“BIOGRAFÍA ESPAÑOLA. Don Alonso de Ercilla y Zúñiga”
- Autor del texto editado
- Magán, Nicolás
- Título de la obra
- Semanario Pintoresco Español, nº 25, 16 junio 1842
- Autor de la obra
- Mesonero Romanos, Ramón de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de la viuda de Jordán e hijos,
1842
- Paginación
- pp. 193-196
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Raquel Gutiérrez Sebastián
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 14 octubre 2024
BIOGRAFÍA ESPAÑOLA
Don Alonso de Ercilla y Zúñiga
Nació para gloria de nuestra España este insigne caballero en Madrid a 7 de agosto de 1533, aunque originario de Vizcaya. Fueron sus padres Fortún García de Ercilla, célebre jurisconsulto, y doña Leonor de Zúñiga, señora de Bobadilla y guardadamas que fue de la emperatriz doña Isabel. Cuatro hijos nacieron de este matrimonio: don Francisco de Zuñiga, don Juan de Zúñiga, abad de Hormedes y limosnero mayor de la reina doña Ana, doña María Margarita de Zúñiga, y nuestro DdonAlonso.
Con motivo de la ilustre posición de su familia, desde sus tiernos años se crió en palacio, sirviendo de paje del príncipe don Felipe, a quien siguió, según dicen sus biógrafos, en sus numerosos viajes, que fueron largos y multiplicados, lo cual, acompañado de su buen ingenio y penetración, fue causa poderosa para extender el caudal de sus noticias, perfeccionar su juicio y afirmarle más y más con la experiencia.
Durante sus travesías, hallándose el 1544 en Inglaterra acompañando a don Felipe, cuando este príncipe pasó allá a efectuar su enlace con doña María, heredera de aquel reino, sucedió el general levantamiento ocurrido por los estados de Arauco, provincia perteneciente al gran Imperio de Chile. El honor español estaba interesado en sofocar aquella rebelión, que no era del momento y pasajera, sino muy pensada y sostenida con empeño por diestros jefes y numerosos campeones, fuertes y robustos, quienes, ya por su inmensa superioridad, ya por astucia, habían reducido a escombros, esparciendo el terror en sus moradores, las mejores ciudades que para defensa de aquel estado había fundado el esforzado Valdivia. Llegadas a la corte estas noticias, cometió el rey la pacificación de aquella tierra a Gerónimo de Alderete, que fue para este fin nombrado capitán y adelantado de la misma, el cual se embarcó para el Perú, llevando en su compañía a don Alonso, cuya edad por entonces era solo de 21 años, siendo esta, como dice el mismo en su canto 13, la primera vez que ciñó espada.
No llegó el adelantado a su destino, pues falleció cerca de Panamá, y nuestro Ercilla siguió a pesar de eso su viaje a Lima, capital del Perú, de cuyo vasto imperio era entonces virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, el cual, sabiendo la muerte del adelantado, y no pudiendo ya contener de otra manera el orgullo araucano, determinó el que se aprestase una lucida escuadra real con grandes refuerzos, para sujetar aquella gente, al mando de su hijo don García, nombrado capitán general de Chile.
Deseoso don Alonso de laureles militares, hizo parte de esta expedición, que llegó con felicidad al pueblo de la Concepción, no sin haber padecido una deshecha tempestad entre aquel y el río Maule, donde estuvo a pique de estrellarse la capitana, a la que estaba agregado Ercilla.
Entonces dio principio don Alonso a las sangrientas y porfiadas guerras del Arauco, obrando como soldado valeroso innumerables proezas que bastaran para inmortalizarlo, si en las bellas letras no ocupara su incansable musa un lugar más preferente. Sería fastidioso seguirle paso a paso en las repetidas marchas y peligrosos trances de tan reñida campaña; baste decir que en la sangrienta batalla de Millarapue y en el paso de Pureu solo su valor e industria pudo salvar las vidas de un gran número de españoles que hubieran perecido de otro modo, acosados por la multitud de araucanos, y consiguiente a esto sufrió con heroico esfuerzo los mayores riesgos y calamidades, hallándose en 7 batallas campales y padeciendo los inmensos trabajos y privaciones que consigo llevaba esa guerra de exterminio.
En medio de estos afanes, para dejar a los venideros una relación verídica de tan insigne jornada, y solo ayudado de su ingenio, compuso entre el estruendo del cañón y del mosquete el celebrado poema que el mismo intitula La Araucana, cuyo argumento le componen las mismas guerras que obstinadamente sostuvieron los araucanos defendiendo con obstinación, según dice el mismo Ercilla, unos terrenos secos y unos campos incultos y pedregosos.
Es notable este poema por la exactitud de la relación y lo incontestable de los hechos que enumera, en los que no omite circunstancia alguna, descendiendo algunas veces a minuciosos detalles, parte de los cuales escribió valiéndose para su averiguación de personas fidedignas, y en los restantes, ora manejando la espada, ora la pluma, fue testigo ocular y tan continuo que, como él mismo dice,
Pisada en esta tierra no han pisado
que no haya por mis pies sido medida,
golpe ni cuchillada no se ha dado
que no diga de quién es la herida.
Y para evitar el olvido de las más pequeñas circunstancias y no perder el hilo de los sucesos, y al propio tiempo por aprovechar los cortos ratos de que para su descanso podría disponer, se ocupaba, como él asegura en su canto 23, en escribir por la noche de las jornadas del pasado día.
Es digno de admirar, a la verdad, que Ercilla acertase a dar a este poema, que consta de tres partes, la grata variedad y el colorido de la invención en medio de unos sucesos uniformes y repetidos, y estando limitado a un terreno tan pequeño y cuadro tan sucinto como presentan las guerras de Arauco, en las que, a decir verdad, hay gloria y heroísmo, pero todo es personal, y no realza a la totalidad del suceso, que queda siempre desnudo y apocado, y de un interés parcial; pero ni esto suple la gracia de su poesía y la exactitud del pensamiento, aprisionado por decirlo así en la estrecha cárcel de la verdad histórica, y privado por consiguiente del auxilio de las ficciones que ayudaron tanto a otros poetas que emprendieron un trabajo semejante al de nuestro insigne don Alonso.
Pero, dejando a un lado estas consideraciones, que tendrán mejor cabida cuando se hable con más detención de este poema, es forzoso seguir el hilo interrumpido de la vida y demás sucesos del héroe que nos ocupa.
Ya indicamos no hace mucho el tesón y porfía con que los araucanos sostuvieron la guerra contra los españoles, defendiendo a palmos el terreno y presentando innumerables combates y emboscadas, en las que muchas veces llevaron la mejor parte; pero al fin tuvieron que sucumbir y ceder a su pesar, mucho más desde que fue cogido y muerto Caupolicán, su mejor y más experto jefe. En esta tregua fue cuando don Alonso, siempre ansioso de gloria, acompañó a su general don García Hurtado de Mendoza a la conquista de la última tierra que por el estrecho de Magallanes estaba descubierta hasta el valle de Chiloe, en cuya expedición tanto él como sus compañeros padecieron innumerables fatigas, salvando horrorosos precipicios y despeñaderos por espacio de 7 días, hasta que llegaron al grande y hermoso archipiélago de Ancud, donde fueron obsequiados por los indios que habitaban aquellos lejanos países. No contentos con este descubrimiento, quisieron ir más adelante; pero con desconsuelo hallaron que el gran lago entraba en el mar por un hondo y veloz desaguadero, impidiendo el paso a los intrépidos descubridores; pero el valeroso Ercilla con otros 10 compañeros deseando, como él dice, ver el fin de esta jornada, atravesó dos veces en piraguas y a sola fuerza de remo ese paso tan temible, y, adelantándose solo más de media milla por aquella comarca solitaria para prueba de su valor, grabó en el árbol más robusto que encontró la siguiente octava que está en el canto 36 de su Araucana:
Aquí llegó donde otro no ha llegado
don Alonso de Ercilla, que el primero,
en un pequeño barco deslastrado
con solos diez pasó el desaguadero
el año de cincuenta y ocho entrado
sobre mil y quinientos por hebrero,
a las dos de la tarde el postrer día
volviendo a la dejada compañía.
Volvió, efectivamente, y, reunido a sus compañeros, valiéndose de un indio que sirvió de guía, llegaron no sin muchos trabajos a la ciudad imperial.
Allí estuvo a punto de perder la vida un héroe tan esforzado como don Alonso, pues en unas justas o torneos que a poco tiempo se celebraron de orden del virrey, hubo ciertas competencias entre Ercilla y don Juan de Pineda, que tuvieron por consecuencia un desafío y especie de motín, en el que tomaron parte casi todos los caballeros que se encontraban presentes. Creyó el virrey que la primitiva contienda había sido un pretexto para mover aquella gran asonada, y para escarmiento los prendieron, y fueron condenados a ser degollados Pineda y don Alonso; y, según refiere este último, estuvo la sentencia para ejecutarse, cuando llegó a revocarla don García, mejor informado de la causa de aquellos alborotos; pero no por eso dejó de sufrir un penoso destierro, que no le impidió como leal vasallo el asistir a las demás acciones de guerra y otros peligros que después se sucedieron.
Por último, siempre quejoso del agravio injustamente recibido, salió de aquel ingrato reino, y en un buque mayor aportó a Lima, capital del Perú, donde permaneció hasta que fue designado junto con otros para castigar y dar fin a las crueldades que en Venezuela cometía Lope de Aguirre. Llegó, efectivamente, con este objeto a Panamá por el 1562; pero, teniendo noticia de que ya había sido muerto y desbaratado aquel tigre, después de sufrir una peligrosa enfermedad en tierra firme volvió a España a los 29 años de su edad, y siguió en la corte de Felipe II.
Ya más tranquilo y sosegado, casó en 25 de enero de 1570 con doña María Bazán, dama de la princesa doña Juana de Austria e hija de doña Marquesa Ugarte, dama igualmente de la reina doña Isabel de la Paz, y de don Gil Sánchez Bazán, deudo de los marqueses de Santa Cruz.
A pesar de los servicios de don Alonso y sus estimables prendas, estaba por esta época arrinconado y reducido a la miseria, ¡triste suerte que han padecido los más de nuestros ingenios españoles!, pero, a fuerza de pretensiones el rey, por cédula expedida en el Escorial a 4 de junio de 1571, le concedió el hábito de Santiago, y le llama en este documento gentil hombre de nuestra casa.
En 4 de mayo de 1578 el mismo Felipe II se valió de él para enviarlo a Zaragoza a cumplimentar de su parte al duque Enrrico de Brunswik y a su mujer, para lo cual se le confirieron despachos e instrucciones, y mediaron contestaciones que existen en el archivo de Simancas, de las que aparece que Ercilla desempeñó este negocio muy a satisfacción del rey. 1
Fue también don Alonso gentil hombre del príncipe Rodulfo, hermano de doña Ana de Austria, cuarta mujer de Felipe II, al que acompañó en sus numerosos viajes que hizo a Alemania, Hungría y Bohemia, hasta que le sucedió a su padre Maximiliano II en el imperio.
Nada se sabe de los últimos años de la vida de Ercilla, como ni tampoco de la época de su muerte. El licenciado Mosquera le supone vivo el 1590, y ocupado en escribir un poema en loor del marqués de Santa Cruz; pero no solo ignorándose si acabó esa obra, ni habiéndose hallado de ella el más pequeño fragmento, y constando por otra parte que en 1595 su esposa, ya viuda, fundó en sus propias casas de la villa de Ocaña el convento de carmelitas que allí existe, cuya posesión tomaron las monjas en 22 de noviembre de dicho año 2 , resulta que la muerte de Don Alonso se debe fijar antes del 1595, y no en el 96 o después, como da a entender Mosquera. También se ignora el primitivo lugar de su sepulcro; pero, según dice Baena 3 , parece que, después de fundado el convento, doña María trasladó a una bóveda de él las cenizas de su esposo, y a su muerte, que fue después de algunos años, mandó igualmente depositar allí las suyas, legando el patronato de la iglesia y convento a los marqueses de Santa Cruz.
Sola una obra, y esa es la famosa Araucana, es la que a pesar de sus defectos, inmortalizará siempre el nombre de don Alonso Ercilla, teniendo la gloria este poema de ser el mejor entre los de su género en España, y el más conocido y elogiado de naturales y extranjeros, y no se puede negar, como dice muy bien el señor Martínez de la Rosa en su tratado sobre la poesía épica, que este poema ha sido juzgado las más veces con extremo, ya con sobrada indulgencia, ya con injusta y demasiada severidad. Es cierto que el conjunto de la obra no forma un todo tan completo y bien acabado, como sería de desear, y que no es un poema épico que compita al lado de los mejores extranjeros; pero, si atendemos a la época y precipitación con la que se compuso, a la vida siempre errante y no muy sosegada de su autor, y, además, a la falta de inteligentes con quien consultar, es admirable, y apenas puede concebirse que de tan encontrados elementos naciese una producción tan bella.
No es mi ánimo el hacer un análisis de esta obra tan encomiada, ni de enumerar sus defectos y bellezas; solo diré que, a pesar de los que se la encuentran, ha gozado de la mayor celebridad, y ha sido y será siempre leída con gusto, con especialidad en sus razonamientos, de los cuales es generalmente encomiado el discurso de Colocolo en el canto segundo, y no lo deben ser menos los restantes, en cuyo punto, como indica el citado señor Martínez de la Rosa, se aventaja Ercilla a el famoso Homero por la vehemencia y persuasiva no menos que por la majestad del concepto; y téngase presente que la crítica de este poema hecha por el citado autor, y que a nuestro ver es la más justa, no debe ser tachada de parcial, pues con la misma pluma que escribió las innumerables perfecciones y bellezas de la obra trazó igualmente, y con poca indulgencia, sus imperfecciones y defectos.
N. Magán.