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Prensa y canon · Biografías

“Cervantes. Continuación”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Álbum pintoresco universal. Obra popular y periódica. Adornada con numerosas y primorosísimas láminas intercaladas en el texto, tomo I
Autor de la obra
Oliva, Francisco (dir.)
Edición
Barcelona: Imprenta de D. Francisco Oliva, editor, 1842
Paginación
pp. 266-269
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 25 septiembre 2024

CERVANTES

Continuación


Tardó poco el amor en apoderarse de aquella imaginación ardiente y esta nueva pasión le dictó la primera obra que dio a luz, la cual fue la Galatea, impresa en Madrid en 1584; novela pastoral en que pintó sus amores, obsequió a su dama y adquirió nombre en la república de las letras. Aunque la atestó de versos, que son muchos para ser tan medianos, y aunque sus pastores dejan frecuentemente de ser sencillos y tiernos para hacerse ingeniosos, pedantes y disputadores, puede decirse, pues, que el principal mérito de este romance de Cervantes consiste en estar escrito con fuerza de imaginación y belleza de estilo, en lo que excedió a la Diana de Montemayor y a la Diana enamorada de Gil Polo, con las cuales quiso competir. Esta novela pastoral ha sido después imitada y compendiada felizmente por Florián, apasionado del autor español.

A poco de haber publicado su Galatea, se casó Cervantes con doña Catalina de Salazar y Palacios, cuya familia, antiguamente conocida en Esquivias, pueblo de la provincia de Toledo, existe todavía; y este nuevo estado acabó de empeorar su desdichada suerte, en términos que vino a parar en lo que paran muchos ingenios cuando se ven acosados de la necesidad: dio en hacer comedias. Las que compuso no han merecido ciertamente pasar a la posteridad, porque su autor no había nacido, a la verdad, para este género de composición, pero al mismo tiempo es digna de todo elogio la moderación con que habla de ellas. Honraremos, en fin, sus principios y su gusto, aun cuando desestimemos su talento en esta parte, si recordamos el juicio con que anunció después en el Quijote las leyes de la composición y la crítica que hace allí mismo de los dramas de su tiempo.

Don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, y el cardenal Sandoval, arzobispo de Toledo, pasan por haber sido los bienhechores de Cervantes; mas está demostrado por todas las circunstancias de su vida y por su propia confesión que esta doble protección, cuando más, le impidió morirse de hambre. Abandonó en fin el teatro, siendo probable que la necesidad de atender a los medios de subsistir le impidió el cultivar las musas. Errante por varias partes de una nación que, siendo su patria, ni conocía ni apreciaba, ni recompensaba por consecuencia sus talentos, sus virtudes y sus servicios, aquel cuyo nombre había de ser inmortal un día en todas las naciones cultas, buscaba en vano una colocación cual merecía, para poder subsistir y lucir su ingenio.

Después de haberle llevado su desgracia de Madrid a Sevilla y de Sevilla a la Mancha, para colmo de su desdicha, le atropellan y prenden los vecinos de Argamasilla, sin que se haya podido averiguar hasta ahora la causa de aquella arbitrariedad. En tan fatal situación, muy lejos de abatirle el infortunio, probó que las cadenas son débiles para sujetar la imaginación de un hombre de espíritu. «Aunque oprimido con ellas -dice un escritor de la vida de Cervantes-, conserva siempre su energía y se ríe de sus horrores. Sócrates filosofaba en su prisión tan libremente como en la plaza de Atenas; Torcuato Tasso, en situación semejante, no lamentaba la pérdida de su libertad, sino la del arbitrio de escribir que sus duros escritores le negaban. Cervantes, encarcelado por los manchegos, dio a su imaginación todo el vuelo de que era capaz y compuso el Don Quijote. Así el libro más ingenioso que ha producido el espíritu humano se hizo en una cárcel, donde, según las expresiones del autor, «toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación». Que la filosofía y la elocuencia contemplen a Cervantes cuando errante y miserable los grandes le olvidaban, y le despreciaban los poetas porque no acertaba a hacer los versos frívolos y vanos que ellos. Tendiendo entonces las miradas sobre su siglo y viendo con indignación entregada la mayor parte de los hombres a una clase de lectura extravagante que viciaba la educación, corrompía las ideas de la moral, estragaba las costumbres y usurpaba con las invenciones más monstruosas la atención debida a la belleza, inundaban los libros caballerescos a España, y sus despropósitos eran la admiración de los idiotas, el entretenimiento de los ociosos y tal vez distracción indigna de los discretos. Yo acabaré con esa peste, dijo Cervantes, y su imaginación grande y festiva le presentó el héroe que había de extirpar a tantos insufribles paladines. Tal fue el Don Quijote, que la posteridad contempla atónita, sin atreverse a decir qué sea más admirable, si la fuerza de la fantasía que le inventó, el gusto con que se ejecutó o la dicción con que se expresó… ¿Y en qué tiempo? En el siglo XVI, siglo de erudición y de disputas más que de gusto y de saber, demasiadamente ponderado, casi perdido para la razón, y en donde generalmente la literatura solo puede contar dos o tres libros que hayan osado arrostrar la superioridad de las dos edades siguientes. Así, cuando se compara el Quijote con el tiempo en que se dio a luz y a Cervantes con los hombres que le rodeaban, la obra parece un portento y Cervantes un coloso».

La primera parte de El Ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha salió a luz en Madrid en 1605, y la segunda en 1615. La fama del Caballero de la Triste Figura voló a todas partes, en todas partes fue conocido y apreciado justamente su mérito, y se tradujo luego en todas las lenguas vivas, pero ha quedado sin copia, así como «no tuvo modelo, careciendo hasta ahora de imitadores; es una obra que presenta todos los caracteres de la originalidad y del genio; es un poema divino, a cuya ejecución presidieron las gracias y las musas. Su publicación fue un rayo que deshizo en un momento las ilusiones de la caballería. Los nombres de don Quijote y Sancho son oídos en los ángulos más remotos de la tierra, y estos dos personajes humildes, nacidos en la fantasía de Cervantes, vencen en celebridad a los héroes más ilustres de la fábula y de la historia».

Y, a la verdad, ¿quién no se complace en recordar las principales aventuras del héroe manchego? En este inmortal libro el rústico y astuto Sancho ha suministrado proverbios aplicables a todas las circunstancias de la vida. Los que poseen a fondo la lengua española no se cansan de repetir la lectura de Don Quijote, y los que no tienen esta ventaja, ya que no pueden gozar del encanto del estilo ni conocer la finura de las alusiones, encuentran con qué satisfacer la curiosidad, la imaginación y el espíritu. Un héroe fantástico que, no obstante, jamás se aparta de lo natural, caracteres nuevos, creados y sostenidos con un talento admirable; observaciones tan justas como ingeniosas, agudezas las más oportunas, naturalidad exquisita, el arte de pintar llevado al más alto grado de perfección; he aquí el mérito de esta producción verdaderamente extraordinaria.

«Mi historia es tan clara», decía el inimitable autor del Quijote, «que los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran». A pesar de esto, cuando se publicó en 1605 la primera parte del Ingenioso caballero, no pudo ser entendida de pronto la sátira finísima que en ella reinaba, y el autor se vio obligado a calumniarse a sí mismo en un folleto que compuso titulado el Buscapié, el cual circuló entre el público para despertar la curiosidad de sus compatriotas, diciendo que su romance, extremadamente raro, bajo el nombre de un héroe imaginario encerraba una sátira de las personas más distinguidas de la corte. Así es como Cervantes supo sacar partido de la malignidad misma que se apresuró a leer su folleto, quedando burlados sus detractores al ver los justos elogios que se daban al talento del autor y a la inocencia de su obra. No obstante, bajo el nombre de un tal Alfonso Fernández de Avellaneda se publicó en Tarragona en 1614 una pretendida continuación del Don Quijote, miserable rapsodia que parece increíble se hubiese puesto en paralelo con la obra clásica de Cervantes; obra tan grosera, que excita la indignación, llena de aventuras ajenas de todo interés, escrita con estilo bajo y monótono, anónimo en fin pródigo de injurias contra el ilustre Cervantes, a quien llama viejo, manco, miserable y calumniador.

En aquella época en que la nación española se mostraba orgullosa de la gloria de sus armas, la envidia no temió insultar a un valiente y benemérito militar, cuyos talentos honraban a su patria y que había servido generosamente en las batallas; se le echó, en fin, en cara que era viejo, pobre y manco, como si la pobreza y manquedad de Cervantes, cubriendo de oprobio a su siglo, no añadiese lustre a la veneración que se le debe. Semejantes insultos prueban por otra parte la verdad del dicho de Pope, «que un mal escritor es comúnmente hombre malo». Aun fuera poco o acaso muy despreciable esta nueva prueba del encarnizamiento que persiguió al mérito si el pretendido continuador fuese el único que se hubiese declarado contra el autor de Don Quijote, pero literatos y poetas famosos, tales como Lope de Vega, don Esteban de Villegas, Don Diego de Torres y otros no han sido menos injustos que Avellaneda, cuya grosera maledicencia aprobaron sin avergonzarse. Cervantes, más noble en todas sus acciones, portándose con más decoro y dignidad, para confundir a su primer adversario no hizo más que publicar la segunda parte del Quijote, superior todavía en corrección y en gusto a la primera, burlándose a veces de la poca o ninguna gracia de su antagonista y advirtiéndole chistosamente que el hacer un libro no es tan fácil como algunos piensan.

La publicación de la obra de Don Quijote es sin disputa el monumento más glorioso del reinado de Felipe III. Se cuenta que las locuras del Caballero de la Triste Figura distrajeron más de una vez la imaginación de aquel príncipe melancólico, en cuyos Dichos y Hechos dice el licenciado Baltasar Porreño que, «hallándose su majestad en un balcón de su palacio de Madrid, y espaciando la vista, observó que un estudiante junto al rio de Manzanares leía un libro y de cuando en cuando interrumpía la lectura y se daba en la frente grandes palmadas, acompañadas de grandes movimientos de placer y alegría, y dijo el rey: “aquel estudiante está fuera de sí o lee la historia de don Quijote”; y era así en realidad, como lo averiguaron los palaciegos». Finalmente, en el transcurso de doscientos años la gloria de Cervantes no ha hecho más que aumentarse entre todas las naciones cultas, que se han apresurado a traducir y publicar su inmortal romance, llegando a ser de tanto interés para los extranjeros, que muchos de ellos se han esmerado en aprender perfectamente la lengua española para conocer bien al Quijote.

Entre los franceses, que comúnmente han mirado con ceño nuestras obras y que rara vez han hecho justicia a los españoles, no ha fallado un Saint-Evremond que dijese del Don Quijote: «Es una obra que leeré toda mi vida sin fastidiarme de ella. De todas cuantas he leído, esta es la que yo quisiera haber hecho con preferencia a todas. Admiro cómo en boca del mayor loco del mundo Cervantes ha encontrado el medio de parecer el hombre más cuerdo y más inteligente que se pudiera imaginar». El mismo escritor daba como único consejo a un desterrado el de olvidar a su querida y leer el Don Quijote. A la miseria en que vivió el inmortal autor de esta obra siguió su desgracia y la indiferencia de su pérdida, en términos que se ha dudado del verdadero lugar de su nacimiento hasta fines del siglo XVIII: es decir, dos siglos posteriores al de su muerte. A fines del último abrimos por fin los ojos sobre este punto, y el amor nacional recobró sus derechos. Entonces se registraron archivos de parroquias y protocolos para descubrir la patria de aquel hombre extraordinario, que por tanto tiempo ha carecido de los homenajes de sus compatriotas, y el laborioso académico don Vicente de los Ríos, encargado por su corporación de escribir la vida de Cervantes, se ha dedicado a hacer las averiguaciones más minuciosas.

Carlos III, a quien la España ha debido los primeros progresos que han hecho las bellas artes en estos últimos años, honró con su protección el celo de la Academia española, y este benemérito cuerpo literario se ocupó en levantar un monumento digno de Cervantes y capaz de reparar una grande injusticia, publicando una edición magnifica del Don Quijote, empleando caracteres nuevos, los talentos de los grabadores más hábiles para las láminas que la hermosean y las prensas de Ibarra, famosas ya por la suntuosa edición del Salustio. Después de esta edición se mira con grande aprecio la de Londres por Tomson, 1738, cuatro tomos en 4º, con láminas; la de Madrid en 1797 por don Juan Antonio Pellicer, con nuevas notas y estampas, imprenta de Sancha, 4 tomos en 8º prolongado; la de la Imprenta Real, también de 1797, seis tomos en 16ª, con bellísimas láminas; y últimamente la de París, un tomo en 16º en miniatura o letra de microscopio, con preciosas láminas grabadas en acero, edición dirigida por un español que ha puesto al frente de esta dedicatoria:

AL
ESCRITOR ALEGRE,
AL
REGOCIJO DE LAS MUSAS,
AL
FAMOSO TODO,
AL
ADMIRABLE E INIMITABLE AUTOR
DEL
INGENIOSO HIDALGO
D. QUIJOTE DE LA MANCHA
ERIGE Y DEDICA
ESTE PEQUEÑO MONUMENTO
DE LA
TIPOGRAFÍA Y CALCOGRAFÍA MODERNA
SU APASIONADO ADMIRADOR
Joaquín María de Ferrer


En el transcurso del tiempo que medió desde la publicación de la primera a la segunda parte del Quijote dio a luz Miguel de Cervantes sus Novelas, de que se han hecho muchas ediciones, y su Viaje al [del] Parnaso, siendo aquellas doce, a saber: El amante liberal, La señora Cornelia, El casamiento engañoso, Rinconete y Cortadillo, en que describe la vida y costumbres de los ladronzuelos que en Sevilla vivían de antiguo juntos en gavilla con un jefe o cabeza a quien prestaban obediencia; El celoso extremeño, El coloquio de Cipión y Berganza, perros del hospital de la Resurrección de Valladolid; La Gitanilla, en que insertó uno de los infinitos romances que compuso en su vida, según él mismo confiesa; La española inglesa, en que hizo un singular elogio de los Padres de la Trinidad, mostrándose agradecido al beneficio que recibió de aquellos caritativos y redentores religiosos que le rescataron; La ilustre fregona, El licenciado Vidriera, La fuerza de la sangre y El curioso impertinente, que insertó en el año 1604 en su Don Quijote como una prueba para ver de qué modo recibirían en España este género de cuentos ejemplares de que Cervantes era inventor en nuestra nación, y así es que dijo en su libro: «Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana [...] las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no imitadas ni hurtadas».

A pesar de lo bien recibidas que fueron del público estas novelas, en el día solo se estiman tres o cuatro, mereciendo con razón la preferencia la de Rinconete y el Diálogo de los perros, porque en ellas respira el genio del autor de Don Quijote, al paso que en las otras se le busca y muchas veces no se le encuentra. «Su dicción -continua con juiciosa crítica el escritor de la noticia de su vida y de sus obras, en la edición de la Imprenta Real- ciertamente es elegante y pura, y la invención de algunas bastante feliz. Pero el alma de semejantes composiciones son los caracteres, las costumbres, los afectos; y precisamente Cervantes manejó endeblemente todas estas cosas en las más de sus novelas. El viaje al Parnaso [el Viaje del parnaso] es composición muy diferente. El autor en ella quiso hacerse justicia, ya que su siglo no se la hacía; y, suponiendo el Parnaso asaltado por los malos poetas, fingió que Mercurio venía a España a socorro de los buenos, y que le tomaba a él mismo por guía para elegirlos. Cervantes, como es de presumir, marcha con ellos y se halla en la expedición. Bien se deja ver cuánto prestaba para la sátira y el elogio esta invención ingeniosa, que ya se ha hecho demasiado común. Pero la obra, escrita por su mal en verso, se resiente en todas partes de la incapacidad de Cervantes para versificar. Así, la Adjunta al Parnaso, diálogo en prosa que añadió al viaje, se lee con más gusto que todo él. Mas hay en este libro un episodio curioso, porque descubre la situación desgraciada de nuestro escritor. Llegados los poetas al Parnaso, Apolo los recibe en un jardín y señala a cada uno el sitio que le corresponde. Los asientos se ocupan, y no queda ninguno a Cervantes. En vano para lograrle refiere todas sus obras, manifiesta todos sus méritos y se apoya en la primacía de su talento para inventar. Apolo le aconseja que doble su capa y se siente sobre ella; mas tan miserable estaba, que no la tenía, y tuvo que quedarse en pie a pesar de todos sus merecimientos. ¡Qué ingeniosas son estas quejas de Cervantes y cuán oprobiosas para su siglo! ¡Él, desairado e indigente entre los demás poetas que gozaban de crédito y riquezas! Oposición es que verdaderamente escandaliza».

Al fin de sus días tenía ya acabadas o a punto de concluirse las Semanas del jardín, el Bernardo, la segunda parte de la Galatea y los Trabajos de Persiles y Segismunda, obras de las cuales únicamente salió a luz la última, que es un romance septentrional, publicado después de la muerte del autor, en Madrid, año 1617, un tomo en 4º. Aunque en él brilla la verdad de algunas pinturas, la belleza del estilo y la gallardía en la narración, le falta un fin moral, que es el alma, digámoslo así, de los libros de esta clase, razón por la cual ha quedado en el número de los de puro entretenimiento para las gentes ociosas. Extraño es, por lo mismo, que Cervantes, en su dedicatoria al conde de Lemos, escrita durante su última enfermedad, le recomiende aquel hijo de su vejez, con una predilección tanto más rara cuanto había dado al universo su Don Quijote, producción la más admirable del entendimiento humano. Es muy frecuente entre los autores el dar la preferencia a sus más débiles escritos, semejantes a aquellos padres que suelen tener más cariño a sus últimos hijos. Es digna, no obstante, de leerse la citada dedicatoria, en que se descubre la bella alma de Miguel de Cervantes, mostrando en los últimos instantes de su vida la gratitud debida a su bienhechor, el Conde de Lemos. Al cabo de siete meses de hidropesía, murió el incomparable autor del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, en 23 de abril de 1616 (día en que falleció en Londres también el poeta inglés Guillermo Shakespeare) y fue enterrado, según lo dejó dispuesto, en el convento de las Trinitarias de Madrid, cerca de la calle del León, donde vivía. Todos aquellos que le trataron con intimidad lloraron amargamente al ciudadano virtuoso y al hombre de bien.

Los buenos ingenios que le habían desdeñado, aquellos que le zahirieron e insultaron, no pudiendo competir con él, ni menos igualarle, estaban ciertamente muy ajenos de creer que su muerte era una pérdida irreparable para las letras; estaban lejos de sospechar que la España tendría bastante algún día con el romance de Don Quijote para competir, para vencer las obras clásicas de las demás naciones.

Copiemos al fin de este artículo, por ser tan oportuno como honroso para Cervantes, el párrafo que con tanto acierto escribió don Juan Antonio Pellicer al final de la vida de Cervantes, inserta en el primer tomo de la edición de 1797, imprenta de Sancha: «La pobreza del aparato fúnebre con que fue sepultado Miguel de Cervantes y la oscuridad en que vivió pudieran reducirnos a la memoria los sucesos de la vida de Luis Camoens, famoso poeta portugués, entre los cuales se observa mucha conformidad y semejanza. Camoens fue hidalgo, poeta y pobre: Cervantes fue todo esto. El primero fue de ameno y festivo ingenio, el segundo lo fue también. Camoens peregrinó por varios reinos y perdió un ojo en la guerra; Cervantes peregrinó también por diversos países y perdió la mano izquierda en la batalla de Lepanto. Aquel, estando preso, escribió varias poesías; este escribió en la cárcel la historia de Don Quijote. El poeta portugués vivía de la limosna que pedía de noche un esclavo que trajo de la India; el español, aunque tenía algunos bienes, recibía socorros de sus amigos y bienhechores. Camoens recibía del rey don Sebastián una pensión tan moderada, que no le impidió morir en un hospital; Cervantes recibía otras del arzobispo de Toledo, y del conde de Lemos, que le impidieron morir en él. Camoens era de mediana estatura, de nariz larga, con una elevación no desastrada en la mitad (testigo de ingenio), los ojos vivos, el color blanco, el pelo rubio; Cervantes tenía el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, el color vivo, el pelo castaño, la barba y bigotes rubios, los ojos alegres, la nariz corva. Camoens, poco antes de morir, escribió algunos versos; Cervantes, después de recibida la extremaunción, escribió la dedicatoria del Persiles; Camoens se enterró con notable pobreza y sin inscripción sepulcral en el convento de las monjas Franciscas de Santa Ana de Lisboa; Cervantes se enterró con pobre aparato y sin epitafio en el convento de monjas Trinitarias de Madrid; Camoens permaneció olvidado en el sepulcro hasta que don Gonzalo Contino mandó ponerle una landa o lápida de mármol, cuando ya se ignoraba el lugar de su sepultura, con este epitafio: «Aqui ias Luis de Camoens, príncipe des poeta de seu tempo; viveo pobre e miserabelmente, é asi morreo». Cervantes permanece olvidado todavía en el sepulcro, que también se ignora, sin saberse cuándo alguna mano benéfica y patriótica le redimirá de aquellas tinieblas sacándole a la luz y colocándole en un magnífico cenotafio, donde quede inmortalizada la memoria del bienhechor con la del autor de la incomparable Historia de don Quijote.

Nosotros solo añadiremos que en Madrid se ha erigido un monumento al grande escritor, y que al fin su estatua, al paso que venga su memoria, es otra de las no menores bellezas que adornan la capital del reino.

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