“ESTUDIOS HISTÓRICO-LITERARIOS. Don Francisco de Quevedo. Artículo I”
- Autor del texto editado
- Guillén Buzarán, Juan (1819-1892)
- Título de la obra
- Revista de ciencias, literatura y artes, tomo I, 01/01/1855
- Autor de la obra
- Cañete, Manuel (dir.); Fernández-Espino, José (dir.)
- Edición
- Sevilla:
Imprenta Librería Española y Extranjera,
1855
- Paginación
- pp. 204-215
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
ESTUDIOS HISTÓRICO-LITERARIOS
Don Francisco de Quevedo Villegas
1
Artículo I
La interesada y ciega parcialidad del ministro de Felipe IV, en punto a su comunicación con los literatos; la pretensión desembozada con que aspiraba a encadenar la razón y las plumas de estos en beneficio solo de las combinaciones de su malhadado gobierno, y la saña vengativa con que siempre se preparaba a contrarrestar y repeler los ataques de sus aborrecidos contrarios, son verdades que la historia debe consignar en sus páginas elocuentes al definir al Conde Duque, y que no pueden fácilmente negarse, si bien el carácter de este imperioso favorito y sus nocivas tendencias moderábanse a veces con una forzada y pasajera tolerancia, que nació del respeto que, aun en aquel tiempo y en medio de tantos desmanes, se conservaba a los fueros del hombre y a la veneración del rey.
Lope de Vega, fénix de los ingenios, el apacible y ameno Calderón, el eminente y profundo Rioja, el satírico Góngora y otros varios ingenios de aquella época tuvieron la habilidad o la suerte de no chocar de frente con las pretensiones altivas del privado, y algunos de ellos hasta la de conseguir su protección; pero, al mismo tiempo, veíase a don Agustín Moreto caprichosamente desairado, muerto con alevosía al conde de Villamediana, perseguido y aprisionado al ilustre don Francisco de Quevedo, y hecho también despojo de una venganza sangrienta al ilustrado y poco conocido Adán de la Parra.
Embarazo, y no corto, debe sentir mi pluma al tener que tratar del autor de la Política de Dios, del hidalgo amigo del desgraciado duque de Osuna, cuando precisamente no ha mucho se ha publicado la vida de este insigne ingenio y el juicio de sus obras por un moderno escritor 2 , que ha sabido conquistarse con este trabajo, incomparable por lo exacto, por lo rico y por lo filosófico, un título tan envidiable como honroso en la república de las letras. Pero, teniendo por necesidad que hablar en estos artículos de don Francisco de Quevedo, harélo, por la razón indicada, con la brevedad conveniente y remitiendo siempre a mis lectores a la publicación ilustrada y completa que menciono: la cual es sin disputa la mejor que a este propósito se ha hecho, por la diligente aplicación y el esmerado estudio con que está escrita.
Don Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid por los años de 1580 3 , de una familia noble y bien acomodada, originaria de las montañas de Santander. En el frondoso valle de Toranzo, casi a la falda de una elevada cordillera que domina el camino real de la corte, y no lejos del escaso trecho que media entre los pueblos de Cereceda y Ontaneda, aún se señala el terreno donde estaba edificada la casa solariega de los abuelos de Quevedo, los cuales, según las noticias que he tenido ocasión de adquirir personalmente al visitar aquellos curiosos sitios, ejercieron los cargos municipales en el inmediato lugar de Bejoriz por los siglos XV y XVI. Las señales que marcan los cimientos donde existió este viejo edificio aún son reconocidas sin gran trabajo por el atento viajero que desea contemplarlas, haciéndole recordar aquellos versos del mismo Quevedo que dicen:
Es mi casa solariega
más solariega que otras,
pues, por no
tener
tejado,
le da el sol a todas horas.
Hizo el joven don Francisco sus estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde, además de las humanidades, la jurisprudencia civil y canónica, la teología, las matemáticas, las ciencias naturales y la medicina, aprendió el griego, el hebreo, el italiano y el francés, aventajando a todos sus condiscípulos y siendo proclamado como un prodigio de capacidad y ciencia. Además de estos ejercicios intelectuales, sobresalió en los del cuerpo, y principalmente en el manejo de las armas, habiendo por su destreza y acierto vencido a los más hábiles maestros. Tenía Quevedo grave aspecto, que adornaba con anteojos por ser corto de vista, y decorosa persona, si bien desairada por la deformidad de sus pies, de los cuales solía decir era tartamudo; poseía un corazón alentado y brioso en los peligros, y era su trato tan agradable y expansivo, que le conquistaba fácilmente el aprecio de la sociedad en que vivía. Después de terminar sus estudios en Alcalá presentose en la corte de Felipe III, y por los años de 1604 ya se le encuentra en Valladolid, donde supo hacerse lugar por su ingenio y cortesanía, relacionándose con los funcionarios públicos y con la nobleza de aquellos tiempos. Que fue la corte de entonces su común residencia lo indica el mismo escritor en estos versos:
Yo soy aquel mortal que por su llanto
fue conocido más que por su nombre,
ni por su dulce
canto;
mas ya soy sombra solo de aquel hombre
que nació en Manzanares [5]
para cisne del Tajo y del Henares;
llameme entonces Fabio,
mudome el nombre el desengaño sabio
y llamome escarmiento;
muy célebre habité con dulce acento [10]
del Pisuerga en la orilla, mas agora
canto mi libertad con mi silencio:
el Lete me olvidó de mi señora,
el Lete cuyas aguas reverencio,
y así le ofrezco al cauto desengaño [15]
mi voluntad por víctima cada año.
Por los antecedentes que he tenido a la mano, resulta, en efecto, que en esta ostentosa capital de la vieja Castilla vivió por entonces el joven don Francisco de Quevedo, asistiendo con lucimiento a los certámenes literarios de los escritores y los poetas, a los saraos de la corte, centro de la galantería y de la belleza de aquel siglo, a las bizarrías del Espolón en las alegres márgenes del Pisuerga y a los alardes militares que en el Campo Grande mandaba y dirigía el espléndido y caballeroso duque de Lerma. Cuando la corte salió de Valladolid en el año de 1606 para trasladarse a Madrid, Quevedo escribió aquel ingenioso y conocido romance que empieza:
No fuera tanto tu mal,
Valladolid opulenta,
si cuando te deja el Rey
te dejaran los poetas.
Por las curiosas indicaciones que en esta bella composición hace Quevedo de la estructura de la población, de sus costumbres, de sus goces comunes, de sus públicos paseos y de su modesto Esgueva, se puede bien comprender lo que Valladolid aún conserva de aquellos antiguos y agradables tiempos. Al visitar esta capital, ostentosa un día, y hoy oscurecida y solitaria, no hay edificio, calle, monasterio ni sitio alguno que no recuerde al ilustrado viajero la célebre existencia en aquellos mismos lugares de tantos hombres notables e ingenios famosos. Con don Francisco de Quevedo, en efecto, vivían a la sazón en Valladolid Cervantes, Gracián, Góngora y otros escritores celebrados..., y estos recuerdos gloriosos para todo español amante de los antecedentes históricos de su patria prestan a esta ciudad insigne una importancia y un encanto que solo el indiferentismo de la ignorancia puede desconocer. El templo de San Pablo, hoy abandonado y ruinoso; el colegio de San Gregorio, convertido en presidio; la sombría casa del duque de Lerma, que está enfrente; la antigua habitación del emperador Carlos V, con su histórica ventana en una esquina; el palacio grande donde nació Felipe IV; la casa de las aldabas, en la calle de Teresa Gil, vivienda un tiempo de don Rodrigo Calderón; la humilde morada de Cervantes en el campillo; el viejo convento de Portaceli y la Iglesia de San Llorente; la del Rosarito, con sus reliquias y tradiciones venerandas, y los sitios del Campo Grande, el de la Magdalena, el Espolón, a las márgenes del Pisuerga 4 , y hasta el mismo pobrísimo Esgueva, todo despierta en la imaginación del hombre ilustrado la memoria de aquel siglo de opulencia, de valor y de extravíos. Valladolid, por lo tanto, es un recuerdo viviente de la corte de Felipe III, tanto más significativo y agradable cuanto que la postración y el olvido en que su menguada fortuna la puso le han hecho conservar aquellos accidentes de su fisonomía primitiva y aquel sabor de antigüedad que hubieran con la prosperidad y las reformas desaparecido. Quevedo, que seguía la corte, pasó con ella a Madrid, y en esta villa vivió ocupado en sus literarias tareas en sus goces y en sus placeres hasta que un acontecimiento adverso vino a privarle del sosiego y de la calma que disfrutaba. “Hallábase en la iglesia de San Martin (dice el escritor citado 5 ) el jueves santo 21 de Marzo de 1611, asistiendo a las tinieblas, y de rodillas allí, no lejos de él, una mujer al parecer de porte, de lindo arte y estremada compostura, cuando con poca razón y ninguna reverencia, por debates que hubo de tener con ella, un hombre le dio una bofetada. La santidad del lugar y del día, el escándalo de los circunstantes, el desacato y la afrenta de una mujer honrada, todo encendió la indignación en Quevedo, y, asiendo violentamente del brazo al agresor, que ya en su frenesí intentaba contra la mujer demostración más sangrienta, le sacó al atrio del templo, afeándole su audacia y desafuero. Ciega a los dos la cólera, desenvainan las espadas, riñen con furor indecible, y, mortalmente herido viene el de la bofetada a tierra y exhala pocas horas después el último suspiro”. Con tan triste motivo, y para evitar las persecuciones que había de originarle este suceso, se fugó Quevedo a Sicilia, donde el virrey duque de Osuna, conocedor de su mérito y sus talentos, le empleó en el servicio de aquellos estados, le llevó de secretario a Nápoles y le dispensó la mayor estima y la deferencia más honrosa. Correspondió el escritor ilustre a estas distinciones y a esta confianza con el celo y la inteligencia que siempre demostraba en los encargos del virrey: y los continuos viajes que hizo por mar y tierra para el logro de varias comisiones importantes, y los tratados celebrados por su mediación con la Santa Sede, el duque de Saboya y la señoría de Venecia valiéronle luego la merced del hábito de Santiago y una pensión de 400 ducados. Tan activas y acertadas tareas, en las que don Francisco de Quevedo mezclaba los esfuerzos de su genio con la severidad de su carácter escasamente contemplativo, le granjearon el aprecio y el respeto de los hombres más eminentes de España e Italia, si bien por otra parte se vio expuesto a las ocultas asechanzas de enemigos que conspiraron contra su privanza e influjo, a fin de libertarse de un negociador hábil y de un juez temible, según el mismo Quevedo lo indica en algunos pasajes de sus obras.
Por la situación que en el mundo dio la suerte a Quevedo, por sus ocupaciones, por sus cuidados y hasta por sus deberes, es de inferir que los escritos festivos que salieron de su pluma, y que tan universal fama le han conquistado entre propios y extraños, no fueron otra cosa que juegos y desahogos de otros empeños más graves y penosos. Su genio es verdad que propendía a la ingenuidad severa, al chiste malicioso y a la desapacible sátira, pero los versos suyos en este género, si bien tan vulgares y conocidos, solo forman una pequeña parte de las varias obras que compuso, muchas de las cuales han quedado inéditas. Abrigaba este escritor un notable afán por abrazar y comprender todos los conocimientos humanos, y así es que, además de poeta, debe principalmente considerarse a Quevedo como escritor político, ascético, histórico y novelista. Sus versos, así serios como jocosos, propenden a los equívocos y retruécanos, a la falta de naturalidad y a los giros, expresiones y pensamientos extraños: pero es preciso, sin embargo, convenir en que hay en semejante defecto mucha belleza, y que lo que en otro hubiera sido un peligroso escollo vino a ser en su genio una originalidad seductora tan difícil de imitarla como de defenderla. Prodigó, es cierto, sus donaires con extremada profusión, fue harto libre en su estilo, buscó la más remota analogía entre los objetos y las palabras para presentar desusadas comparaciones, alambicó el pensamiento queriendo utilizarlo en sus metáforas atrevidas, y es muy frecuente encontrar trozos en sus poesías que no se pueden descifrar por lo oscuro del sentido y lo afectado del lenguaje; pero, al mismo tiempo, pocos igualan a Quevedo en los momentos de inspiración. Su estilo en este caso es elevado, profundo, elocuente y, sobre todo, grande, cualidades esenciales en las composiciones serias y de las cuales no careció, en verdad, el autor del Marco Bruto y de Roma antigua y Roma moderna. Don Francisco de Quevedo en sus poesías amatorias usaba algunas veces de esa grata y sublime naturalidad que tanto realza la expresión y el pensamiento, y en estos casos solía ser ingeniosamente tierno, apasionado y sencillo, como puede conocerse por los siguientes versos:
Este
amor
que yo alimento
de mi propio corazón,
no nace de inclinación,
sino de conocimiento,
que amor de cosa tan bella [5]
y gracia que es infinita,
si es elección, no acredita,
sino acredita mi estrella.
¿Y qué deidad me pudiera
inclinar a que te amara, [10]
que ese poder no tomara
para sí, si le tuviera?
Corrido, señora, escribo
en el estado presente,
de que, estando de ti ausente, [15]
aún parezca que estoy vivo,
pues ya en mi pena y pasión,
dulce Tirsa, tengo hecha
de las plumas de tus flechas
las alas del corazón. [20]
Cuando Quevedo escribía composiciones serias y graves su estilo se levantaba y robustecía de una manera sorprendente, demostrando, sin quererlo, las grandes dotes que tenía de poeta épico. Sirva de muestra para que el lector comprenda está verdad el siguiente trozo de su silva a Roma:
Esta que miras grande Roma ahora,
huésped, fue yerba un tiempo, fue collado:
primero apacentó pobre ganado,
ya del mundo la ves reina y señora
Fueron en estos atrios Lamia y Flora [5]
de unos admiración, de otros cuidado,
y la que pobre Dios tuvo en el prado
deidad preciosa en alto templo adora.
Jove tronó sobre desnuda peña
donde se ven salir los chapiteles [10]
a sacarles los rayos de la mano;
lo que primero fue, rica, desdeña;
senado rudo que vistieron pieles
da ley al mundo y peso al oceano.
Cuando nació la dieron [15]
muro un arado, reyes una loba,
y no desconocieron
la leche, si este mata y aquel roba.
Dioses que trujo hurtados
del dánao fuego la piedad troyana, [20]
fueron aquí hospedados
con fácil pompa en devoción villana;
fue templo el bosque, los peñascos ara,
víctima el corazón...
En otro lugar, pintando Quevedo la vanidad y la locura del mundo, exclama con robustez y elegancia de este modo:
¡Oh tú, que con dudosos pasos mides,
huésped fatal, del monte la alta frente,
cuyo silencio impides
no impedido jamás de humana gente;
ora confuso vayas [5]
buscando el cielo, que las altas hayas
te esconden en su cumbre,
o ya de alguna grave pesadumbre
te alivies y consueles
y con el suelto pensamiento vueles, [10]
delante de esta peña tosca y dura
que, de naturaleza aborrecida,
envidia a aquellos prados la hermosura,
detén los pies y tu camino olvida;
oirás, si a detenerte te dispones, [15]
de un vivo muerto voces y razones.
Los versos filosóficos de este escritor no eran, sin embargo, menos bellos y notables. Las composiciones al Sueño, a la Codicia y hasta la misma canción pindárica escrita en elogio del desgraciado duque de Lerma y que empieza con aquellos tan sabidos versos:
De una madre nacimos
los que esta común aura respiramos,
todos muriendo en lágrimas vivimos
desde que en el nacer todos lloramos...,
sobresalen por esa dulce y sensata melancolía del vate ilustrado que siente lo que dice y se penetra realmente de lo que canta. En estas inspiraciones tenía Quevedo rasgos felices de ingenuidad, consejo y valentía, como puede notarse en la epístola que dedicó al conde duque de Olivares.
No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca, ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? [5]
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Hoy sin miedo que libre escandalice
puede hablar el ingenio, asegurado
de que mayor poder le atemorice.
En otros siglos pudo ser pecado [10]
severo estudio y la verdad desnuda,
y romper el silencio el bien hablado;
pues sepa quien lo niega y quien lo duda
que es lengua la verdad de Dios severo,
y la lengua de Dios nunca fue muda. [15]
Y en medio de estas sobresalientes calidades de poeta amatorio, grave y filosófico don Francisco de Quevedo poseía a la vez una disposición especial y un genio privilegiado para escribir esas poesías jocosas que, divididas en jácaras y en romances, han alcanzado de tantos años atrás la proverbial nombradía de que gozan hasta en el último y más ignorado rincón de España. La difícil facilidad con que escribía en este género y los pensamientos profundos que suelen encerrarse en estas ligeras y festivas obrecillas me animan a copiar a continuación uno de los romances del autor que reúne cierta intención filosófica a la vulgaridad del asunto:
Acuerda el papel su origen humilde
Una incrédula de años,
de las que niegan el fue,
y al limbo dan tragantonas
callando el matusalén;
de las que detrás del moño [5]
han procurado esconder,
si no la agua del bautismo,
las edades de la fe,
buscaba en los muladares
los abuelos del papel, [10]
no quise decir andrajos,
por que no se afrente al leer.
Fue, pues, muy contemplativa
la vejezuela esta vez,
y quedose así elevada [15]
en un trapajo de bien.
Tarazón de cuello era
de aquellos que solían ser
más azules que los cielos,
más entonados que juez. [20]
Y, bamboleando un diente,
volatín de la vejez,
dijo con la voz sin huesos
dijo con la voz sin huesos
“Lo que ayer era estropajo [25]
que desechó la sartén,
hoy, pliego, manda dos mundos
y está amenazando a tres.
Está vestida de tinta
muy prepotente una ley, [30]
quitando haciendas y vidas
y arremetiéndose a rey;
con pujamientos de barbas
está brotando poder
desde una plana biznieta [35]
de un cadáver de arambel.
Buen andrajo, cuando seas,
pues que todo pueda ser,
o provisión o decreto
o letra de genovés, [40]
acuérdate que en tu busca
con este palo soez
te saqué de la basura
para tornarte a nacer”.
En esto, haciendo cosquillas [45]
al muladar con el pie,
llamada de la vislumbre,
y asustando el interés
si es diamante o no es diamante,
sacó envuelto en un cordel [50]
un casquillo de un espejo
perdido por hacer bien.
Mirose la viejecilla
prendiéndose un alfiler,
y vio un orejón con tocas [55]
donde buscó un Aranjuez;
dos cabos de ojos gastados,
con caducas por niñez ,
y a boca de noche un diente,
cerca ya de oscurecer; [60]
más que cabellos arrugas
en su cáscara de nuez;
pinzas por nariz y barba
con que el hablar es morder;
y, arrojándole en el suelo, [65]
dijo con rostro cruel:
“Bien supo lo que se hizo
quien te echó donde te ves”.
Señora, si aquesto propio
os llegara a suceder, [70]
arrojar la casa importa,
que el espejo no hay por qué.
Él pagó solo la pena
de las culpas de su piel,
cuando el muladar de años [75]
como se vino se fue.
Considerado Quevedo como prosista, merece en tal sentido, a mi juicio, las mismas alabanzas e iguales reparos que como poeta, si bien es sobremanera difícil apreciar su verdadero mérito en una clase de escritos en que fue tan fecundo como variado. Incansable y laborioso, ostenta la universalidad de sus conocimientos, recorre con fácil pluma desde el género más serio y elevado hasta el más festivo y común, dejándonos en todos ellos muestras apreciables así de sus grandes cualidades como de sus originales extravíos. Escritor ascético, demuestra su vasta erudición en el estudio de las sagradas escrituras y examina las más altas cuestiones teológicas; político y moralista, procura unir la doctrina sublime de la moral con los principios de buen gobierno; historiador, reprende los vicios de la humanidad y principalmente los de su tiempo, apoyando sus lecciones en las provechosas que presenta la experiencia del mundo; y, crítico osado, maneja la sátira basta con procaz mordacidad, según ha dicho un autor moderno, descendiendo a pintar costumbres y truhanadas de las clases abyectas del pueblo, sin que le repugnara el describir las acciones más sucias y reprehensibles de este género en no muy decente lenguaje. Las obras serias de Quevedo, aunque no son verdaderamente las que constituyen su fama, revelan estudio, elevación y profundidad así en las ideas como en la frase, por más que estas dotes degeneren a veces en cierta redundancia de estilo, oscuridad en las sentencias, palidez en el artificio y acumulación de citas y textos que impiden la natural elegancia y la gustosa valentía tan necesarias a los escritos de la lengua castellana. Yo tengo para mí, por lo tanto, que el verdadero elemento en que campeaba holgadamente el ingenio de este varón ilustre, el lucido teatro donde su inspiración se deleitaba y esparcía con más desembarazo y atrevimiento, era en las obras burlescas y festivas; de las cuales quitar los donosos y extraños lunares que parece que las deslucen sería borrar el sello característico de su indisputable mérito y de su dicción. Osado en el manejo del habla castellana, no la respeta siempre, inventando con frecuencia expresiones exóticas y caprichosas que después han quedado sancionadas por el uso para expresar la sátira y el ridículo; pero, a la par de esta libertad y de aquellos defectos, precisamente en estos escritos es donde se muestra Quevedo más superior y más grande ingenio: en ellos es donde más brillan las fáciles agudezas, las alusiones discretas, las imágenes vivas, las metáforas felices y las notorias expresiones que han quedado en la sociedad culta como adagios y proverbios . El conocido crítico don Antonio Capmany, en el Teatro de la elocuencia española, dice, hablando de Quevedo, que, aunque su facundia se equivoca muchas veces con la verbosidad, es inimitable en el manejo y soltura con que usa de todas las riquezas y socorros del idioma, acomodándolo a tanta diversidad de asuntos y caracteres desde el más grave al más plebeyo y picaresco: y en otro lugar añade, refiriéndose al mismo escritor, estas palabras: “Maneja graciosa y agudamente los equívocos, los chistes y otros primores de la lengua en ciertos pasajes a que da espíritu y animación, pero se excede en este juego de voces, como casi todos los escritores de aquel siglo, que nunca entendieron que debía tener límites este gusto frívolo del público que aplaudía entonces semejantes gracias. Todas estas obras satírico-morales, fuera de la invención ingeniosa y expresión feliz en ciertos rasgos y cuentos que nunca envejecerán, en lo general no pueden en estos tiempos lograr la misma fortuna ni causar el entusiasmo que sintieron sus contemporáneos, porque la mayor parte de sus alusiones caen sobre personas y hechos desconocidos o usos añejos que entonces picaban la curiosidad del público y hoy son comida rancia y fría, no siendo fácil penetrar la fuerza de la ironía ni la propiedad de los símiles”. Las obras de Quevedo, sin embargo, siempre sobresaldrán por las prendas poco comunes de que van acompañadas, porque este escritor, en realidad, era tan privilegiado como valiente en la viveza y exactitud del colorido con que retrataba y vestía las personas, que sacaba a la escena ya como interlocutores, ya como héroes de sus admirables fábulas.
Juan Guillén Buzarán