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Prensa y canon · Canon poético · Biografías

“Fac-símile del retrato de Pablo de Céspedes dibujado por Francisco Pacheco”

Autor del texto editado
Asensio, José María (1829-1905)
Título de la obra
El Arte en España. Revista mensual de arte y de su historia, tomo VI, 01/01/1867
Autor de la obra
Cruzada Villaamil, Gregorio (1832-1884) (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de M. Galiano, 1867
Paginación
pp. 229-240
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 30 octubre 2024

FAC-SIMILE DEL RETRATO DE PABLO DE CÉSPEDES DIBUJADO POR FRANCISCO PACHECO


Desde que el Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, saliendo del misterio y la oscuridad en que había venido envuelto casi desde el momento mismo de la muerte de Francisco Pacheco, paró en las manos de su actual poseedor, ha estado, por decirlo así, en pública exposición, siendo visitado y examinado por cuantas personas de gusto e ilustración han llegado a Sevilla, las cuales han extendido después sus alabanzas por todos los ámbitos de la Península Ibérica, y por las naciones extranjeras.

Tanto se ha hablado, tanto se ha dicho del mérito sin igual de Francisco Pacheco, tanto se ha encarecido la importancia artística del Libro de retratos, que ya muchas personas de aquellas que no han podido conocerlo han manifestado cierta incredulidad a tamaños elogios, creyendo ver en ellos un propósito de crear atmósfera, una idea de especulación interesada; que en nuestro tiempo se cree más fácilmente en las negociaciones mercantiles que en el entusiasmo por las bellezas artísticas.

Han aparecido también, con motivo de la reaparición del Libro, muchos retratos que ora se dice pueden haber pertenecido a él, ora ser procedentes de originales de Pacheco, conservados luego por manos de otros dibujantes; y, como no todos estos que al ilustre suegro y maestro de don Diego Velázquez se van atribuyendo tienen un mérito igual, han producido el mal efecto de que las personas que sin conocer el Libro de retratos han visto aquellos traslados dudan por otro concepto del mérito real y efectivo, de la importancia de la obra predilecta del gran maestro.

Preciso es, pues, y el actual dueño del Libro de retratos tenia de ello grandísimos deseos, dar a conocer de una vez lo que es aquella obra, lo que valía Francisco Pacheco como retratista; preciso era publicar de una manera digna siquiera un retrato, cerrando de una vez la entrada a todo linaje de errores y equivocaciones.

Para hacerlo, ningún periódico tan competente como El Arte en España; nadie tan acreedor a ocuparse de la obra de Pacheco como don Gregorio Cruzada Villaamil, que tan generosamente se había ofrecido a auxiliar la empresa con sus consejos e ilustración.

Y, en verdad, no tenemos motivos para arrepentimos de nuestra decisión; el fac-símile que acompaña a este número es inmejorable, en nuestro sentir; demuestra que ha sido hecho con amor, con verdadero entusiasmo artístico, y, lo que es todavía más satisfactorio, que sin salir de España se puede obtener una reproducción fiel, exacta y tan preciosa como pudiera hacerse en Paris o en Londres, de este Libro de retratos cuya publicación sería un verdadero triunfo a la vez artístico y literario.

Restaba otra cuestión que resolver, y era la de a cuál habría de darse la preferencia entre tanto número de buenos retratos. Tampoco hubo mucho que dudar. La Real Academia de San Fernando había puesto a concurso un tema sobre Pablo de Céspedes; tenía, pues, cierta actualidad la publicación de su retrato, y esta consideración nos ha decidido al elegir.

No es que nosotros concedamos, ni aun remotamente, esa influencia superior que la Academia quiere dar a Céspedes, al parecer. Vargas y Marmolejo, Pacheco y Roelas tuvieron indisputablemente mayor influencia en el arte español, mayor importancia en el desenvolvimiento y carácter de la Escuela Sevillana; fueron astros cuya estela luminosa dejó rastro, porque sus ejemplos fueron seguidos por otros muchos artistas; a Céspedes no le siguió nadie; verdad que no era fácil, porque no trajo carácter determinado al terreno del arte, como puede verse examinando sus pinturas; si alguna influencia tuvo, seria con sus lecciones, pero no con su ejemplo. No conocemos discípulos de Céspedes.

Esto es decir que, acatando como debemos las razones que haya podido tener la ilustre corporación para hacer a Céspedes objeto del certamen, nosotros hubiéramos preferido a cualquiera de los artistas que antes nombramos; a Luis de Vargas, por ejemplo, patriarca de nuestra pintura, a quien monsieur Quillet coloca entre Rafael y Julio Romano, llamándole el mejor dibujante que tal vez haya existido y de quien asegura que, a tener más ambiente en sus cuadros, hubiera sido no sólo el mejor pintor de España, sino también del mundo.

No es nuestro intento analizar la vida de Céspedes, ni escribirla de nuevo, y menos siendo cierto, como se nos asegura, que un señor canónigo de Córdoba acaba de hacer grandes descubrimientos a este propósito; para dar a conocer el retrato que dibujó Pacheco hubiéramos extractado las noticias que trae en su elogio, pero preferimos dar este íntegro, para que conozca el público a un tiempo a Francisco Pacheco como retratista y como literato.

El elogio que puso al pie del retrato de Céspedes dice así:


EL RACIONERO PABLO DE CÉSPEDES




«Los grandes arquitectos, famosos escultores, valientes pintores, insignes poetas, y todos los varones doctos pueden honrarse con Pablo de Céspedes, racionero de la Santa Iglesia de Córdoba, patria suya. Pues en todas estas facultades dio raras muestras, como veremos. Fue hijo de nobles padres, criose en casa de su tío Pedro de Céspedes, (de quien heredó después la ración) hasta que tuvo edad de estudiar; y, visto su grande ingenio, lo envió a Alcalá de Henares, a casa de otro dotor Pedro de Céspedes, deudo suyo, del hábito de Santiago, prior de la casa de Vélez y capellán de la Capilla Real, con cuyo favor estudió algunos años, con grande aprovechamiento. Prosiguió después con Ambrosio de Morales, el cual lo estimó tanto, que en su ausencia le encomendaba las lecciones. Desde niño fue inclinado a la pintura, de suerte que no había pared segura que no debujase, sin perdonar las planas donde escrebía. Como crecía en la edad y letras crecía en el deseo de perfecionarse en la pintura (de que nunca tuvo maestro); esta afición lo llevó a Roma la primera vez. Hospedolo en su casa, pasando por allí, el obispo de Zamora, que era natural de Córdoba y conocía a sus deudos. Llegó a aquella famosa Atenas, donde estuvo siete años, en compañía de César Arbasia (como se ha dicho): estudiaban los dos con tan grande ahínco, que les amanecía todos los días en este ejercicio. Hízose eccelente debujador y pintor, imitando con ardor increíble las cosas de Micael Ángel y de Rafael de Urbino. Estudió mucho en la historia del Juicio, mas en el colorido siguió la hermosa manera de Antonio Corregio. Pintó algunas cosas en Roma, en el Palacio Sacro, en tiempo de Gregorio decimotercio. Ejercitaba juntamente la escultura, haciendo famosos retratos de cera de colores y otros valientes modelos. Y, hallando en aquella sazón una estatua de Séneca sin cabeza, hizo en su posada una redonda de mármol, que amaneció puesta en la figura; llevole la afición de este gran filósofo por ser de su patria, y saber las señas de su fisonomía, por los libros. Fue esta obra admirada y aclamada de los artífices, y ocasionó el retularle por las plazas de Roma Víctor el Español. Vaciola y trájola a España, donde la gozamos. Tuvo tanto crédito en aquella ciudad por las demostraciones que hizo, que, solicitando el rey Felipo segundo (por medio de su embajador don Enrique de Guzmán, conde de Olivares) la venida de Federico Zúcaro para que pintase en el Escorial, que entonces había visto una sala de un cardenal que el racionero había acabado de pintar, dijo Federico que no había en Roma quien pudiese venir ni sujeto más capaz que Céspedes. En efecto, él dio la vuelta a España trayendo consigo a su grande amigo César, el año que se perdió don Sebastián, que fue el de 1575. Pintó muchas cosas en Córdoba, que están en la Iglesia Mayor, y en particular un valiente cuadro de la Cena del Señor, que fue de lo último. Pero la más insigne obra que hizo fue el retablo del Colegio de Santa Catalina, de la Compañía de Jesús, con muchas y muy eccelentes historias de la vida y martirio de esta santa virgen. De allí venía a Sevilla muchas veces, y algunas se detenía mucho tiempo; hizo en ella algunos famosos cuadros; y entre ellos uno aventajado, para el refetorio de la Casa Profesa, del convite que hicieron los ángeles a Cristo nuestro señor, después de haber ayunado y vencido al demonio en el desierto. Para el cual trajo un Salvador de medio cuerpo que había estudiado en Italia, la mejor y más bella cabeza que yo he visto pintada de este Señor. En una de estas venidas (siendo mi güésped) lo retraté y le hice un soneto que pongo al fin de este elogio. Hay de pintura de su mano en el cabildo de la Santa Iglesia unos medios santos dignos de estimación. Túvole en sus casas arzobispales el cardenal don Rodrigo de Castro, con los demás ilustres ingenios, donde le pintó muchas cosas e hizo de él una famosa cabeza de escultura de barro, para que se vaciase de bronce en Florencia, por mano de Juan Bolonia, y se pusiese en su sepulcro; la cual yo tengo de cera. Resta decir algo de la arquitectura y poesía, y de su mucha erudición; en la primera, fue aventajadísimo, y por tal le reconocía Antonio Mohedano; por su traza se hicieron muchas obras y el retablo de la Compañía de Córdoba; yo vi el año 1614 (pasando por allí a Madrid) la traza de lápiz negro que dejó hecho para el de la Iglesia Mayor, una de las más valientes cosas que he visto. En la segunda, hizo eccelentes sonetos, y en otavas los dos libros de pintura, de que yo logro muchas en mi tratado de esta arte; comenzó un poema heroico del cerco de Zamora y hizo de él más de cien otavas. Todo lo cual está lleno de luces maravillosas, de ilustres afectos y de insignes imitaciones de Virgilio y Homero Mostró en varias ocasiones, escritos y cartas, de muy linda letra, mucha erudición; porque supo las lenguas vulgares muy bien, la latina con extremo y mucha parte de la griega. Tuvo por amigos los más lucidos ingenios de su tiempo; en Córdoba al doctor Alderete, al canónigo Pizaño, al maestro Salucio. En Sevilla a Fernando de Herrera, al maestro Medina, al licenciado Pacheco, al padre Luis del Alcázar, a don Juan de Arguijo, a Juan Antonio del Alcázar y a don Fernando de Guzmán (que le dedicó la famosa canción al retrato, que comienza “Céspedes peregrino”); tuvo estrecha amistad con don Alonso de Córdoba y Aguilar, marqués de Priego, a quien celebra en el libro de la pintura. Pasó segunda vez a Roma, donde su tío le envió poderes, y regresó a su ración en la Iglesia de Córdoba, vuelto para poderse ordenar de todas órdenes, como lo hizo, aunque no dijo misa en su vida. Fue muy filósofo en sus costumbres, no estimando las honras vanas; tuvo mucha gracia en oponerse paradójicamente a las opiniones recibidas, de donde se ocasionaron algunos cuentos de donaire. Hacía tan poco caso de la hacienda, que perdía mucho entre año de su renta por entretenerse en pintar, y apenas sabia contar un real. Ni supo jugar, ni jurar, ni tuvo otros vicios; y, lo que es más, nunca se le conoció flaqueza contra la honestidad, ni en las palabras, siendo mui sobrio y templado en la comida y bebida. Murió en su patria a 22 de julio el año 1608, siendo de 60 años. Está enterrado en la Iglesia Mayor, y sobre su losa estas letras latinas que pongo aquí:


PAULUS DE CESPEDES HUIUS ALMAE ECLESIAE PORTIONAR1US, PICTURAE ARCHITECTURAE OMIUMQUE BONARUM ARTIUM,AC VARIARUM LINGUARUM PERITISSIMUS, H1C SITUS EST.OBIIT SEPTIMO KL, SEXTILIS ANNO DOM1NI M DC IIX.




Y a su retrato hizo Juan Antonio del Alcázar los ingeniosos versos que se siguen:


Céspedes es; yo digo el nombre solo,
el resto diga Apolo;
Apolo, que podrá con voz sonora
en heroica armonía
celebrar la virtud merecedora [5]
de néctar y ambrosía,

Diga Apolo cuán fácil y graciosa
la bella sabia diosa
a este amador se muestra con favores
cuales a nadie hoy muestra. [10]
Trasnocha mientras él, en sus amores
sin temor de su dïestra.

Diga el canto español de blanda lira
y el heroico que admira
no menos que el del griego y el latino, [15]
que el incendio engañoso
suenan en que pagó su desatino
Paris, joven furioso.

Diga la docta mano en los pinceles,
igual a la de Apeles; [20]
diga que a dalle eterno igual renombre
se dispone y se obliga
Pacheco, de quien digo solo el nombre,
¡Apolo el resto diga!




El soneto que yo hice a su retrato es este:


Céspedes peregrino, mi atrevida
mano intentó imitar vuestra figura:
justa empresa, gran bien, alta ventura,
si alcanzara la gloria pretendida,

al que os iguale sólo concedida, [5]
si puede haberlo, en verso o en pintura
o en raras partes, que en la edad futura
darán a vuestro nombre eterna vida.

Vos ilustráis del Betis la, corriente
y a mí dejáis en mi ardimiento ufano, [10]
manifestando lo que el mundo admira,

mientras la Fama va de gente en gente
con vuestra imagen de mi ruda mano
por cuanto el claro eterno Olimpo mira».




Hasta aquí Francisco Pacheco, que da sucinta, aunque muy curiosa noticia de la vida y escritos del artista cordobés.

Algunas anécdotas se refieren que probarían que su carácter estaba muy en consonancia con cierta rigidez que deja verse a través de la hermosa fisonomía que Pacheco nos ha trasmitido. Cuéntase que, retratando al lápiz a un amigo suyo, hubo este de hacerle observar que el retrato no tenía parecido; a lo que Céspedes repuso: «¿Ahora sabe vuestra merced que los retratos no se han de parecer? Basta, señor mío, que se haga una cabeza valiente».

Pintado el cuadro de la Cena, que fue de lo último que trabajó, según dice Pacheco, entraron a verle varios aficionados, y todos se fijaban en los vasos, tazas, jamones y legumbres que había en la mesa, celebrando a porfía estos accesorios, sin hacer el debido aprecio de lo principal, por lo que, exasperado Céspedes y llamando a su aprendiz, le dijo: «Andrés, bórralo, bórralo luego; quítalo de ahí, pues no se repara en tantas cabezas, figuras, movimientos y manos que con tanto cuidado y estudio he hecho, y reparan en esas impertinencias». Y añade Palomino que fue menester darle mucha satisfacción para que desistiera de borrarlo.

Varias obras suyas corren publicadas.

Don Juan Agustín Ceán-Bermúdez insertó por apéndice al tomo 5º de su Diccionario cuatro de sus opúsculos, y entre ellos los dos libros del poema de la pintura.

Nosotros hubiéramos querido concluir este artículo con algunas poesías de muchas que deben existir desconocidas de este pintor poeta, pero, habiéndonos faltado el tiempo para la investigación, nos contentaremos con dar un soneto que hasta hoy es muy poco conocido, poniendo a continuación la silva de don Fernando de Guzmán citada por Pacheco y que hemos copiado cuidadosamente del códice A. A. -141- 5 de la Biblioteca Colombina.


Soneto de Pablo de Céspedes d don Juan de Austria, entreteniéndose en una vacante en hacer versos y pintar



Muda poesía, delineada historia,
en el pincel equivocada muestra,
que con numen prorrumpe en mano diestra,
cuando explica conceptos la memoria.

de una y otra porción hace notoria [5]
en la de acentos métrica palestra
la que tu lira, en el pincel maestra,
en toda imitación consigue gloria.

Cuando el ocio entretienes con tal arte,
de las que haces hoy duras campañas [10]
aprovechad, señor, tales destrezas.

Mientras descansas del arnés de Marte,
Apeles, César, canta tus hazañas,
Apolo, Apeles, pinta tus proezas.



De don Fernando de Guzmán al célebre pintor y poeta Pablo de Céspedes



Céspedes peregrino,
¡oh único en tu arte!,
píntame cual diré a mi Elisa bella,
si en seso humano hay tino
para imitar la parte [5]
menor de las que el cielo puso en ella;
si acaso una centella
de su sacro trasunto
no te abrasa en un punto
por el atrevimiento peligroso, [10]
que podrá su figura, aunque sin habla,
tornar ceniza tu pincel y tabla.

El cabello primero,
medio entre ébano y oro,
me pinta dulcemente ensortijado, [15]
parte al viento ligero
por la frente que adoro
vagando suelto, y parte con cuidado;
y al Amor enredado
en aquel caro bello [20]
que en ondas deleitosas,
entre las frescas rosas,
le da prisión en el suave cuello;
y entre sus hebras hace allí escondido
al arco, cuerda y flechas al sentido. [25]

Fino marfil la frente,
en perfecta medida
sea por ti imitada,
y, si el cielo consiente
que de mano atrevida [30]
alguna de sus luces sea borrada,
de la esfera estrellada
las dos más altas quita,
no de mayor grandeza,
mas de mayor belleza, [35]
y al retrato les da que a Elisa imita;
porque del cielo sólo los despojos
pueden ser comparados a sus ojos

Mas algo al fin se vea
en ellos no encendido, [40]
de aspereza mezclado con dulzura,
que espanta y que recrea,
que enfrena al atrevido
y al cobarde lo anima y asegura,
de cuya fuerza pura [45]
ninguno se defiende:
pinta junto al asiento
de las gracias sin cuento
la nariz que bellísima desciende
entre dos vegas de contino llenas [50]
de rosas encarnadas y azucenas.

Mas tu arte no puede
de la boca divina
fiel traslado sacar, que no es bastante,
que al ser humano excede, [55]
a quien no es cosa dina
que a tan alto misterio se levante.
Pinta rubí, diamante,
y en proporción hermosa
las perlas y corales. [60]
¿Pero las celestiales
palabras cómo? ¿Y la magia preciosa
del aliento divino que da aviso
de las flores que cría el paraíso?

De cristal que atesora [65]
azules vetas sea
el cuello altivo; hermoso y bien dispuesto
mire el pecho, do more
llama que nadie vea,
sino yo, para quien amor la ha puesto; [70]
pero no pintes esto,
pinta sólo la nieve
en dos tiernos collados
pequeños y apartados,
y más abajo, aunque en distancia breve, [75]
la cintura sutil medida al justo
del cinto que obró Venus por su gusto.

Los brazos y las manos,
donde naturaleza
mostró de su poder todo el efeto, [80]
los miembros soberanos,
de altura y gentileza
a los de Palas finge en tu conceto;
Y oculta con un velo,
que al encuentro resista [85]
de la profana vista
la grande gloria de mi breve cielo,
que, aunque pintada, no ha de ser sentida
la gloria que a mi fe sólo es debida.

Del retrato más cierto [90]
que Dios dio de sí al mundo,
Si no te falta el ánimo y te ciega
la luz que a mí me ha muerto,
podrás sacar segundo;
osa y muestra tu arte dónde llega, [95]
que, si el cielo te niega
el suceso dichoso,
el temerario hecho
fue intentarlo de pecho
que aspira a un caso grande y temeroso; [100]
y podrán decir de tu ardimiento,
si no alcanza, que hubo grande intento.




Sevilla, octubre 2, 1867


José María Asensio

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