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Prensa y canon · Biografías

“BIOGRAFÍA ESPAÑOLA. Don Diego de Saavedra y Fajardo”

Autor del texto editado
García de Gregorio, Eugenio
Título de la obra
Semanario Pintoresco Español, nueva época, tomo II, nº 9, 28 febrero 1847
Autor de la obra
Fernández de los Ríos, Ángel (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta y establecimiento de grabado de don Baltasar González, 1847
Paginación
pp. 65-68
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Borja Rodríguez Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 2 diciembre 2024

BIOGRAFÍA ESPAÑOLA

Don Diego de Saavedra Fajardo


Como en un hermoso día camina tranquilo el sol por el espacio para descender a ocultarse en el occidente, agrupando a su desaparición nubes informes teñidas de un color negro que presagian una cercana tempestad, el sol hermoso que reflejaba sus rayos sobre los vastos dominios de Carlos I y Felipe II, ya próximo a ocultarse, no derramaba sino apagados reflejos sobre la devastada monarquía de sus sucesores, que, débiles y descuidados, se dejaban arrebatar la más vasta herencia de Occidente. Si todo sonríe cuando en la creación se agita un movimiento de progreso y de vigor, no es menos evidente que cuando aquello falta todo se sumerge en el abatimiento y en la desolación. Felipe IV, que al subir al trono había recibido el legado de una nación ya despoblada, sin marina, hacienda ni buenos consejeros; no tan hábil para el gobierno como para las letras, había desmembrado su poder entregándose en brazos de un privado que no le supo más que incitar guerras. Sin duda, el sol se había ocultado para esta nación infortunada, y no le quedaba más que el principio de las revoluciones y tempestades que debían subseguirle. Solo una cosa consuela en estos tiempos, y es que el prestigio que negó el destino al poder se lo concedió a las letras. Los nombres de Solis, Gracián, Calderón, Melo, Quevedo, Velázquez y, sobre todo, de nuestro esclarecido Saavedra Fajardo son una muestra de que aún conservaba España genios eminentes que anhelaban restaurar su poder intelectual cuando ya iba desapareciendo el político. Moreto, Tirso y Calderón en el teatro; Mariana, Solís en la historia; Murillo y Velázquez en las artes; Cervantes y Saavedra Fajardo en la crítica, economía y política son figuras colosales, que se desprenden de ese cuadro oscuro, verdadero paréntesis de nuestras glorias militares. Esto prueba que no todo se había perdido ni todo se había olvidado.

Don Diego de Saavedra Fajardo nació en Algezares, lugar de la provincia de Murcia, y no en esta ciudad, como asegura don Nicolás Antonio, el 6 de mayo de 1584, de don Pedro de Saavedra y doña Fabiana Fajardo, habiendo sido bautizado en la parroquia de Santa María de Loreto de dicho pueblo 1 . Sus padres le educaron en aquellos principios de religión y de virtud tan propios de aquella época, los que bien pronto echaron raíces en su corazón. En 1600, teniendo 17 años de edad, pasó a estudiar a la Universidad de Salamanca, en donde se hizo notable por su aprovechamiento en ambos derechos, de donde, ya condecorado con el hábito de caballero de la Orden de Santiago, marchó a Roma, para desempeñar el cargo de secretario de la cifra del cardenal Borja, embajador de España en aquella corte, a quien acompañó después con el mismo empleo al virreinato de Nápoles. Asistió de conclavista a dicho cardenal en 1621 en la elección de Gregorio XV, y dos años después en la de Urbano VIII, desempeñando varias comisiones del mismo género cerca de la curia eclesiástica. Estos servicios le valieron una canonjía en la Iglesia Metropolitana de Santiago, de la que percibía los frutos en virtud de un breve expedido por el pontífice, a pesar de no haber recibido nunca más que la primera tonsura. Poco después obtuvo el título de secretario del rey, y, viéndose obligado a renunciar a su carrera diplomática y venir a servir su prebenda, no quiso acceder a lo primero y permaneció en Roma, siendo a poco nombrado para substituir al cardenal en dicha embajada, en que principió a manifestar sus profundos conocimientos. Aquí principia esa carrera de gloria y de renombre de nuestro personaje, esa carrera en que verdaderamente, poniéndose don Diego al nivel de los conocimientos diplomáticos de los Cárdenas y Vargas, los Rebolledos y Pimenteles, inmortalizó el nombre español, haciéndolo respetable y augusto 2 .

Pasó desde Roma con el carácter de embajador de España a varias cortes, fiándose a su prudencia y saber negociaciones importantes en países extranjeros. En 1656 asistió en Ratisbona a un convento electoral en que fue elegido rey de romanos Fernando III; en los Cantones Helvéticos, a ocho dietas; en Ratisbona, a otra dieta general del Imperio, con el carácter de plenipotenciario por la casa y círculo de Borgoña, habiendo residido finalmente en la corte de Baviera en calidad de ministro de España.

Estaba a la sazón la Europa dividida en partidos y creencias, que excitaban a guerras sangrientas, que, por desgracia, habían de sobrevenir. La Holanda, Italia y las provincias de Alemania, teatro de las ambiciones más descaradas, trataban de imponer condiciones degradantes a la casa de Austria, por medio de las insidiosas intrigas que la Francia, principalmente, ponía en juego con la idea de amenguar nuestro poder, que escitaba sus celos. Por desgracia, nuestro gobierno interior era bastante conocido de nuestros enemigos, y, aunque existían todavía aquellos bizarros tercios que habían asombrado al mundo y manifestado su bizarría debajo de los muros de Ostende, no era posible sostener una lucha sistematizada de la Europa contra un estado solo. Portugal, aprovechándose de esta dislocación de la Monarquía y pensando en reconquistar su independencia, mientras Felipe IV y sus ministros gastaban el tiempo en devaneos cortesanos y en los saraos del Retiro, acababa de colocar en el trono al duque de Braganza, y Cataluña, imitando su ejemplo, enarbolaba el estandarte de la insurrección, asesinando al conde de Santa Coloma y entregándose a los mayores escesos 3 . Falto de recursos el erario, descontento el pueblo en su generalidad, divididos los grandes, y, en una palabra, sometida nuestra nación a la más espantosa anarquía, parecía que un hado fatal preparaba el esterminio total de un pueblo que un siglo antes dictaba leyes a sus entonces ensoberbecidos contrarios. Era, pues, forzoso debilitar el poder de la Francia, reconquistar a Portugal, someter a Cataluña, Nápoles y la Holanda, y dar una lección de escarmiento a la aguerrida Suecia y a los descontentos de Alemania. Se pensó en reunir un congreso en Munster al efecto, para tratar de la pacificación general de estos estados, y, debiendo asistir a él los diplomáticos más autorizados de Europa, envió España a Saavedra en unión con el conde de Zapata y el de Peñaranda para que la representaran. Saavedra a su paso por Bruselas tuvo que detenerse a causa de una aguda enfermedad que le sobrevino, siendo asistido por el célebre Chifflet, médico de Felipe IV, cuyas obras merecen una justa nombradía, que dio a luz a instancias de aquel, y que tanto honran a entrambos. Restablecido de su enfermedad, se presentó en Munster, y en el curso de las negociaciones entabladas con el fin de la pacificación general manifestó un tacto tan delicado y un talento tan superior, que se le conceptuó como el alma de aquella asamblea, cuyos tratados redactó y negoció, aun cuando no pudo suscribirlos, por hallarse a su conclusión en España. ¡Que vengan, diremos nosotros ahora, esos bisoños negociantes de nuestros tiempos con el sombrero en la mano a examinar la obra de Saavedra, y verán cómo puede y debe sacarse partido de las posiciones difíciles, y cómo también representarse a un país! Que vengan, repetimos, los que desatinadamente pretenden ahora que no hemos tenido diplomáticos de importancia, acaso porque entonces no se arrastraban a los pies de un ministro extranjero, y estudien en la reserva, en la gravedad y en la dignidad del que nos ocupa el medio de poner a salvo la independencia de su país sin menoscabo de su gloria.

Muy difícil nos es en tan breve espacio probar nuestro aserto y los méritos que Saavedra contrajo en este congreso, cuyos trabajos nos abstenemos de analizar detalladamente, indicando a nuestros lectores que solo se comprenderán bien leyendo la colección de tratados de este tiempo inserta en varias obras extranjeras, que nos arguyen de desidia por no haberles dado publicidad. Mas no se circunscriben a esto los lauros de nuestro diplomático, porque ni sus talentos podían permanecer oscurecidos, ni su nación podía dejar de utilizarlos. Restituido a Madrid porque su carácter no podía avenirse con las maquinaciones de los demás representantes, cuyo objeto era redactar la conclusión final de los negocios a ellos sometidos, fue nombrado introductor de embajadores y después ministro del Consejo de Indias, como premio al hombre esclarecido que durante cuarenta años había trabajado sin cesar por los intereses de su patria. Jamás hombre ninguno se había retirado con tanta gloria de tan encumbrado cargo.

Pero vengamos ahora al terreno donde Saavedra conquistó la corona de inmortalidad para su patria; hablemos de sus Empresas políticas o idea de un príncipe político cristiano. Impresas y publicadas por primera vez en Munster en 1640 y traducidas después en latín e italiano, consiguieron ver la luz pública en Milán, Bruselas, Ámsterdam y finalmente en otras capitales de Europa. Está dividida esta obra en cien empresas, con un epígrafe latino a la cabeza de ellas que resume el pensamiento moral, dirigido a ilustrar la educación del príncipe de Asturias, Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV, a quien la dedicó. Una erudición vasta, una correcta locución y, en suma, una perfección inimitable de lenguaje son las circunstancias que adornan esta grande obra, verdadero monumento de gloria de nuestras letras. La hermosa lengua castellana, tan diestra y dulcemente manejada por fray Luis de León, Mariana, Hurtado de Mendoza, Pérez de Oliva, Márquez y Rivadeneira, es elevada a su mayor apogeo en dichas empresas, en las que no se sabe que descuelle más, si la profundidad de política o la gracia del lenguaje. Nos permitiremos copiar alguno de sus trozos para no privar a nuestros lectores del gusto de que por sí mismos formen un juicio de su mérito, escogiendo uno que el señor Capmany inserta en su Filosofía de la elocuencia como modelo de una bella conmemoración, por el estilo pintoresco en que describe al vivo el genio e inclinaciones de los niños en su infancia. «Descúbrenos estas (dice) en los ojos, en la frente, en las manos, en la risa, y en los demás movimientos. Si el niño es generoso y altivo, serena la frente y los ojuelos; si risueño, oye las alabanzas, y las retira, entristeciéndose si se le afea algo. Si es animoso, afirma el rostro, y no se conturba con las sombras y amenazas de miedos. Si es liberal desprecia los juguetes, y los reparte; si vengativo, dura en los enojos y no depone las lágrimas sin la satisfacción; si en genio por ligeras causas se conmueve, deja caer el sobrecejo, mira de soslayo y levanta las manecillas; si benigno, con la sonrisa y los ojos granjea las voluntades; si melancólico, aborrece la compañía, ama la soledad, es obstinado en el llanto y difícil en la risa, siempre cubiertas con nubecilla la frente; si alegre, ya levanta las cejas y, adelantando los ojuelos, vierte por ellos luces de regocijo, ya los retira; y, plegados los párpados, con graciosos dolores manifiesta por ellos lo festivo del ánimo». ¡Qué elegante y exacto es este cuadro! ¿Qué parecido no tienen sus retratos, como, por ejemplo, el del Rey Católico Fernando, y que poético no es aquel trozo en que simboliza en una rosa y en un coral la delicadeza o firmeza de un príncipe? ¿Quién más filosófico ni más sentencioso?

Pero, si Saavedra como hablista no puede compararse a nadie sino a Cervantes, como político entre nosotros no tiene semejante. Nadie ha desarrollado mejor los principios luminosos de gobierno, nadie con más libertad se ha dirigido a los reyes indicándoles el medio y la razón de evitar la arbitrariedad en los príncipes y el encono de los súbditos. Esos bellos panoramas políticos que tratan en nuestros días de mejorar la condición de los pueblos por medio del gobierno parécenos que no disienten mucho de los que Saavedra proponía para conciliar la justicia con el adelantamiento social: «nunca peligra más el poder (decia) que en la prosperidad, donde, faltando la consideración, el consejo y la prudencia mueren a manos de la confianza».

Otra de sus obras es la República literaria, libro póstumo que se publicó con unas noticias biográficas del autor a su frente, impresa en Santiago la primera vez por don José Salinas, y que Mayans y otros críticos han analizado de diverso modo. En ella descubre una vasta erudición en la historia y la literatura antigua y moderna, introduciendo con gracioso artificio autores y sabios de diferentes naciones, a quienes critica con talento y tino. La Corona gótica también es una obra donde demuestra su profundidad, aun cuando por algunos no sea considerada así. Concluye en el año de 716, con la muerte de don Rodrigo, no habiéndose publicado más que la primera parte de las tres en que pensó dividirla. Publicó igualmente un juicio de artes y ciencias y un tratado titulado Locuras de Europa, diálogo curioso entre Mercurio y Luciano en que descubre varias de las maquinaciones que trataban de desvirtuar sus esfuerzos por la pacificación general en los congresos de Munster y Osnabrunk, y últimamente un discurso jurídico político en la causa pendiente entre el fiscal del Consejo Real y don Melchor Centellas de Borjas, sobre el socorro de Rosas.

Todas estas grandes elucubraciones, que hubieran sido bastantes para invertir la vida eterna a un hombre consagrado a los vastos estudios de diplomacia, literatura, economía política e historia, fueron redactados, como él mismo asegura en su dedicatoria al príncipe don Baltasar, en los ratos de ocio que sus viajes y negociaciones le permitieron. Pero el hombre que tan gloriosos recuerdos ha dejado a su patria, vuelto a esta y ausente de la actividad de la vida diplomática, no podía vivir mucho tiempo, ni estar gustoso sin ejercitar sus talentos. Así es que a los dos años de estar en Madrid, retirado en el convento de padres Recoletos Agustinos, en donde se había labrado una vivienda, le acometió la muerte en 24 de Agosto de 1648, a los 64 años cumplidos de su edad, de los cuales había vivido 40 fuera de España. Fue enterrado, como él había dispuesto, en el oratorio del vicario general de dicho convento, donde permanecía cuando, a principios de nuestra revolución, la Academia de la Historia comisionó a su ilustrado socio el señor don Pedro Sainz de Baranda y a don José Musso y Valiente para la exhumación de sus cenizas, con el objeto de que no fueran profanadas después de la exclaustración, a vista del expolio que se había obrado en los conventos. Con el mayor sentimiento estos señores supieron de boca del sacristán que los fémures y el cráneo de nuestro esclarecido escritor eran los que servían para el túmulo funerario que solía elevarse en medio de la iglesia el día de difuntos, de lo que se convencieron fácilmente a vista de estos despojos, que fueron trasladados a la iglesia de San Isidro el Real, donde existen. ¡Esta es la memoria que su nación consagra a uno de sus hombres más grandes! ¡Este es el galardón que se tributa al saber!

Dejó unas casas al convento en el sitio llamado Fuente del Cura, en esta corte, con destino a la celebración de ciertas misas por su alma, que probablemente habrán pasado al poder de la Nación. Finalmente don Diego de Saavedra Fajardo, cuyos talentos diplomáticos y estilo noble y elegante escitan el respeto de los extranjeros, fue un varón virtuoso, sobrio, de hermoso continente y morigeradas costumbres. España no puede menos de bendecir su memoria, en sus Empresas políticas, a las que «las nueve Musas (en opinión de don Nicolás Antonio) contribuyeron a labrar». Nadie le aventajó en la espléndida y culta locución y en la maestría con que, sin faltar a la gramática ni a la claridad, supo elevar nuestra hermosa lengua castellana a la altura de la latina, con una brillantez, destreza y gala inimitables.

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