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Prensa y canon · Biografías

“Fray Luis de León”

Autor del texto editado
Hernández Iglesias, Fermín (1833-1908)]
Título de la obra
Semanario pintoresco español, nº 51, 17 diciembre 1854
Autor de la obra
Mesonero Romanos, Ramón de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Omaña, 1854
Paginación
pp. 407-408
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Tania Padilla Aguilera
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 26 noviembre 2024

FRAY LUIS DE LEÓN


El siglo XVI fue todo español, merced a las vencedoras armas del primer monarca de la casa de Austria en España, a la calculadora política de su hijo, y sobre todo a la superioridad de nuestra literatura. Nuestra lengua era europea, y el gusto, las modas y costumbres de los españoles preponderaban en la literatura, en los trajes y en los teatros y salones diplomáticos de todos los países cultos: razón tenía Felipe II para llamar a la corte del vecino reino «mi bella ciudad de París».

Tanta grandeza tiene su representación: si el valor de los soldados españoles les reconquista un nombre universal y pone en mano de sus reyes el cetro de un imperio en que no se oculta el sol; si la política de estos les permite disponer de los destinos del mundo, el espíritu religioso erige un monasterio, alcázar a la par de reyes, recordando un triunfo militar en el símbolo más grande del siglo de nuestras artes, y todos los estilos, todas las formas, todos los géneros literarios tienen por intérpretes a los que aún hoy son nuestros modelos.

Personaje de este magnífico drama y colaborador en la grande obra de la reacción católica con sus inspiraciones celestiales fue fray Luis de León, a quien consideran muchos como el creador de la oda española, y que un escritor contemporáneo 1 califica del más correcto y menos ambicioso poeta español. Su biografía, enriquecida últimamente con la publicación de curiosos documentos inéditos 2 , nos presenta el consorcio más íntimo de las virtudes evangélicas con las dotes literarias, y un ejemplo más de las desgracias acaso inseparables de los grandes genios, y de lo que pueden las pasiones humanas aguijonadas por la envidia y el fanatismo.

Hijo fray Luis de León del licenciado don Lope de León, oidor de la chancillería de Granada, nació en 1527 en la villa de Belmonte (Cuenca) 3 , donde pasó los primeros años de su vida. Como don Lope fue también abogado de la corte, hubo de seguirla a Madrid y Valladolid, y Luis iba en su compañía. Contaba ya catorce años de edad cuando su padre le envió a Salamanca para que estudiase Cánones, pero, como desconociera las caricias maternas, como se veía quizás postergado en el cariño de su padre a sus hermanos mayores, a los pocos meses tomó el hábito de San Agustín en el monasterio de esta orden que aquí existió, profesando en 29 de enero de 1544.

Discípulo en Bellas Artes de fray Juan de Guevara, en Teología del inmortal Cano, del célebre Soto (Fray Domingo) y del maestro Mancio, y en Biblia del maestro Cipriano, fray Luis de León se dedicaba sin descanso a estos estudios, y sobre todo al de las lenguas sabias e italiana; extractaba las lecturas de los sabios que entonces hacían resonar su voz en las aulas de esta universidad, y tal reputación había logrado, cuando apenas contaba dieciocho años, que sus maestros no se desdeñaban de sustentar con él y por escrito delicadas cuestiones, y sus condiscípulos le consultaban con respeto.

En 1560 se graduó fray Luis de licenciado y doctor en Teología, presidiendo uno de estos actos fray Domingo de Soto. En el siguiente año ganó por cincuenta y tres votos la cátedra de Santo Tomás en oposición con otros siete teólogos, cuatro de ellos catedráticos, y diez años después obtenía los mismos triunfos en oposición a la de Durando. Una concurrencia numerosa asistía constantemente a la cátedra de fray Luis, y sus interesantísimas lecturas eran buscadas con celo, no solo en España, sino en toda Europa. Entonces, el V. Suárez y fray Pedro de Aragón adquirieron el gusto y saber que brillan en sus obras, y la universidad daba un justo tributo a la extensión de conocimientos del agustino, encargándole con el doctor Miguel Francés la reducción del calendario, después de celebrado el último concilio general Apenas fray Luis se apartaba de la escuela. En 1563 fue a Valladolid con el objeto de denunciar ante el Santo Oficio un libro que le parecía herético; en 1570, a Madrid para desempeñar una comisión universitaria, y como de vuelta hallara que empezaba a desarrollarse el taburdete en Salamanca, se ausentó como otros muchos catedráticos y marchó a su pueblo. Dos años que estuvo en Soria y Alcalá los dedicó al estudio, y explicaba también en los conventos que su orden tuvo en estas ciudades. .

Antes que en la universidad, fray Luis de León había explicado en su convento, y observaba hasta con rigidez las reglas de su orden, en cuanto se lo permitían sus continuas enfermedades y constante estudio. Aún puede decirse que era joven cuando, en un capítulo celebrado en Dueñas, levantaba enérgicamente su voz contra el decaimiento de la disciplina, y se asociaba con los que querían inspirar en España la austeridad de los celebrados monjes de la Tebaida. Con el estudiante Rapun, que tenía por criado, dedicaba algún tiempo a copiar lecturas de los principales catedráticos de la universidad y maestros de las órdenes, y la Inquisición se halló entre sus manuscritos curiosas disertaciones originales sobre muchos puntos teológicos Entre ellas, una que pronunció en la oposición a la cátedra de Santo Tomás, y las siguientes sobre la venida del Mesías; sobre la diferencia de la gracia del Viejo y del Nuevo Testamento; sobre la satisfacción que ha de seguir a la penitencia; sobre las promesas de la ley vieja de gratia et iustificatione; sobre los Cantares de Salomón; acerca de si la Virgen pecó alguna vez venialmente, probando que Nuestra Señora tenía más gracia que todos los santos juntos; dos cuadernos sobre la «Epístola a los hebreos» tomados de las explicaciones del maestro Cipriano, catedrático de Alcalá; una cuestión de malo tomada de la lectura de fray Ambrosio de Salazar; un sermón pronunciado en la fiesta de la universidad a San Agustín; una lectura de fide, y un tratado de ratione, auctoritate et interpretatione Sacrae Scripture. .

Era ya muy grande la reputación de fray Luis para que no excitase la envidia de los muchos a que hacía sombra. Entre sus compañeros había quien le juzgaba «desenvuelto» y «atrevido» en sus explicaciones, y se creía obligado a oírlas lo menos posible, y (triste es confesarlo) poco después habrá un catedrático de esta universidad que le acuse de ser «muy afecto a cosas nuevas», añadiendo «que esto es lo principal que se debe remediar», y aun a quien se niegue a estudiar sus doctrinas «porque no quiere saber novedades que quitan el sueño». Pero no solo estos errores de la época Tanto era su afán por aprender que no le permitió salir incólume de aquellos, y a la verdad solo por los errores de su época puede explicarse que fray Luis perdiese el tiempo en aprender Segillos astrológicos con un estudiante y licenciado en Cánones llamado Poza; pero, al poco tiempo de inaugurados sus trabajos, se desarrolló en Salamanca la enfermedad «de pintas», el estudiante huyó a Ávila y su célebre discípulo quemó el libro de que se servían. produjeron la persecución de fray Luis; fueron otras causas que hoy ya se conocen.

Las órdenes de Santo Domingo y San Jerónimo estaban en constante pugna con la de San Agustín; aparte de que las separaba su diversa solución a algunas cuestiones teológicas, como se disputaban las cátedras de la universidad, interesando en el triunfo la gloria de todo el instituto, no podían olvidar que fray Luis había vencido como opositor en cuantas competencias hubiera con dominicos y jerónimos, y que como juez siempre había salido a sostener el prestigio de los agustinos. Dominicos eran y objeto a la par de aquellos triunfos de fray Luis los catedráticos León de Castro y Bartolomé de Medina, promovedores de la persecución que le amenazaba; dominicos y vencidos por él en ejercicios literarios fueron los que con más acrimonia le dirigieron acusaciones. Tres son los principales acontecimientos que tan ruines enemigos recogieron armas contra el catedrático de Durando.

Había sustentado fray Luis sobre la autoridad de la versión Vulgata proposiciones interesantes por el claro talento e inmensa erudición con que fueron defendidas, y escrito también sobre aquella. Nada importaba que, en un acto mayor, los maestros de Teología de esta misma universidad se hubieran visto obligados a sostener las mismas doctrinas que, consultadas con los principales españoles que asistieron al Concilio de Trento, do las hubiesen desaprobado; que hubiesen interesado en Roma y en Lovaina, en Alcalá y Valladolid, en Madrid y Sevilla, en casi todos los establecimientos literarios del reino hubieran recibido general aceptación. Tanto brillo cegó a sus enemigos: obra de aquel ilustre agustino no podía ser buena porque era amigo de los maestros Grajal y Martínez, «afectos a cosas nuevas» y sostenedores de doctrinas que entonces se calificaron de contrarias a la fe.

Por los años de 1561, a instancias de doña Isabel Osorio, religiosa de Sancti-Spiritus de esta ciudad, hizo fray Luis de León una versión y breves comentarios en lengua castellana de los Cantares de Salomón, sirviéndose al efecto de la que había hecho Benito Arias Montano, y que le pidió cuando este pasaba por Salamanca 7 . Pronto volvió el original a poder de fray Luis según convenido estaba, pero un fraile que cuidaba de su celda abrió secretamente el escritorio donde aquel se hallaba, tomó de él una copia, y cuando el autor quiso recoger las que de esta se hubieren hecho le fue imposible: se habían extendido por las principales ciudades de España, existían ya en muchas universidades y conventos del extranjero, y habían llegado hasta las ciudades de Cuzco, Quito y de los Reyes del Nuevo Mundo. Nadie había tachado la traducción, antes bien, había sido justamente apreciada en España y fuera de ella; solo sus enfermedades impidieron a fray Luis dar una edición latina que oscureciese la memoria de la versión castellana, pero era hecho consumado, y el Santo Oficio tenía prohibido que se publicaran en lengua vulgar los libros de las Sagradas Escrituras.

Por último, tratábase de imprimir la Exposición de Vatablo sobre La Biblia, y el Santo Oficio quería que la calificase antes la Universidad de Salamanca. En el hospital de las Escuelas, en casa del decano maestro Francisco Sancho, en reuniones privadas y hasta casuales tuvieron acaloradas disputas los catedráticos de Teología. Viéronse frente a frente los que figuraban como innovadores y sus adversarios, y por desgracia saciaron sus enemistades personales: «voceaban y no nos entendíamos», dice el mismo fray Luis, «y viose en aquella ocasión a los graves teólogos de esta universidad dirigirse repugnantes insultos» 8 . Con esto y con haber contribuido el catedrático de Durando a que el Consejo prohibiese una obra del maestro León de Castro en cuya impresión había gastado mucho, ¿no se explica que al poco tiempo dirigieran inculpaciones mil, infundadas y hasta contradictorias, al que, según confesión de Gaspar de Portonariis (impresor), había trabajado más en la enmienda de la Biblia de Vatablo? Fray Luis de León había aumentado su reputación científica y literaria, y con razón decía: «porque sé que los padres sobredichos (dominicos) y otros no me quieren bien, y cuanto crece la afición pública de la escuela para conmigo, tanto debe ser mayor su mala afición».

El maestro fray Bartolomé de Medina había prometido vengarse: sábese efectivamente que reunió estudiantes en su celda y recogió sus juramentos y firmas contra la reputación de fray Luis, y como el Santo Oficio era intolerante en materias teológicas, como perseguía con rigor todo lo que pudiera lastimar en lo más mínimo al catolicismo tal y como el monarca y los inquisidores de entonces lo entendían, nuestro agustino fue detenido en la posada del inquisidor que había sido enviado a esta ciudad; en 26 de marzo de 1572 se despachó contra él mandamiento de prisión con secuestro de bienes, y en el 27 estaba ya preso en las cárceles secretas de la Inquisición de Valladolid, donde hacía algunos días que habitaban otros catedráticos y amigos suyos 9 .

«Es cosa ordinaria, decía León, que viendo a uno preso por este Santo Oficio decir el vulgo mil cosas sin pies ni cabeza» en las universidades y conventos, en Salamanca y Valladolid, en Toledo y Cartagena, hasta en nuestras posesiones americanas se recogen deposiciones contra el virtuoso agustino. No hay herejía de que sus enemigos no lo crean prosélito, sin reparar que fray Luis puede contestar a todo con sus escritos o, mejor, con su conducta, y es sumamente instructivo recorrer las minuciosidades a que descienden, las ridiculeces a que dan importancia, porque revelan el espíritu de la época y las ideas que dominaban en el tribunal que entonces era, si no la cabeza, el brazo derecho del monarca español 10 .

Parecía que la Inquisición recordaba en el agustino de Salamanca al de Witemberg, y de seguro no olvidaba que en el siglo anterior Pedro de Osma había defendido públicamente y en las mismas aulas doctrinas protestantes. El fiscal declara que había incurrido en la pena de excomunión mayor el traductor de los Cantares de Salomón, y pide que sea puesto en el tormento. Hasta el 7 de diciembre de 1576 no es absuelto, a pesar de que todo arguye en su favor y admira la multitud de escritos de su propia letra 11 que presentó para su defensa, escritos en su mayor número muy instructivos, porque contienen cuestiones teológicas ventiladas con suma erudición. Fray Luis enfermó en la prisión y enternecen, a la par que irritan, las vivas descripciones que hace a los jueces de lo aflictivo de su posición y las quejas que les dirige de la arbitrariedad con que procedían 12 .



(Continuará)

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