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Prensa y canon · Biografías

“ESTUDIOS HISTÓRICO-LITERARIOS. Don Francisco de Quevedo. Artículo II”

Autor del texto editado
Guillén Buzarán, Juan (1819-1892)
Título de la obra
Revista de ciencias, literatura y artes, tomo I, 01/01/1855
Autor de la obra
Cañete, Manuel (dir.); Fernández-Espino, José (dir.)
Edición
Sevilla: Imprenta Librería Española y Extranjera, 1855
Paginación
pp. 253-268
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Books. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 21 octubre 2024

ESTUDIOS HISTÓRICO-LITERARIOS

Don Francisco de Quevedo Villegas

Artículo II


Tal era como escritor y como político la situación de don Francisco de Quevedo en los reinados de Felipe III y Felipe IV. Acostumbrado a vivir cerca de la corte, habíase establecido lucidamente en Madrid después de su regreso de Italia y de su última estancia en la torre de Juan Abad; tenía su habitación en la calle del Niño, donde recibía francamente a los muchos amigos que frecuentaban su trato, siendo uno de ellos don Pedro Girón, duque de Osuna, con quien los extremos de su distinción y aprecio eran mayores, por lo mismo que se hallaba a la sazón tan desairada su fortuna. No estuvo siempre nuestro escritor divorciado del gobierno ni de los magnates, según lo acreditan muchos pasajes de sus obras, y principalmente los versos encomiásticos que dirigió a Felipe III, al duque de Lerma y al mismo don Rodrigo Calderón con motivo de su trágica muerte; pero, al propio tiempo, su habitual mordacidad y su conciencia holgada en materia de sátiras le conducían diariamente a hacer de las personas y de las cosas todas de la sociedad materia gustosa y objeto risible de su libertad y de sus burlas; y he aquí el origen racional de las frecuentes persecuciones y de las desgracias de Quevedo, que tan al cabo le llevaron en la época de que trato. Mientras vivió Felipe III estimose más su probidad caballerosa y su talento que los motivos irrisorios de sus invectivas y de su descaro, cuya costumbre se arraigaba y crecía a proporción que el aplauso la celebraba, pero, desamparado, digámoslo así, de esta protección benévola con la despótica dominación del Conde-Duque, la ruina del escritor ilustre se hizo inevitable. Antes de este funesto y aborrecido valimiento aún quedaban en la monarquía benéficos residuos de aquella sana tolerancia a que tan visiblemente se inclinaba el respetable duque de Lerma, ministro de Felipe III, de quien Quevedo decía:

Tú, en cuyas venas caben cinco grandes;


de aquella generosidad decorosa, tan propia de una cuna elevada; de aquella justa consideración que nunca niegan a sus administrados los hombres nobles y verdaderamente dignos; de aquellas prendas, en fin, que huyen y desaparecen cuando las combinaciones del mundo o la providencia del cielo colocan los destinos de sus estados en manos de un déspota soberbio, cuya efímera elevación no es otra cosa que el precursor anuncio de un lamentable y ejemplar hundimiento; y así es, que Quevedo, ora en el retraimiento de su vida privada o en el ejercicio de los cargos públicos, a pesar de las inclinaciones y confidencias que podían hacerle aparecer sospechoso, encontrose por lo común considerado y tranquilo en la corte de Felipe III, con muy distinta seguridad de la que había de ofrecerle, por desgracia, el venidero reinado. No eran las costumbres de don Francisco las más edificantes y severas, principalmente en punto a su comercio con las mujeres, ni era este un misterio que procurase encubrir el maleante caballero con otras demostraciones que con las de sus naturales hábitos y celebradas genialidades. Pero en medio de aquel torbellino de extravíos y de aventuras a que se abandonaba tan sin escrúpulo el escritor ingenioso, estimábanse sobremanera sus talentos y sus escritos, y, aunque libertino y entregado a tanto género de excesos y empeños lastimosos, veíasele en muchos casos dedicarse a las prácticas religiosas, sin que, al parecer, los apetitos carnales entibiasen sus creencias y piadoso fervor. Escribió Quevedo su célebre Premática de las Cotorreras, en que ponía tasa a toda clase de mujeres, quizá para celebrar con tan atrevida composición alguna bacanal de mozos libres y desocupados; y a renglón seguido se encuentra al escritor mismo calificándose a sí propio de pecador y liviano, inscribirse como esclavo del Santísimo Sacramento en el oratorio de la calle del Olivar, que aún hoy existe.

Fue el amor en Quevedo una violenta necesidad para sus sentidos, que le llevó al extremo de ocasionarle frecuentes pendencias, escándalos y prisiones; pero jamás le supo dictar dulces y amorosos cantos. “Había inficionado el corazón del mancebo (dice el señor de Guerra y Orbe) el trato de corrompidas mujeres, que extinguieron en él al nacer ese instinto misterioso y santo de la castidad, que es la flor del alma y que brota en el hombre con la llama de la vida; conoció el deleite antes que el amor, invirtiendo así el orden de las cosas y aprendiendo a despreciar a las que dan el uno sin sentir el otro. Con esto, andando en poco tiempo mucho mundo, careció, si no de toda sensibilidad, a lo menos de aquella pura y exquisita que solo nace y se desarrolla en la escuela materna o con el comercio honesto de las mujeres que son lustre de la sociedad y honra de su sexo”. Desgracia, y no poca, es para los hombres conocer antes el placer del apetito que las emociones del amor; desventaja y no pequeña es para la felicidad de la vida que se anticipen los goces al sentimiento, y el extravío a la correspondencia, porque naturalmente lo que malgasta el vicio le falta luego la pasión. Quevedo no vio nunca en la mujer sino lo que interesaba a sus carnales deseos o lo que se prestaba al ridículo de sus implacables sátiras, y, no pudiendo hacer propia ni emular la delicada ternura de Garcilaso ni de Lope de Vega, fuerza era que antes de los cinco lustros escribiese burlas, sátiras, apólogos y vejámenes. En el curso de sus galantes empeños viosele siempre agresivo y travieso, con menos razón que voluntad resuelta; y era tal su condición y sus prendas singulares, que muy pocos ignoraban los curiosos accidentes de sus notables aventuras. Joven aún y estudiando en Alcalá supo quitar la dama a un camarada suyo que le decían don Diego Carrillo; y con este motivo riñe y deja herido mortalmente al ofendido compañero, librando felizmente la vida con el favor de doña Catalina de la Cerda, mujer del favorito del monarca. Enamorose después en Nápoles de la mujer de un magnate de la corte llamado Menardi, y, habiéndosela este llevado a Raguza, no fue un misterio para el público las fuertes contestaciones que tuvo con Quevedo, que hubieran parado en desafío a no ser por el duque de Osuna. Difícil fuera enumerar las amorosas aventuras que en Italia ocurrieron a don Francisco. Alguna de las de España sacolo de las cadenas y los calabozos donde le llevaba la persecución y el odio; y otra menos venturosa sirvió de ocasión a los últimos desastres de su fortuna, que le arrastraron al sepulcro. A pesar de sus hostiles invectivas contra el matrimonio, contra ese estado que, siendo de continuo el blanco de la malignidad y de la licencia, es por lo común el dominador severo y providencial de sus mismos enemigos y detractores, rindió Quevedo dócilmente su cuello al temeroso yugo de himeneo: 1 y, menos feliz en gozar de sus delicias que lo fue antes en ridiculizarlas y combatirlas, llevó muy pronto en amargo silencio y en soledad tristísima la prematura pérdida de una compañera amada y virtuosa. ¡Golpe horrendo y desventura incomparable, que solo puede comprender el que le ha llorado! ¡Rastro doloroso que deja en el alma la mano del cielo para avisarnos con su rigor o enseñarnos con su poder! Y, sin embargo, el escritor satírico en sus versos no revela esa amargura intensa del corazón, esa postración funesta del espíritu con que se lamenta naturalmente el mal que se sufre y se llora con tristeza el bien que se pierde. ¡Singular omisión, que muchas veces nace de la imposibilidad misma de poder expresar todo lo que el ánimo dolorido abriga y siente! A la vida retraída y amarga que engendra la desgracia había de seguir para Quevedo la violencia de las persecuciones y de la saña de un ministro feroz y altanero, de un magnate tan odioso y repugnante como era ya, en aquella sazón, el conde-duque de Olivares. Desempeñaba entonces el poeta en el palacio mismo del rey Felipe IV un cargo honroso, sin que la sombra de tanta grandeza le sirviera de otra cosa que de precipitar con mas rapidez la caída de su fortuna, verificándose lo que él propio había dicho en la Política de Dios con estas palabras: “éntrase en palacio con sujeción a la envidia y codicia, y vívese en poder de la persecución y siempre en la vecindad del peligro”. En efecto, a pesar del mérito notorio del autor de los Sueños, de la fe ardiente del escriturario, de la ciencia del varón ilustre, que a vuelta de sus extravíos y desórdenes había prestado tan grandes servicios al Estado y a las letras, la turba de escritores vengativos alzose con furia contra el satírico poeta, y, uniendo sus esfuerzos a los de los émulos cortesanos y palaciegos envidiosos o resentidos, empezó a combatir rabiosamente a Quevedo con todo género de insultantes dicterios y calificaciones depresivas. Animoso y firme, el caballero no perdió por esto la calma que le era característica, y al recibir sereno las terribles embestidas de sus contrarios se contentó con responder a estos con aquellos versos:

Muchos dicen mal de mí,
y yo digo mal de muchos;
mi decir es más valiente,
por ser tantos, y ser uno.


El afán de sus enemigos no era otro que desacreditarlo y envilecerlo a los ojos del público y de la sociedad que le apreciaba y aplaudía, que tal es el empeño bastardo de los émulos de mala ley cuando miran apercibidos y descontentos la dignidad y la gloria del hombre que aborrecen. A pesar de las demasías y del imprudente desenfado con que el mismo Quevedo provocaba o sostenía tan peligrosa y desigual hostilidad, el tribunal de la Inquisición, tan suspicaz y severo en sus censuras, jamás persiguió a don Francisco por la libertad reparable de algunos de sus escritos, ni se entrometió a otra cosa que a dirigirle indirectas y corteses amonestaciones, respetando acaso en la persona del escritor popular los títulos grandes de su importancia y merecimientos; pero lo que respetó el tribunal de la fe en aquellos tiempos había de convertirse en despojo miserable de la saña facinerosa de un ministro, a cuya voluntad omnipotente nada parecía poder resistir.

Hallábase la monarquía a la sazón en esos momentos de crisis amenazadora e impaciente en que los recelos desesperados del poder atropellan por todo lo más venerable y sagrado. El descrédito del valido y sus fatales obras eran ya el repugnante asunto en que diariamente se ocupaba la corte, atónita y entristecida. Significaba el pueblo con pasquines su notorio descontento y su saña mal reprimida; y, como las poesías políticas, según ha dicho un moderno escritor, son las anticipadas censuras y el precursor anuncio de la caída de un gobierno injusto, animáronse los conjurados sabiendo que los versos satíricos de Quevedo solían llegar a manos del monarca, y redoblose a la par la vigilancia del conde-duque de Olivares para cerrar a esta clase de escritos las puertas del real Alcázar. Asegurose entonces que era parto del temido poeta un papel titulado la Isla de los Monopantos, en que se descubrían y revelaban la conducta execrable y los indignos manejos de los que regían el Estado, y suyo también un Pater Noster, censura terrible dirigida a Olivares. Reverdecieron con tal motivo las alusiones de todos los opúsculos satírico-morales que se escribieron contra los validos de Felipe III; atribuyéronse al señor de Juan Abad cuantos libelos circulaban por Madrid; y, a pesar del esquisito esmero con que procuró el privado alejar de palacio las temidas revelaciones de los males públicos, al sentarse Felipe IV a la mesa en uno de los días del mes de diciembre de 1639, halló en la servilleta el memorial en verso que empieza

Católica, sacra y real majestad,
que Dios en la tierra os hizo deidad,
un anciano pobre, sencillo y honrado
humilde os invoca y os habla postrado.
...
En cuanto Dios cría, sin lo que se inventa, [5]
de más que ello vale se paga la renta.
A cien reyes juntos nunca ha tributado
España las sumas que a vuestro reinado.
Ya el pueblo doliente llega a recelar
no le echen gabela sobre el respirar... [10]
Los ricos repiten por mayores modos:
ya todo se acaba, pues hurtemos todos.


Sabedor del hecho el ministro y conociendo la crítica situación en que para con el rey le colocaban papeles y declaraciones de este género, resolvió en su vengativo enojo libertarse a todo trance de tan peligroso enemigo, y, desconfiando, sin duda, de que las promesas y los halagos pudieran ganarlo a su devoción, dispuso su prisión con tanta prontitud como cautela. A pesar de tener casa en Madrid, don Francisco de Quevedo vivía la sazón en la de su excelente amigo el duque de Medinaceli; y, hallándose retirado y tranquilo en su aposento, la noche del 7 de diciembre (víspera de la Concepción de Nuestra Señora) fue sorprendido por los alcaldes de corte don Francisco de Robles y don Enrique de Salinas. Aseguraron estos rigurosamente su persona, y, registrándole sus papeles y hasta sus bolsillos, le sacaron preso en un coche fuera de Madrid, y con gran apresuramiento y desabrigo le colocaron luego en una litera y partieron con él hacia León. No le faltó a don Francisco en la penosa jornada el cortejo de alguaciles y corchetes, ni a su enferma ancianidad los rigores de una estación cruda y espantosa, hasta que, llegando a la dicha ciudad, fue encerrado con tres llaves en el convento real de San Marcos. Súpose en la corte con indignación el suceso, así como el embargo que se hizo de los bienes y papeles de Quevedo por orden del Conde-Duque, pero, animoso el escritor y no imaginando que su prisión pudiera ser larga ni lastimosa, escribió a sus amigos alentado y chistoso, ignorado en verdad las grandes calamidades que estaban reservadas a su desventura: “Llegué y vi las narices del padre prior (decía don Francisco), que pueden servir de paraguas a la comunidad muy reverenda. Venían debajo de ella todos los modregos mirándome al soslayo, temerosos de hallar una alimaña, y recibiéndolos yo con la cortesía del forzado ante la penca. ¡Oh, qué de cosas les dije encaminadas a mi bien! Fue de tal modo, que la caja del guardián se vació de sesos a puro devanarlos; y todos al despedirse me apretaron las manos como en señal de quedar edificados y vencidos. Creo no lo deberé pasar mal el corto plazo que me tengan en penitencia”. Muy grande, por cierto, fue el engaño de Quevedo; después de estos primeros momentos de alegres esperanzas estrecháronse más sus prisiones y agraváronse sus trabajos, hasta un punto tan doloroso como increíble, sin que la edad y los achaques del escritor desgraciado fueran bastantes a contener la saña furibunda del ministro ofendido.

“Aunque al principio (escribía luego Quevedo a su grande amigo Adán de la Parra) tuve mi prisión en una torre de esta santa casa, tan espaciosa como clara y abrigada para la presente estación, a poco tiempo, por orden superior (no diré nunca que por superior desorden), se me condujo a otra muchísimo más desacomodada, que es donde permanezco. Redúcese a una pieza subterránea tan húmeda como un manantial, tan obscura, que en ella es siempre de noche, y tan fría, que nunca deja de parecer enero. Tiene sin ponderación más traza de sepulcro que de cárcel. ¡Ya se ve: los que se complacen con verme padecer no quieren cortar de una vez lo que al fin han de cortar, sino que la frecuencia de los golpes haga más penoso, por más dilatado, el martirio; porque así logran más tiempo sus satisfacciones. Tiene de latitud esta sepultura en que encerrado vivo veinte y cuatro pies escasos, y diez y nueve de ancho. Su techumbre y paredes están por muchas partes desmoronadas a fuerza de la humedad, y todo tan negro, que más parece recogimiento de ladrones fugitivos que prisión de un hombre honrado. Para entrar en ella hay que pasar dos puertas que no se diferencian en lo fuerte: una está al piso del convento, y otra al de mi cárcel, después de veinte y siete escalones que tienen traza de despeñadero. Las dos están siempre cerradas a escepción de los ratos que diré, en que, más por cortesía que por confianza, dejan la una abierta, pero la otra asegurada con doble cuidado. En medio de la pieza está colocada una mesa donde escribo, que es tan grande, que admite sobre sí treinta o más libros, de que me proveen estos mis benditos hermanos. A la derecha que mira al mediodía tengo mi lecho, ni bien muy acomodado, ni bien sumamente indecente. Los aparatos de esta triste habitación se componen de cuatro sillas, un brasero y un velón; no falta bastante ruido, pues el que mis grillos causan excede a otros mayores, si no en el estruendo, en lo lastimoso. No hace muchos días que tenía dos pares, pero logró orden para dejarme solo uno un gran religioso de esta casa. Pesarán los que hoy tengo de ocho a nueve libras, advirtiendo que eran mucho mayores los que me quitaron; y, con ser tan grande el defecto de mi pierna, y mayor con el peso y sujeción de los grillos, ando con ellos como si no estuviera cojo. Dios ayuda al hombre perseguido como con superior atención. Si da nieve, también da lana, para que lo que la una hiele la otra abrigue. Para resistir mis trabajos me da su Divina Majestad suficiente fuerza … El hombre solo con su dolor es menos que su dolor; pero con Dios es superior al dolor de que es capaz. Y, en efecto, para no errar en el sufrimiento no hay más que seguir a Séneca, pues dice que ninguno discurre mejor que el que piensa peor de sí, porque contemplando que merece mucho más de lo que le castigan lo tolera con prudencia y aun reputa por gran beneficio que no le den mayor pena”.

Los sufrimientos crueles de Quevedo le habían dado, en efecto, esa religiosa resignación que es el bálsamo consolador del hombre atribulado y afligido. El filósofo ilustrado y el escritor malicioso habíanse convertido en su infortunio en el cristiano humilde y fervoroso que solo de Dios y de su arrepentimiento espera el socorro de sus miserias; y así es que su corazón firme y su varonil entereza sostenían una lucha terrible con aquella situación calamitosa y deplorable. “Cuando mis enemigos tienen ordenado apretar más la cuerda (añadía Quevedo en sus cartas) más tengo yo dispuesto el cuello para recibirla. Lidien enhorabuena mi sufrimiento y su porfía, mi tolerancia y su tesón, que yo vendré a quedar sin alientos, pero ellos quedarán vencidos. Aunque se acabe mi vida, no morirá mi razón; y a ellos, vivan o mueran, siempre les ha de atormentar aquello que hicieron contra el prójimo. Con su poder y con su influjo pueden hacer permanezca mi tormento ¿pero podrán acaso quitarme el mérito de mi inocencia ni lo que produce mi constancia?”.

La crueldad implacable del odioso ministro contra el celebrado escritor producía tanto dolor como asombro en la corte del mal aconsejado Felipe; aquella tenacidad del valido contrastaba grandemente con la resignación ejemplar de un hombre que, extraviado en un tiempo por su carácter y sus hábitos, resistió siempre el doblegarse a la baja lisonja de un poder tan aborrecido. El infortunio es, sin duda, el crisol donde se purifican los espíritus más extraviados. La esperanza en Dios, como padre clemente, y la seguridad con que se imploran sus auxilios es el único asidero de las tribulaciones y desdichas del mundo. ¿Qué desgraciado hay que no levante los ojos al cielo y deje de buscar en aquella protección santa lo que la justicia de los hombres le niega? ¿Qué corazón lacerado por grandes penas no depone su endurecimiento y sus errores lavando con el llanto de la gracia sus frágiles extravíos? ¿Quién no halla por este medio el valor que las adversidades necesitan? “Dios es grande, consolador del triste que le busca (decía Quevedo en medio de los rigores de su prisión), y, así como el jardinero que quiere más fragante el rosal suele cercarle de la basura de más desapacible olor, así también aquel Señor entonces quiere más al hombre cuando le ve en mayores persecuciones, manifestando su humildad en tolerarlas. Lo que hoy sufre el perseguido premia Dios mañana, disponiendo se descubra su inocencia y la maldad de sus enemigos”.

Así se esplicaba el filósofo cristiano, el ameno poeta convertido en despojo miserable del magnate poderoso. Comunicábase con su amigo Adán de la Parra, varón ilustrado y también de trágica fortuna; y sus graves cartas y los oficios de su amistad cerca de los cortesanos solían dar al preso alguna esperanza de libertad. Pasaron, sin embargo, los años, y agraváronse con el tiempo y la prisión las dolencias de Quevedo, y, a pesar de tan gratos anuncios, no llegaba nunca para el mísero anciano el término de tantos sufrimientos. En tal estado, y estrechado más por sus crueles dolores, redújose Quevedo a solicitar dignamente del rencoroso ministro algún alivio para su cruenta desgracia, demandándole remedio y justicia una y cien veces. “Si no es la esperanza en vuestra excelencia (le dice), todo me falta: la salud, el sustento, la reputación; ciego del ojo izquierdo, tullido y cancerado, ya no es vida la mía, sino prolijidad de la muerte. No es del tiempo de vuestra excelencia que la hambre y desnudez justicien. No pido libertad, sino mudanza de tierra y prisión; y esta mudanza, dice el Evangelio, que Cristo se la concedió a un gran número de demonios que se la pidieron”. Vanas fueron estas tristes y lastimeras súplicas de nuestro poeta: ni los ecos amargos de tanta desventura, ni los ruegos de su virtuosa hermana Felipa de Jesús, carmelita descalza en Santa Ana de Madrid, ni los de su cuñado el arzobispo de Granada, don Martin Carrillo Aldrete, que con los de otros próceres y personajes ilustres se dirigieron al Conde-Duque pudieron conmover aquel mezquino y duro corazón, donde solo se abrigaba la codicia y el orgullo. El funesto ministro que contemplaba con serenidad estólida la ruinosa decadencia de esta monarquía miró también indiferente y desapiadado los trabajos de Quevedo. Cerca de cuatro años estuvo este preso, más como fiera que como persona racional; y, a dilatarse por más tiempo la caída del aborrecido privado, más se hubiera prolongado sin duda la angustiosa situación de don Francisco de Quevedo. Cayó por último el Conde-Duque, precipitado por sus propios errores, y este suceso tan celebrado en España, y de que después hablaré, puso al fin término a la prisión de nuestro escritor y concediole restituirse a Madrid y a sus estados, cuando ya las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu estaban débiles y agotadas al impulso de tan dolorosos padecimientos. Encerrado por largos días en un estrecho aposento, abatido naturalmente con el rigor de tales persecuciones, cargado de grillos, sin comercio humano, pobre, desvalido y enfermo, ¡ay!, aquella vida miserable de Quevedo no fue otra cosa que la agonía precursora de su muerte. Restituido a la libertad, buscó en la corte y en la apacible tranquilidad del campo la felicidad y la salud que tan desgraciadamente había perdido, pero en vano se esforzó su deseo para conseguirlas. Ya los tiempos eran muy otros de los que él había dejado: ausentes o muertos sus contemporáneos y amigos, quebrantadas sus fuerzas, entristecido su espíritu, abatida su inspiración y su pluma, retraído el gobierno de proteger al famoso político y al celebrado escritor, no halló Quevedo en la sociedad y en la existencia sino ese amargo desengaño y ese aislamiento sombrío que son por lo común el patrimonio del mundo. Entonces fue cuando, retirado nuestro escritor en Villanueva de los Infantes, libre de enemigos y de ambición impaciente, pero sujeto a las dolencias del cuerpo y a la amargura de sus recuerdos, cantó por vez postrera con llanto sus desengaños, su dolor y su arrepentimiento:

En esta cueva humilde y tenebrosa,
sepulcro de los tiempos que han pasado,
mi espíritu reposa
dentro en su mismo cuerpo sepultado;
y todos mis sentidos, [5]
con beleño mortal adormecidos,
libres de ingrato dueño
duermen, despiertos ya de largo sueño
de bienes de la tierra,
gozando blanda paz tras dura guerra. [10]


Y, como si comprendiera que se le avecinaba la muerte y que estaba ya cercano el término de su trabajosa vida, fija la vista en las ilusiones falaces de la tierra, y puesta su religiosa esperanza en el porvenir del cielo, Quevedo añadía estos versos a su triste canción;

Llenos de paz mis gustos y sentidos,
y la corte del alma sosegada;
sujetos y vencidos
los gustos de la carne amotinada...
entre casos acerbos [5]
aguardo a que desate de estos niervos
la muerte prevenida
el alma, que añudada está en la vida,
para que en presto vuelo,
horra del cautiverio de este suelo, [10]
coronando de lauro entrambas sienes,
suba al supremo alcázar estrellado
a recibir alegres parabienes
de nueva libertad, de nuevo estado.


No tardó, en efecto, para nuestro escritor la llegada de su postrer instante; pero, apercibido y preparado con la cristiana piedad que le animaba, si no fue ejemplar en su vida, fuelo en su muerte, de la manera más edificante y sincera. El decaimiento penoso de sus fuerzas habíale ya anunciado su cercano fin; y en medio de sus desengaños y memorias, de sus dolores y arrepentimiento, estrechado por la enfermedad y la tristeza, en esa postración melancólica del que agoniza, y revolviendo en su mente los engañosos bienes que había perdido y la felicidad imperecedera a que nace el justo cuando muere, escuchó consolado las palabras del padre Diego Jacinto de Tébar, de la Compañía de Jesús, y, después de recibir los santos auxilios de la iglesia con una devoción y una ternura tan singulares como su talento, entregó su alma al Señor en el mismo Villanueva de los Infantes el día 8 de Setiembre de 1645, a los 65 años de edad. “Compuesto el cuerpo con la diligencia acostumbrada (dice el biógrafo Tarsia), y vestido con el manto de caballero y botas y espuelas doradas, tratose de sus exequias y entierro, y, porque en su testamento había ordenado que le enterrasen por vía de depósito en la capilla mayor de la iglesia y convento de Santo Domingo de Villanueva, en la bóveda en que estaba enterrada doña Petronila de Velasco, viuda de don Gerónimo de Medinilla, y que de allí le transfiriesen a la iglesia y convento real de Santo Domingo de Madrid, en la sepultura de su hermana doña Margarita de Quevedo, al prevenirse los frailes para el depósito no quisieron venir en ello el vicario y clérigos de la parroquia, deseando tener esta prenda en su iglesia. A la cual finalmente le llevaron con grande lucimiento y concurso, y le hicieron suntuosas exequias, depositándole en la bóveda de la capilla de los Bustos, caballeros muy antiguos de aquella tierra”.

Tal vino a ser el término de los goces, aventuras y profanos devaneos del escritor celebrado y festivo, cuya piedad religiosa se apresuró tan ejemplarmente a ofrecer al padre común y al Redentor Santo el tributo de dolor y respeto que los pecadores le deben. La persecución encarnizada del ministro de Felipe IV y la cruel tenacidad con que le hizo padecer en la cárcel de San Marcos de León anticiparon, sin duda, al desgraciado Quevedo la terminación de sus días. No fue la corte de Felipe, aunque renovada ya por otro gobierno, indiferente ni omisa en deplorar la pérdida de varón tan ilustre y famoso. Sus lastimosos extravíos y libertad peligrosa vinieron a servir de pretesto, más que de causa verdadera, para que un poder injusto y bárbaro le hundiese tan desapiadadamente en el infortunio y la desventura.

No es mi opinión, sin embargo, que se pueda atribuir con propiedad ni justicia a Quevedo el carácter de apóstol moralista y que fue la protesta viva de los excesos y miserias de aquel tiempo. A su sabiduría, a su gloria y a su fama no creo que les haga falta esa atrevida, si bien laudable calificación, que nunca puede cuadrar al hombre que tan notoriamente dedicó su actividad, su valor y su talento a intervenir en las intrigas palaciegas, a prestar su apoyo a los deplorables excesos del duque de Osuna en Nápoles y a cantar con inspirado estro la grandeza del duque de Lerma, la energía de don Rodrigo Calderón, los ricos festejos de la corte y la honrosa inmortalidad de los Felipes. Si su pluma satírica se dirigió después a estos mismos objetos para desvirtuarlos y deslucirlos, más que por arrepentimiento fue por costumbre: hízolo en el momento de ceder a su irresistible propensión de lanzar burlas y dicterios a la sociedad toda, sin distinción de clases y personas; y en semejante tarea no era hombre Quevedo que guardase respetos a nadie en menoscabo de su celebridad y de su aplauso. Lo que natural y lógicamente se deduce de las obras y de los datos biográficos del señor de la Torre de Juan Abad, y de la historia misma de aquellos reinados, es que este ilustre y aventajadísimo escritor, admirable como genio y achacoso como hombre, provocó en varias ocasiones, con su atrevimiento injurioso y su conciencia poco timorata, muchas de las desgracias y persecuciones que le acontecieron, y que en este camino, criticando lo bueno o lo malo según le placía, y sin omitir alabanzas y encomios a los mismos opresores del pueblo español, cuando eran sus amigos, blasonaba con audaz desenfado y versos harto conocidos de una intolerancia caprichosa tan lamentable como inconveniente. Su genio burlador y maleante, su libertad agresiva y la desnudez insólita con que presentaba en sus escritos las ideas más arriesgadas así batallaba contra los excesos y desórdenes del poder como acometía sin caridad las personas y las cosas más dignas; y su robusta inspiración así cantaba las glorias justas de la monarquía como entonaba himnos de aplauso en favor del rey y de los magnates, origen de tantos males y desventuras. De suerte que en esta varia alternativa de nuestro escritor ni el matrimonio, la ancianidad y la aplicación literaria se libraban por santas, ni la debilidad de Felipe III y la codicia insaciable de sus ministros se condenaban en muchos casos por vituperables. Cierto es que la condición naturalmente desapacible y arisca de Quevedo nunca tuvo, aun en los intervalos halagüeños, esa propensión humillante a la lisonja con que se compra en las cortes las ventajas de mala ley; y así es que no siempre pudo contar con la protección del poderoso para neutralizar el mal efecto de sus interminables contiendas y escaramuzas; pero, de todas maneras, un hombre de semejante vida, un escritor de tales prendas, aunque sea un sabio ilustre merecedor de eterna fama, no por eso se le puede, a mi juicio, considerar fundadamente como el defensor de la humanidad y el azote del vicio, porque para uno y otro le falta autoridad en sus propias obras , y ni aun él mismo pudo abrigar presunción tan extraña. Para ser apóstol de la moralidad nacional, apologista de la virtud y enemigo de los malvados preciso es predicar con el personal ejemplo; y para probar que una cosa es mala no hay medio mejor que no transigir con ella y huirla. Quien no haga esto no creo que pueda merecer con justicia tales títulos ni blasonar de tal misión, por más que sus escritos se inmortalicen y que su nombre pase con merecido aplauso a la posteridad más remota.

No tienen estas pasajeras observaciones el objeto de menoscabar en lo más mínimo el notorio mérito y la grande importancia literaria de nuestro escritor ilustre, sino el de consignar una opinión que, a fuer de sincera, no se conforma con las encomiásticas y latas calificaciones que se han hecho a este mismo propósito por algún escritor respetable, cuya autoridad, que yo reconozco y acato, no ha sido bastante a variar en este punto mi juicio. Los desórdenes y la repugnante tiranía de la época en que vivió Quevedo le estimularon, sin duda, a que fuese cada vez más punzador y severo; pero él obró siempre impulsado por la irresistible tendencia de su genio satírico, que no fue producto de la época, sino de si propio. Así es que al comparar a Cervantes y a Quevedo, que vivieron en igual tiempo y entre iguales excesos, yo no puedo atribuir la diferencia notabilísima de sus escritos a que el uno respiraba aún el aire de Lepanto, y el otro veía sepultado en Portugal el cetro de Castilla 2 , sino a la influencia de sus distintos genios y al diverso camino que la índole de estos les hizo seguir, aun cuando presenciaban los mismos lastimosos extravíos de la corte de Felipe III, más escandalosos, si cabe, que los de la de Felipe IV. No empezaron en esta ni se excusaron en aquella, por cierto, los denigrantes amaños de la ambición y de la intriga que habían de preparar el desgobierno y la ruina de la monarquía, y que tan justamente inspiraron a los escritores Villamediana, Góngora, Mesa, Gracián y otros ingenios versos rebosando sátira y hostilidad.

El soldado de Lepanto, al escribir bajo la influencia de su carácter apacible y respetuoso, decía en su Viaje al [del] Parnaso:

Nunca voló la humilde pluma mía
por la región satírica, bajeza
que a infames premios y desgracias guía;


y el esforzado y altivo montañés, el escritor satírico y temido, al calificar su manejo y referirse a la conducta que seguía, no escusaba el repetir:

si a decir voy la verdad,
de nada se me da nada,
que el ánima apicarada
me ha dado esta libertad.


De suerte que por las mismas palabras de los dos escritores se puede fácilmente deducir que la diferencia de sus obras no nació de la diferencia de las épocas, sino de la diversidad de sus genios: que Cervantes siempre hubiera sido tolerante y moderado en la corte mas provocadora y corrompida, y que al satírico y audaz Quevedo no le habría faltado nunca asunto para sus chistes y temerarias burlas, aun en la corte de los mismos bienaventurados.

La cualidad grande, eminente, admirable y que sobre todas otras tuvo indudablemente don Francisco de Quevedo, como prenda honrosa de su valor y de su nobleza, fue la resignación y la serenidad generosa que desplegó en los momentos críticos de la desgracia. Esta es, en verdad, la condición que a mis ojos más le enaltece y abona, porque creo que es la que realmente constituye la fortaleza de un pecho hidalgo. El hombre que tiene fe en su capacidad, en su corazón y en su mérito no debe prostituirse bajamente a prestar adoración a ídolos de cieno: y yo tengo para mí (sin que jamás en mi conducta lo haya desmentido) que el verdadero valor consiste en dominar con resolución la desgracia y en no dejarse desvanecer con los pasajeros halagos de la fortuna. Quevedo, no solo se rebeló con energía inimitable contra los abusos de la sociedad de su tiempo, sino que con la persecución y resistencia de sus contrarios multiplicó su aliento y se fortaleció de manera que la reacción que sintió en la lucha fue muy superior al impulso de las propias agresiones. Si mucha fue la saña del Conde-Duque contra nuestro escritor, mayor fue la firmeza que este desplegó en su infortunio; y, si alguna vez en los tiempos de su fortuna quemó don Francisco incienso en las aras del poder, engrandecido después en la adversidad, solo tuvo voz y corazón para desafiar la bastarda hostilidad de sus émulos. Persiguiole el Conde-Duque con la esperanza quizá de verlo postrado y rendido a los primeros golpes de su crueldad; pero su aliento privilegiado y su filosofía cristiana, muy superiores a tan indigno plan de venganza, supieron levantarse a tal altura, que desacreditaron y confundieron al mismo verdugo en el terreno de la racionalidad y de la justicia. “El valor que nos lleva a la muerte (dice Jacobo Saint-Pierre) no es más que el esfuerzo de un instante, excitado comúnmente por los vanos aplausos de los hombres. Otro valor hay más especial y necesario, que nos hace sobrellevar sin testigos y aplausos las grandes adversidades de la vida; y este es la resignación. Tan extraña cualidad no se funda en la opinión de otros ni en el frenético furor de nuestras pasiones, sino en la conformidad con la voluntad de Dios. La paciencia es el valor de la virtud”. Tal fue la que más resplandeció en Quevedo.



Juan Guillén Buzarán

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