana de Sevilla, y se imprimió en Sevilla por Juan Gómez de Blas, año de 1663.
* Fiestas que celebró la iglesia parroquial de Santa María la Blanca de Sevilla al misterio de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, que se imprimió en Sevilla por Juan Gómez de Blas, año de 1666.
* Fiestas de la Iglesia Metropolitana de Sevilla al culto concedido al santo rey don Fernando Tercero de Castilla y León, año de 1671, y se imprimió en esta ciudad.
Manuscriptos
* Empezó a escribir con título de Laurel de Apolo un libro para introducir el certamen poético al misterio de la Purísima Concepción que se celebró en el Alcázar de esta ciudad el año de 1653.
* Escribía una relación o descripción de la custodia de la Santa Iglesia Metropolitana de esta ciudad, cuya obra tan insigne escribía D. Fernando con elegante prosa y erudición, el cual no pudo acabar con su muerte, y estos papeles recogió el canónigo D. Juan de Loaysa, siendo maestro de fábrica de la Santa Iglesia, quien los quiere poner en la librería de ella.
* Muchos versos en diferentes metros, como se ha dicho en este prólogo.
Todo lo que se ha referido aquí de D. Fernando de la Torre Farfán es de las noticias que adquirí de él mismo, que fue mi amigo muchos años, hasta que murió, a quien traté con estrechez de amistad viviendo juntos en una casa.
[rúbrica]