“Fray Luis de León (Conclusión)”
- Autor del texto editado
- Hernández Iglesias, Fermín (1833-1908)]
- Título de la obra
- Semanario Pintoresco Español, nº 52, 24 diciembre 1854
- Autor de la obra
- Mesonero Romanos, Ramón de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta del Semanario e Ilustración,
1854
- Paginación
- pp. 409-413
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Fray Luis de León
(Conclusión)
De este triste periodo de la vida de León son las primeras poesías que le conocemos, y en la cárcel escribió también los Nombres de Cristo y la preciosita obra titulada In Psalmum vigesimun sextum Explanatio. Desconsolador es, en verdad, que a los desastres, a las persecuciones y a las cárceles deba la humanidad tan importantes elementos para su desarrollo; en la misma época, entre el torbellino de las batallas que matan todo sentimiento tierno y del choque de las lanzas y de los escudos, salieron chispas de inspiración para Jorge Manrique y Boscán, Mendoza y Garcilaso, Lope de Vega, Ercilla y Cervantes. Y no aparezca imposible que se desarrollase el genio tan comprimido entonces bajo el enorme peso del Santo Oficio: ya dijimos que solo era inexorable en materias teológicas, y pocos sabios que las trataron se librarían de su terrible poder. Mas, por lo mismo, el inofensivo campo de la poesía estaba libre para todos, y, como dice un moderno historiador 1 , complacía al monarca e inquisidores «que los poetas se entretuvieran en cantar los amores tiernos de los pastores y los dulces desdenes de las esquivas zagalas. No pudiendo España producir filósofos, se indemnizó en producir abundancia de poetas. El Parnaso era el campo más libre, y, refugiándose a él las inteligencias independientes de los españoles, hicieron de la poesía una especie de soberano de la literatura».
Luego que León obtuvo su libertad, merced acaso a la influencia del gran protector de los agustinos, cardenal Quiroga, arzobispo de Toledo e inquisidor general 2 , dícese que de Salamanca salieron a recibirle en triunfo las personas más distinguidas, y en claustro pleno fue admitido a su cátedra y a todos los honores, a pesar de que insistiera en renunciarlos; entonces también la universidad, agradecida, le señaló una pensión por esplicar públicamente Sagrada Escritura, y en el primer día lectivo, ante la numerosa concurrencia que ansiaba oír su voz y admirar su saber, pronunció el tan celebrado como espresivo: «dicebamus hesterna die».
Desde entonces fray Luis de León pareció dedicarse con más interés a continuar algunos y emprender los más de sus inmortales escritos, y hubo de ceder, siquiera fuese con violencia, a las reconvenciones que le dirigió su provincial, mandándole imprimir sus obras. En 1580 dedicaba al eminentísimo cardenal Quiroga la Esposición del salmo XXVI, que había hecho en la prisión, y al príncipe Alberto, archiduque de Austria y cardenal de la Santa Iglesia Romana, sus Comentarios en latín a los Cantares de Salomón, más estensos que los que había escrito en castellano, y en 1583 publicaba sus apreciadas obras, los Nombres de Cristo y la Perfecta casada, tan combatidas por los émulos de su siglo. Al poco tiempo pasó fray Luis a Madrid, y el Consejo Real le encargó la difícil cuanto honrosa obra de corregir los escritos de Santa Teresa, que ya tan corrompidos estaban, y la desempeñó con todo el acierto que prometían sus celebradas dotes, publicándolos en 1587 con un elegante y erudito prefacio. «El trabajo que he puesto en ellos –dice– no ha sido pequeño, porque no solamente he trabajado en verlos y examinarlos, que es lo que el Consejo me mandó, sino en cotejarlos con los originales mismos, que estuvieron en mi poder muchos días». La comisión no pudo ser más oportuna: otro que el autor de los Nombres de Cristo difícilmente hubiera entonces comprendido el ascetismo de aquella mujer admirable, para quien el amor es la virtud que todo lo allana, que llora con los que lloran, hinche su corazón de gozo contemplando la faz de Dios, y ora con todos y por todos. «Seguidla, seguidla –decía fray Luis de León–; el Espíritu Santo habla por su boca». Ni pudiéramos hallar testimonio más recomendable de las bellas dotes literarias de la mujer más grande de su siglo que el que con su habitual sencillez nos dejó fray Luis en el prefacio citado: «si no la vi –dice– mientras estuvo en tierra, ahora la veo en sus libros y hijas... y en la forma de decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafectada que deleita en estremo; dudo que haya en nuestra lengua escritura que con ella se iguale».
La hermana de Felipe II encargó al corrector de las obras de santa Teresa que escribiese la biografía de aquella santa, «persuadida –como dijo fray Diego de Yepes– de que ninguno había entonces en España que mejor pudiera satisfacer a este argumento y a su deseo»; pero le sorprendió la muerte cuando apenas había empezado. También el segundo duque de Feria, don José Gómez Suarez de Figueroa y Córdoba, le había pedido que escribiese un tratado de las obligaciones de los estados, encargo que por la misma causa no pudo desempeñar.
Estando en Madrid, tuvo ocasión de conocer fray Luis de León a la celebrada madre Ana de Jesús, y a sus instancias escribió la vida del Santo Job; quizás por entonces había ya escrito la Esposición de su libro en nuestro idioma.
Es notorio en los anales de la orden de San Agustín la parte activa que tuvo el catedrático de Escritura en la reforma de los monasterios portugueses de su orden, la lucidez con que redactó unas constituciones para los religiosos recoletos de San Agustín, por comisión del capítulo celebrado en Toledo en 1388, y que siempre procuró el brillo de su convento en Salamanca. En 1589 publicó León el primer tomo de la colección completa que pensaba dar de sus obras espositivas, y en él figuran con otras que ya conocemos: In Abdiam Propheiam Explanatio e In Epistolam Pauli ad Galaias Explanatio; en el año siguiente dio a la prensa el lindísimo escrito de Utriusque Agni typici atque veri immolationis legitimo tempore, tan conocido hasta en el estranjero.
Sabemos por el licenciado Luís Muñoz 3 , con referencia a una carta dirigida por nuestro agustino a su amigo Arias Montano, que en este tiempo se dedicaba a leer las obras del inmortal fray Luís de Granada, en la isleta que hacía el Tormes junto a una casa de campo, propiedad de su convento 4 , confesando el mismo León que había aprendido más de su lectura que de cuanta teología escolástica estudiara, y asegurando que en adelante serian su principal estudio. Si algo pudiera aumentar la gloria del orador más elocuente del siglo XVI, del que con más dignidad y alteza ha hablado de la Divinidad, serían sin duda aquellas palabras.
En 1591 era ya fray Luis de León vicario general de la provincia de Castilla, y justo premio de su celo por la pureza de la disciplina monástica fue que le nombraran provincial en el Capítulo de 14 de agosto del mismo año, celebrado en Madrigal; pero a los nueve días murió en el convento de la misma villa, siendo de 64 años de edad. La Universidad de Salamanca perdió una de sus más brillantes glorias; la disciplina monástica, al entusiasta defensor de su primitiva pureza; la iglesia, un mártir más de su fe; y el siglo de oro de nuestra literatura, uno de los grandes genios que inmortalizarán aquel renombre.
El cuerpo del provincial agustino fue trasladado a su convento de esta ciudad y depositado en un ángulo del claustro que llamaban de los Santos, por los eminentes hombres que allí tenían sus sepulcros, delante del altar de Nuestra Señora del Pópulo, y bajo una inscripción latina que, ya deteriorada en época no muy lejana, fue sustituida por otra más estensa 5 . Este sepulcro ha sido destruido ya; los restos del inmortal cantor de la vida del campo estarán confundidos entre las ruinas de su monasterio o habrán sido esparcidos al viento al golpe de azadón de ignorante picapedrero. Triste es, en verdad, para el que siente latir su corazón al recuerdo de las glorias nacionales que aún no haya podido tributar nuestro siglo al autor de la Profecía del Tajo todo lo que de grande, todo lo que de tierno y afectuoso tiene el universal sentimiento de la inmortalidad del alma humana. Si aun hay probabilidades de hallar tan rico tesoro, gloria sería para cualquiera de las autoridades constituidas poder anunciar al mundo científico y literario que en este nuestro siglo, tachado de positivismo y de cálculo, aun había quien poseyera esos sentimientos delicados que algunos seres parecen condenados a no comprender, pero con que han sido ricamente dotados los genios de todos tiempos y países.
Gran número de los escritos de fray Luis de León aún permanecen inéditos 6 , muchos perecieron en el incendio que en 1744 devoró parte de su convento, y no pocos figurarán bajo otro nombre que el de su autor. Ya en su tiempo, dice a don Pedro Portocarrero, atribuyeron sus poesías a otra persona religiosa, que, siendo por esto maltratada de la opinión, hubo de rogarle que las publicase bajo su nombre; quiso hacerlo, pero confesaba que vencía con ello un gusto suyo particular, inspirado sin duda por su humildad evangélica, y, aun escrita la dedicatoria, no vieron entonces la luz pública.
Notoria es la superioridad con que León trató toda clase de cuestiones; repetidas ediciones se han hecho de sus escritos en latín teológicos y lingüísticos 7 , y no pocas existen de las obras morales o filosóficas que publicó en el idioma nativo 8 . Prescindiendo de la mucha filosofía, sublimes pensamientos y profundos raciocinios que estas contienen, todas abundan, y los Nombres de Cristo con especialidad, en trozos verdaderamente oratorios. Dos escritores de aquel siglo adquirieron en la elocuencia renombre inmortal, fray Luis de Granada y fray Luis de León, que se conocen con la denominación fraternal de los dos Luises; creen algunos que no es fácil decidir cuál de los dos ganó la palma de la elocuencia sagrada; pero en medio de nuestro entusiasmo por el lírico español no dudamos concedérsela a Granada: su elocuencia es más fácil y abundante, hay más grandiosidad en sus imágenes, y la armonía y cadencia que con tanto afán buscaba León son naturales en él; en cambio, el vate de Belmonte es más original; sus períodos, más rotundos; y su lenguaje, grave y subido, con un sabor de antigüedad lleno de majestad y grandeza; nunca se vio la lengua castellana manejada con tan admirable perfección.
Sin duda que León fue el escritor del siglo XVI que más esplendor dio a nuestro idioma; él mismo nos describe la constancia con que trabajó, el arrojo que necesitó para arrostrar la envidia de muchos y avergonzar la ignorancia de algunos contemporáneos suyos, y los progresos que el arte hiciera bajo su pluma. «Dicen que no hablo en romance –se lee en la introducción al libro III de los Nombres de Cristo– porque no habló desatadamente y sin orden, y porque pongo en las palabras concierto, y las escojo, y les doy su lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio, ansí en lo que se dice como en la manera como se dice, y negocio que de las palabras que todos hablan elige las que convienen, y mira el sonido de ellas, y aun cuenta a veces las letras, y las pesa, y las mide, y las compone, para que no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura... Y, si acaso dijeren que es novedad, yo confieso que es nuevo y camino no usado por los que escriben en esta lengua poner en ella número, levantándola del descaimiento ordinario. El cual camino quise yo abrir, no por la presunción que tengo de mí, que sé bien la pequeñez de mis tuerzas, sino para que los que las tienen se animen a tratar de aquí adelante su lengua como los sabios y elocuentes pasados, cuyas obras por tantos siglos viven, trataron las suyas, y para que la igualen en esta parte que le falta con las lenguas mejores, a las cuales, según mi juicio, vence ella en otras muchas virtudes». Acaso este buen deseo, que tanto contribuyó a probar la riqueza de nuestra lengua, fue exagerado en León; por esto con frecuencia se resienten sus períodos de demasiado estudio y violencia en la colocación, pero nunca pierde su estilo el carácter general de apacible dulzura, su dicción es siempre animada, limpia y armoniosa.
Erudito es León y gran conocedor de las lenguas sabias en su Traducción y comentarios de los Cantares de Salomón; esplica con evangélica piedad el amor divino y describe con rasgos casi imperceptibles, pero siempre tiernos, la más grande de las afecciones humanas; consulta las traducciones griegas y latinas, y se afana con fruto por hallar en nuestra lengua figuras y modismos hebraicos, porque «a la verdad responde con la hebrea en muchas cosas». El objeto de León en este escrito no fue esplicar, como habían ya hecho otros, la idea mística que envuelve el idilio más tierno de todos los idiomas, sino «declarar la corteza de la letra así llanamente... declarar el sonido de ella y aquello en que está la fuerza de la comparación y del requiebro».
Hemos estudiado a Fray Luis de León como prosista, y vamos a admirarle como poeta; porque, si merecidos elogios se tributan al autor de los Nombres de Cristo, más dignos serán para el que osó dar a la poesía un carácter no conocido hasta su tiempo, con unas «obrecillas que entre las ocupaciones de sus estudios, en su mocedad y casi en su niñez, se le cayeron como de entre las manos» 9 .
Las traducciones de León forman la segunda y más estensa parte de sus poesías, y en ellas se propuso «mostrar que nuestra lengua recibe bien todo lo que se le encomienda, y que no es dura, ni pobre, como algunos dicen, sino de cera y abundante para los que la saben tratar». Mucho de su gran mérito debió León a sus traducciones bíblicas: Job en su libro el más sublime de poesía filosófica, el Rey Profeta en sus Salmos, raudal inmenso de poesía, y el discípulo de Natán, que en los Proverbios había cantado al que tuvo el viento entre las manos, al que recogió las aguas con su manto y levantó los límites de la tierra, le hicieron gustar aquella grandiosa sencillez, aquel perfume de antigüedad lleno de majestad y dulzura, que hacía su mayor deleite y que le señala entre todos los hablistas castellanos. Píndaro y Teócrito, el melancólico Tíbulo, el elegante Virgilio y, sobre todos, el culto Horacio fueron objeto de su constante estudio; así que entre no pocos hebraísmos brillan más sus poesías por las gratas reminiscencias del cantor de Mantua y del inmortal preceptor de los Pisones. «Luis de León, lleno de Horacio, a quien constantemente estudiaba –dice el señor Quintana–, tomó de él la marcha, el entusiasmo y el fuego de la oda»; de él aprendió su elegante finura, su delicada gracia, la flexibilidad de su talento y la pureza de su gusto, y, desterrando el epicureísmo del tímido soldado de Filipos, vistió con el traje español a sus personajes, les atribuyó las ideas de su siglo y pareció colocarlos ante los mismos lugares que le inspiraron. También la bella Italia ofreció entonces a los genios españoles modelos que imitar; por eso la Italia de León X nos recuerda la Italia de Augusto. Fray Luis de León no podía permanecer indiferente ante aquellos renacientes genios, que daban vida y vigor a la más clásica antigüedad, tan grata para él, y Petrarca y Juan de la Casa y el cardenal Bembo le ofrecieron bellezas que imitar o traducir; pero esta segunda vez, como la primera, nuestra poesía tomó pronto un carácter nacional.
El genio de León era esencialmente lírico, y su carácter y su profesión le hicieron preferir el género moral al heroico; su inspiración, como su vida, esencialmente religiosa, el misterio le exalta y la soledad es su elemento espansivo; todas sus odas respiran una santa certidumbre de la vanidad de las cosas humanas, y el hijo de la religión que compadece al malvado y eleva al humilde se recrea en contemplaciones morales o, arrobado en dulce éstasis, prorrumpe en tiernas espansiones. Si pinta la naturaleza al frente de los tranquilos goces de la vida pastoril, traza con vivos colores las venenosas borrascas del mundo; si habla de avaricia, pregunta:
¿Qué vale el no tocado
tesoro, si corrompe el dulce sueño?
¿Si estrecha el ñudo dado?
¿Si más enturbia el ceño
y deja en la riqueza pobre al dueño? [5]
...
¿Qué vale cuanto veo,
do nace, y do se pone el sol luciente,
lo que el Indo posee,
lo que da el claro Oriente,
con todo lo que afana la vil gente? [10]
Su alma sencilla no podía dudar del triunfo de la virtud, y dice a Portocarrero:
No pudo ser vencida,
ni lo será jamás, ni la llaneza,
ni la inocente vida,
ni la fe sin error, ni la pureza,
por más que la fiereza [5]
del tigre ciña un lado,
y el otro el basilisco emponzoñado.
Pero sentimientos tan bellos peligran siempre en esta vida, y el preso de Valladolid esclama:
Dichoso el que jamás ni ley, ni fuero,
ni el alto tribunal, ni las ciudades,
ni conoció del mundo el trato fiero,
que por las inocentes soledades
recoge el pobre cuerpo en vil cabañ, [5]
y el ánimo enriquece con verdades.
Justifica la inquietud anhelante del que ama:
No sufre larga ausencia,
no sufre, no, el amor que es verdadero.
La muerte y su inclemencia
tiene por muy ligero
medio por ver al dulce compañero. [5]
Mas, si le habláis de una pasión mundana, podrá en un momento decir a una desdeñosa:
Mirad que ninguna cosa
hay que a amor no esté sujeta.
El amor gobierna el cielo
con ley dulce eternamente,
¿y queréis vos ser valiente [5]
contra él? Acá en el suelo
da movimiento y viveza
a la belleza
el amor, y es dulce vida,
y la suerte más valida [10]
sin él es pobre tristeza.
Pero su idea constante es:
Quien de dos claros ojos
y de un cabello de oro se enamora
compra con mil enojos
una menguada hora,
un gozo breve que sin fin se llora. [5]
La vida del campo, el retiro del monje, la tranquilidad del creyente son su ideal belleza:
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido! [5]
Poeta de la religión, con un sentimiento esquisito de la armonía, reviste la razón humana con las brillantes galas de su genio, y todos sus versos revelan aquella tierna alma, nacida para las inspiraciones místicas. Ningún español poseyó combinación tan feliz de elegancia y sensibilidad; parece oírse la dulce armonía de los ángeles cuando la inspiración celestial orna su frente y da curso al fuego que le anima; la ilusión es a sus ojos completa, si, impelido por el calor del entusiasmo, con todo el arrojo que puede consentirse en un poeta lírico, quebranta en la apariencia las reglas, porque no es el arte quien le enseña, es el genio que le inspira. Siguiendo León distinta senda que Herrera, es más original e independiente, y, educado con el estudio de los clásicos y de la poesía hebraica, despreció la afectada elegancia, distintivo de los imitadores de la toscana, y adoptó generalmente la lira, estrofa de cinco versos, de que tan gracioso modelo nos dejó Garcilaso en su Flor de Gnido. Su versificación es casi siempre abundante, graciosa y dulce; no carece, sin embargo, de prosaísmos; pero el descuido es de pocos momentos; y cuando desprecia la belleza de la forma resaltan más la fuerza y valentía de sus pensamientos; merced a esto, se le perdonan deslices que en otro serian severamente condenados. Fue tan constante en perfeccionar la cadencia de sus versos, que la hizo imitativa: en su célebre Profecía del Tajo ve la invasión de los árabes, y grita con precipitación al rey don Rodrigo, embelesado en los brazos de la Cava:
Acude, acorre, vuela,
traspasa el alta sierra, ocupa el llano...
«No solo es de notar –como dice bien el señor Martínez de la Rosa 10 – la supresión de conjunciones, que aumenta la celeridad de los versos y el ímpetu con que se agolpan las ideas, sino la artificiosa colocación de acentos y de pausas para llevar hasta lo sumo la velocidad... Este ejemplo prueba lo que pudiera hacerse con nuestra lengua esmerándose con la versificación». León trasladó al verso castellano todo el estudio que Horacio había hecho en el yámbico puro, combinando cuidadosamente sílabas breves y largas y haciendo suave el tránsito de una palabra a otra.
El principal mérito que todos reconocen en León es la facilidad con que concibe los pensamientos más profundos y la sencillez con que espresa las ideas más grandes, las imágenes más atrevidas. «¡Cuántas hipérboles y exageraciones –dice el autor de la Poética 11 –, cuántos versos y figuras no hubiera malgastado un poeta común para espresar lo numeroso de la escuadra africana y la muchedumbre de moros que vino a la conquista de España! Pues fray Luis de León solo emplea siete u ocho palabras simples para presentar ambas ideas de la manera más grande que puede concebirlas la imaginación humana:
Cubre la gente el suelo,
debajo de las velas desparece
la mar...»
Muchos son los rasgos semejantes a este que adornan las obras poéticas del maestro León, pero ninguna de ellas, en verdad, encierra tantas imágenes grandes, tantos pensamientos sublimes y espresados con tan singular belleza, como la oda que dedicó a Felipe Ruiz; pocas composiciones habrá que puedan comparársele en elevación y sencillez.
Entre las odas morales, género predilecto de León, descuella la imitación de Horacio que le inspiró la felicidad de la vida del campo, superior al Beatus ille de aquel: «bellísima composición llena de sagrado, de seso y de dulzura... todo en ella –prosigue el señor Quintana– es sencillo, sin ambición ni aparato. ¡Pero qué raudal tan puro, tan copioso y tan fácil! ¡Cómo se conoce que el poeta tiene todo su placer en la medianía, en el estudio y en el retiro! ¡Cómo los hace amar sin otro secreto que el de amarlos él y concertar sus pensamientos, sus imágenes y su espresion con el sentimiento que le inspira y con los .objetos que canta! Nada de más, nada de menos, y todo en el modo propio y conveniente. Es una música suave y deliciosa que sale del corazón y va derecha al corazón sin esfuerzo y sin estudio. La imitación de esta poesía requiere un talento y un gusto el más esquisito; a nada que suba, ya no es ella; a nada que baje, ya no es poesía». Aun el defecto que tanto resalta en esta composición no carece de encanto empleado por León, y, cuando imitando a Píndaro (Olimpia y Pytia) divide una palabra entre dos versos:
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando...,
creemos ver un nuevo matiz del gracioso abandono que hace el principal encanto de esta composición.
Noche serena y la oda dedicada a Felipe Ruiz son dos bellísimos modelos de aquella combinación feliz de dignidad y sencillez, sorprendentes imágenes y versificación fluida, que ningún español ha poseído como el humilde hijo de San Agustín; cuando en la segunda describe incidentalmente una tempestad de verano, solo deja escucharse la voz del genio:
¿No ves cuando acontece
turbarse el aire todo en el verano?
El día se ennegrece,
sopla el Gallego insano,
y sube hasta el cielo el polvo vano; [5]
y entre las nubes mueve
su carro Dios ligero y reluciente,
horrible son conmueve,
relumbra fuego ardiente,
treme la tierra, humíllase la gente. [10]
La lluvia baña el techo.
Envían largos ríos los collados;
su trabajo deshecho,
los campos anegados
miran los labradores espantados.[15]
La Oda a la Ascensión encierra más poesía que otra alguna de León. Lástima es que en tan bello modelo de la oda cristiana, donde todo es original y grande, donde los pensamientos y las imágenes están distribuidos con orden y economía, halle algún crítico poco esmero en la versificación, languidez y falta de cadencia. El cuadro es sublime desde el principio; el poeta da todo por supuesto y nada describe, ve al maestro divino elevarse en los aires, desaparecer entre las nubes, y esclama cual desconsolado discípulo:
¿Y dejas, Pastor Santo,
tu grey en este valle hondo, escuro,
con soledad y llanto,
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro? [5]
Aunque inferior a Horacio en el género heroico, León le imitó alguna vez con maestría, y en su celebrada Profecía del Tajo, pensamiento del vaticinio de Nereo, probó que el cantor de la vida del campo podía elevar su vuelo a mayor altura. El ritmo en verdad no es tan robusto como el asunto lo exigiera; pero, en cambio, la grandeza de las imágenes, la osadía de los giros y la originalidad de la forma, el tino y buen gusto que brillan en todas sus partes revelan la pluma ejercitada del poeta. La esposicion es sencilla y la personificación del Tajo atrevidísima; el movimiento crece a medida que se aproxima el peligro. Grande es León cuando describe a Marte:
... que ya el sonido
oyó ya, y las voces,
las armas y el bramido
de Marte, de furor y ardor ceñido.
y valiente y original en el modo de espresar este pensamiento:
Llamas, dolores, guerras,
muertes, asolamientos, fieros males
entre tus brazos cierras...
«Esta reduplicación de ideas –dice el señor Martínez de la Rosa 12 –, esta supresión de conjunciones, esta vehemencia y precipitación cuando amenaza tan grave riesgo, son muy propias del asunto».
Nadie pudiera pintar con más rapidez los preparativos bélicos del árabe, el feroz entusiasmo de su ejército y la numerosa escuadra que vuela a la conquista de España; el cuadro es majestuoso:
Oye, que al cielo toca
con temeroso son la trompa fiera,
que en África convoca
el moro a la bandera,
que al aire desplegada va ligera. [5]
La lanza ya blandea
el árabe cruel, y hiere el viento
llamando á la pelea. Innumerable cuento
de escuadras juntas veo en un momento.
Cubre la gente el suelo. [10]
Debajo de las velas desparece
la mar; la voz al cielo
confusa y varia crece,
el polvo roba el día y le oscurece.
Seria tarea interminable notar tantas bellezas como encierra esta preciosa oda: cuantas veces la leemos nos parece hallar más y más que admirar en cada estrofa, en cada verso. De sentir es que su ritmo no sea tan robusto como pudiera prometerse de la lengua que Carlos V creía más propia para hablar con Dios; así, cuando profetiza León los trabajos inmortales que devastaron «a toda la espaciosa y triste España», o pinta la creación, conservaría dignamente aquella entonación bíblica, que, como Herrera, supo imitar con éxito brillante:
Alaba, oh alma, a Dios. ¿Señor, tu alteza
qué lengua hay que la cuente?
Vestido estás de gloria y de belleza
y luz resplandeciente.
Encima de los cielos desplegados
al agua diste asiento;
las nubes son tus carros, tus alados
caballos son el viento.
Son fuego abrasador tus mensajeros,
y trueno y torbellino.
Las tierras sobre asientos duraderos
mantienes de contino.
Los mares las cubrían de primero
por cima los collados;
mas, visto de tu voz el trueno fiero,
huyeron espantados.
Y luego los subidos montes crecen,
humíllanse los valles.
Esto es ser poeta; todo nos prueba en León la inmensa distancia que separa al imitador del copista, y cuán difícil es, como él mismo decía, «traducir poesías elegantes sin añadir ni quitar sentencia, y, con guardar cuanto es posible las figuras del original y su donaire, y hacer que hablen en castellano, y no como estranjeras y advenedizas, sino como nacidas en él y naturales».
Fermín Hernández Iglesias
La primera inscripción de las citadas en la nota 17 decía así:
MAG. FR. LUYSIO. LEGIONENSI.
DIVINARUM. HUMANARUMQUE.
ARTIUM.
ET. TRIUM. LÍNGUARUM. PERITISS.
SACRORUM. LIBRORUM. PRIMO. APUD. SALMANT.
INTERPRETI.
CASTELLAE PROVINCIALI.
NON AD. MEMORIAM. LIBRIS . IMMORTALEM.
SED. AD. TANTAE. JACTURAE.
SOLATUM.
HUNC. LAPIDEM. A. SE. HUMILEM. AB. OSSIBUS.
ILLUSTREM.
AUGUSTINIANI. SALMANT. P.
OBIIT. AN. M. D. XCI . XIII. AUGU5TI.
AET. L. XIIII.
Dice fray Manuel Vidal, hablando de la segunda inscripción; «En nuestros tiempos (1751), con ocasión de la obra del nuevo claustro, estando ya gastada y quebrada la antigua losa de su sepultura, se puso otra de nuevo con la inscripción que pongo aquí....
Ven. Mag. Fr. Ludovicus Legionensis. omnigena eruditione ditissimus. Difficiliores linguas facile suas fecit grcecam, chaldaicam, hebrraicam, latinam loqutus cum paucis, hispanam ut nllus. Hispani di tus est maximus author eloquii. Humaniores Disciplinas politiore stilo didicerat; divinas vero qua in immensum patent, arte sublimiore docuit. His insíructus, cunctis utilis, omnibus deservivit. Studiosis plura edidit volumina cedro dignam; Academiae instructos rite discipulos, inter quos Suarius eminuit, qui eximius postea Doctor evasit; auguslinianae Familiae strictiores videndi leges, sancte regendi artem, optimae conversationis exempla, se ipsum; Ecclesiae catholicae aurea scripta Seraphicae Virginis Theresiae, quorum censor extitit, propugnator, et vindex; caelo pretiosam animam virtutibus ornatam, firmissima praesertim spe in Deum, et heroica in inimicos charitate: huic denique almae domui venerandas sui corporis exuvias. Caelum petiit X. Kalendas Septembris M.D.XCI.