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Prensa y canon · Biografías

“Estudios biográficos. Lope de Vega”

Autor del texto editado
Almela, Juan Antonio (1810-1897)
Título de la obra
El Fénix. Periódico universal, literario y pintoresco, nº 1, 5 de octubre de 1845
Autor de la obra
Carvajal, Rafael de (dir.)
Edición
Valencia: Imprenta de Benito Monfort, 1845
Paginación
p. 2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 septiembre 2024

ESTUDIOS BIOGRÁFICOS

Lope de Vega


Entre los hombres eminentes que honran nuestra patria, merece sin duda un lugar distinguido el célebre poeta frey Lope Félix de Vega Carpio, si no por la corrección de sus obras, por la inagotable fecundidad y brillantez de su ingenio.

Nació en Madrid el día 25 de noviembre de 1562, y fue bautizado el día 6 del inmediato diciembre en la parroquia de San Miguel. Su familia, bien conocida por su nobleza, procedía del valle de Carriedo, pero sus padres se vieron obligados, por disgustos puramente domésticos, a trasladarse a la corte, donde se dedicaron con el mayor esmero a ilustrar el entendimiento de Lope, cuyo talento precoz dio opimos y anticipados frutos.

Con efecto, a los cinco años leía ya correctamente en castellano y en latín, y aun se asegura componía versos que dictaba a los niños que sabían escribir. En el Colegio Imperial de Madrid estudió la gramática latina y la retórica en el corto espacio de dos años, hasta que, muerto su padre, se dedicó al servicio de don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila, en cuyo loor escribió algunas églogas y la Pastoral de Jacinto, la primera comedia que compuso en tres jornadas, la cual le sirvió de estímulo para dedicarse a la poesía dramática, con tal ardor, que por espacio de muchos años solamente sus composiciones ocuparon el teatro. Pero, a pesar de esto, no descuidó su instrucción, sino que, por el contrario, pasó a la universidad de Alcalá, donde estudió filosofía, graduándose de bachiller, y aprendió matemáticas e idiomas.

Sus talentos merecieron la atención del duque de Alba, quien le nombró su secretario, y entonces escribió La Arcadia.

Casó con doña Isabel de Urbina, hija de un regidor de la corte, pero la envidia y la calumnia no le permitieron gozar de las delicias que le prometía un enlace hijo del amor que le inspiraba su esposa, cuya hermosura tenía renombre. Una vil detracción le excitó a escribir un romance en que ridiculizaba al impostor; este quiso tomar venganza viniendo a las manos, pero recibió la muerte de la de Lope. Este incidente le llevó a la cárcel, pero merced a la protección de un amigo logró evadirse de ella, refugiándose en Valencia, donde permaneció algunos años; y, vuelto al seno de su familia, recibió un nuevo golpe de la fortuna con el fallecimiento de doña Isabel.

Su ardiente imaginación no le sugirió otro medio para ahogar su dolor que el de rodearse del estrépito de las armas, y sentó plaza de soldado en la escuadra contra los ingleses al mando del duque de Medina Sidonia. En Lisboa se encontró con un hermano suyo que obtenía la graduación de alférez, pero a poco tiempo tuvo el sentimiento de verle morir en sus brazos en un combate que tuvieron con ocho navíos holandeses. A pesar de esta desgracia, y en medio de las muchas que sufrió aquella famosa escuadra, escribió La Dragontea, y una parte de Las lágrimas de Angélica.

Vuelto a Madrid, sirvió de secretario sucesivamente al marqués de Malpica y al conde de Lemus, y contrajo segundas nupcias con doña Juana de Guardo, de quien tuvo dos hijos, don Carlos, que murió a los siete años, y doña Feliciana, que sobrevivió a sus padres. Su esposa murió de sobreparto de esta última. Después mantuvo por muchos años relaciones amorosas con doña María de Lugán [Micaela Luján], quien le dio muchos hijos.

Al fin, la experiencia y los padecimientos le desengañaron de la vida y sus placeres, y abrazó el estado eclesiástico por el año 1608. En 1625 entró en la venerable congregación de sacerdotes naturales de Madrid, de reciente fundación en aquella época, en la cual obtuvo el voto universal para el cargo de capellán mayor. El pontífice Urbano VIII, a quien había dedicado su poema La corona trágica, le agració con la cruz del orden de san Juan, con el título de doctor en teología por la academia de La Sapientia de Roma, con el de promotor-fiscal de la reverenda cámara apostólica y el de notario, escrito en el archivo romano. Además, el tribunal de la inquisición le nombró su familiar.

El hombre que había llevado una vida de pasiones miró todos estos honores como cosa puramente humana, y ni aun el universal aplauso que se tributaba a sus virtudes y talentos fue bastante a distraer su atención de los piadosos ejercicios a que se había entregado. El que es grande en el vicio, grande es también en la virtud el día del arrepentimiento.

Apoderose de su alma una profunda melancolía, y al cabo de un año, el día 24 de agosto de 1633, hallándose en un acto de filosofía y medicina en el seminario de los escoceses, perdió el sentido, y fue trasladado a su propia casa, que todavía es hoy conocida en Madrid, en la calle de Francos. Agravose su enfermedad, otorgó testamento el día 26, recibió por la noche el Viático, y falleció el 27.

Su entierro fue suntuoso; presidió el duelo el duque de Sua [Sessa], y asistieron a él crecido número de cofradías, religiones, sacerdotes y personas distinguidas, los caballeros de san Juan, los terceros de san Francisco y las congregaciones de familiares del Santo Oficio y de sacerdotes naturales de Madrid.

Desde que dedicó su vida al servicio de Dios fue un modelo de virtudes. La generosidad del rey y de los grandes señores le sirvió solamente para poder ejercer con los pobres la ardiente caridad de que estaba animado. A pesar de la envidia y la intriga fue generalmente apreciado no solo de sus compatriotas, sino también de los extranjeros.

Apenas daríamos crédito a la fecundidad de este poeta si no nos quedaran una gran parte de sus obras. Solo de comedias escribió, según el mismo nos dice, 1.500; algunos las hacen subir a mayor número. Los autos sacramentales pasaron de 400. Fuera de esto imprimió 40 volúmenes. En una palabra, escribió cinco pliegos diariamente durante su vida, y la mayor parte de sus comedias fueron compuestas en 48 horas, añadiendo él mismo que

Y más de ciento en horas veinticuatro
desde las musas fueron al teatro [sic].


Don Cristóbal Salazar y Mardones le escribió este epigrama:

Quinquis avet magno pretio divendere merces
illas clamosus praedicat esse Lupi.


En todo tiempo se ha juzgado a Lope de Vega con bastante severidad, y en todo tiempo ha excitado la admiración de los mismos críticos.

Cuando dio libre curso a su imaginación, cerrando bajo siete llaves, como él decía, los preceptos de la poética; al través de defectos monstruosos de propiedad, de buen gusto y aun de lenguaje, hallamos rasgos de verdadera poesía, preciosos destellos de un genio superior, de un alma inspirada; pero cuando quiso sujetar su genio en el círculo de las reglas, cuando quiso corregir con el mayor cuidado alguna de sus composiciones, como le sucedió en su poema La Jerusalén libertada, escrito con la intención de oscurecer al Tasso, desaparecía el poeta, y su obra era detestable.



J.A. Almela

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