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Prensa y canon · Biografías

“Cervantes”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Álbum pintoresco universal. Obra popular y periódica. Adornada con numerosas y primorosísimas láminas intercaladas en el texto, tomo I
Autor de la obra
Oliva, Francisco (dir.)
Edición
Barcelona: Imprenta de D. Francisco Oliva, editor, 1842
Paginación
pp. 261-262
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 25 septiembre 2024

CERVANTES


Miguel de Cervantes Saavedra. Nació este singular e inimitable ingenio en Alcalá de Henares en octubre de 1547, siendo sus padres Rodrigo de Cervantes y doña Leonor de Cortinas. Dotole la naturaleza de ingenio vivo, de invención rara, de atinado juicio y de afición tan vehemente a las letras, que siendo niño se paraba a leer los papeles rotos que encontraba en la calle, como dice él mismo. Estudió gramática y letras humanas siendo discípulo del maestro Juan López de Hoyos, quien al hacer la relación de la muerte y exequias de la reina Doña Isabel de Valois le llama expresamente su caro y amado discípulo, con motivo de insertar en aquel escrito unas redondillas y una elegía que Cervantes compuso en castellano en alabanza del cardenal don Diego de Espinosa. Hallándose en Madrid desde el año 1568, hizo viaje a Roma en el 1570, corriendo a buscar en Italia la fortuna o la gloria, y entró a servir al cardenal Julio Aquaviva en calidad de paje o camarero. Encendióse a poco tiempo la guerra entre el Gran Señor y los venecianos; y, ofreciendo esta lucha a Cervantes un teatro el más digno de su valor y su nacimiento, el ilustre joven español se alistó de soldado bajo las banderas del duque de Paliano, Marco Antonio Colonna, general de las galeras enviadas por el Papa en socorro de la isla de Chipre. Así se verificó en Cervantes lo que él mismo dijo después en el libro III, capítulo X de Persiles y Segismunda: «Que no había mejores soldados que los que se trasplantaban de la tierra de los estudios en los campos de la guerra, y que ninguno salió de estudiante para soldado que no lo fuese por extremo; porque cuando se avienen y se juntan las fuerzas con el ingenio, y el ingenio con las fuerzas, hacen un compuesto milagroso en quien Marte se alegra, la paz se sustenta y la república se engrandece». Aquella escuadra se reunió a la nuestra y la de Venecia, siendo generalísimo de todas estas fuerzas navales don Juan de Austria, hijo de Carlos V. Esta formidable expedición, poco feliz en un principio, consiguió al año siguiente, que fue el de 1572, la inmortal victoria de Lepanto, que restableció el honor de la cristiandad, y en que Cervantes hizo alarde de su valor, coronándose de gloria y recibiendo una herida en el brazo izquierdo de cuyas resultas quedó manco, honroso testimonio que él recuerda más de una vez en sus obras, y que a lo menos sirvió para consolar su amor propio, bien nacido, ya que no fue útil a su fortuna.

A pesar de este accidente, no desalentó el ánimo fogoso de Cervantes; antes bien, continuó en el servicio, hallándose en las empresas intentadas en las costas de la Morea en 1572, hasta que, frustrada la de Navarino, la antigua Pilos, patria de Néstor, volvieron a Italia las escuadras combinadas a fines de aquel año. Incorporose después en las tropas de Nápoles, donde estuvo mucho tiempo; y es de creer que allí dedicó las horas libres del servicio militar al estudio de la lengua italiana y a la lectura de autores clásicos, en cuya erudición se muestra tan versado en sus obras. Aun militaba en el año 1575, cuando, viniendo de Nápoles a España embarcado en la galera llamada el Sol, en 16 de septiembre cayó en poder del corsario moro Arnante [Arnaute] Mami, que le llevó a Argel y le comprendió en el número de sus esclavos y cautivos. Además de aquel amo, renegado griego, llamado el Cojo porque lo era, y enemigo implacable del nombre cristiano, tuvo Cervantes otro, que lo fue Asan Agá o Bajá, veneciano renegado, hombre codicioso, turbulento, inhumano, grande atormentador de cristianos y aun de moros. De aquí se ve cuánta razón tuvo el mismo Cervantes para decir después, que en aquella escuela «aprendió a tener paciencia en las adversidades».

Hacían sufrir entonces dos géneros de vida muy penosos a los cautivos: los unos remaban en las galeras, siendo esta la fatiga más intolerable, y los otros quedaban en la ciudad encerrados en una prisión que los argelinos llamaban el Baño, donde custodiaban a los cautivos del Dey y de algunos particulares del pueblo, cuando eran de rescate, para tenerlos seguros hasta que llegase esta ocasión. Los hacían trabajar no obstante, arrastraban cadenas, y estaban desnudos y hambrientos. Del número de estos desgraciados era Cervantes, siendo consecutivamente cautivo, ya de un particular, o ya del Dey; y, como persona bien nacida, era tenido por de rescate. En aquella horrible situación es donde desplegó nuestro ilustre cautivo los recursos de su ingenio y la fuerza de su elevado carácter, tanto que en el referido Baño compuso versos y alguna de sus comedias.

Irresistible, en fin, al poderoso influjo del amor a la libertad y la patria, discurrió varios medios para lograr su soltura y darla a otros. Su fecunda imaginación le sugirió en el año 1577 un arbitrio que hubiese tenido feliz éxito a no ser por un traidor. Sucedió, pues, que a distancia de una legua y media de Argel, junto a la playa del mar, en el jardín del alcaide Asan, renegado griego, se escondieron en una cueva unos veinte cautivos españoles, todos de familias distinguidas, los cuales trataron con un mallorquín llamado Viana, que volvía rescatado a su patria, para que negociase en ella de modo que volviese con una fragata, y de noche los embarcase y trajese a España. Eran depositarios del secreto de este plan dos cristianos únicamente, el uno jardinero y el otro un cautivo natural de Melilla, llamado el Dorador, que con el dinero que le daban los incógnitos compraba y les llevaba a la cueva el sustento necesario con mucho disimulo; pero el principal agente, el que más arriesgaba su vida en estas diligencias, era Miguel de Cervantes. Viana desempeñó con tal acierto y presteza su encargo, que volvió con la fragata a pocos meses; mas al querer saltar en tierra a media noche fue sentido de los moros, tuvo que retirarse viendo malograda su empresa, y para colmo de la desgracia el infame Dorador, que había renegado de la fe de Jesucristo, descubrió al Dey de Argel el proyecto de los cristianos ocultos en la cueva. Todos fueron presos, conducidos al Baño cargados de cadenas y tratados con el mayor rigor; excepto Cervantes, que, aunque maniatado, fue detenido en casa del Dey, quien le interrogó amenazándole terriblemente sin que pudiese saber otra cosa sino que él y no otro había sido el delincuente en aquella trama, portándose con tal nobleza, que a sí solo se echó la culpa. Quedó por entonces Cervantes adjudicado a Asan Agá, quien tuvo que restituirle después a su patrón, volviendo así a la inclemente servidumbre de Arnante [Arnaute] Mami. Mas el generoso cautivo, lejos de haberse desanimado con la espantosa idea del suplicio que vio tan de cerca, osó concebir el agigantado proyecto de hacer que se sublevasen todos los cautivos detenidos en Argel y alzarse con la ciudad. El Dey, atemorizado por la audacia de este hombre extraordinario, exigió que se le entregasen, diciendo que, como él tuviese guardado al estropeado español, tenía seguros sus cautivos, sus bajeles y aun toda la ciudad. Pagó, pues, por él la suma de 500 escudos a su antiguo amo, y luego le encadenó y le tuvo en la cárcel muchos días, vigilando sus pasos y ademanes escrupulosamente. Puede verse lo que él dijo de sí mismo acerca de esto en la novela del cautivo inserta en el romance de Don Quijote. Al cabo de cinco años de sufrimientos inauditos, se trató de su rescate en 1580 por los religiosos trinitarios, que no cesaron de manifestarle el más vivo interés por su suerte.

El príncipe africano, viéndose en la precisión de partir para Constantinopla, adonde era llamado, sobresaltado de tener un esclavo tan travieso, y al mismo tiempo codicioso del considerable rescate que por él se le había ofrecido, cedió a todas estas consideraciones juntas; y por la suma de 500 escudos que completaron dichos religiosos, aprontando lo necesario sobre 300 que había entregado doña Leonor de Cortinas, consiguió Cervantes su libertad, y en la primavera de 1581 fue restituido al seno de su familia, empobrecida con los esfuerzos que hizo para rescatarle, hallándose él entonces en la edad de 31 años. Se puede juzgar fácilmente que, habiendo nacido pobre, su afición a la poesía, la profesión de soldado y su permanencia en Argel, no le habían permitido jamás ocuparse en hacer su fortuna. Se desengañó al fin de que no podía prometerse progresos en la carrera de Marte, y, entregándose a las musas, empezó a cultivar el maravilloso talento que tenía para las obras de invención.



(Se continuará.)

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