Prensa y canon · Canon poético · Biografías
“Don Diego Hurtado de Mendoza (Conclusión)”
- Autor del texto editado
- Salvador de Salvador, José (1826-1889)
- Título de la obra
- Revista literaria de El Granadino, n.º 7, 15 de junio de 1848
- Autor de la obra
- Giménez-Serrano, José (dir.)
- Edición
- Granada:
Imprenta de Juan María Puchol,
1848
- Paginación
- pp. 49-51
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 22 julio 2024
DON DIEGO HURTADO DE MENDOZA
(conclusión)
Respetado у querido de los sabios de su tiempo, Hurtado de Mendoza era tenido por un Demóstenes en el senado y por un Sócrates en las discusiones con sus amigos. Cuando Carlos V le nombró gobernador de la República de Siena, ciudad rica, populosa, próxima a Florencia y que había conservado muchos siglos su libertad a la vez que su paz y su independencia, temeroso de que las disensiones que por primera vez ocurrían entre los sieneses tuvieran un desenlace funesto, pasó en efecto a cumplir su honroso y elevado cargo, y con la prudencia más decorosa, el más delicado tino y energía de carácter logró aquietar los ánimos, respetar los intereses justos, obviar cuantos inconvenientes se presentaban y restablecer la unión y la tranquilidad entre sus gobernados, dirigiendo después una representación al Emperador en el año de 1543 para precaverse de la invasión que debía hacer el turco, alentado por Francisco I.
Por bula de 22 de mayo de 1542 convocó el Papa Paulo III un concilio que se llamó tridentino por haberse celebrado en Trento, ciudad situada entre Italia y Alemania, con motivo de las herejías de Lutero, Calvino y Sósimo, y en 18 de octubre del mismo año recibió don Diego Hurtado de Mendoza su nombramiento de embajador del césar para que le representase en el concilio con el gran canciller Granvela y el obispo de Arrás, hijo de este, pasando los tres a aquella ciudad en enero del siguiente año. Multitud de causas impidieron que se celebrara el concilio hasta el 13 de diciembre de 1545, en que se hizo su solemne apertura y se verificó la primera sesión. Pero, hallándose bastante enfermo, Hurtado de Mendoza no pudo asistir a ella ni a las tres siguientes. Declarada la guerra por el emperador a los protestantes, se conmovió la Alemania, y muchos padres del concilio creyeron necesaria la traslación o suspensión de él, porque se conceptuaban inseguros tan cerca de sus enemigos, mas don Diego se opuso y, restablecida algún tanto su salud, trabajó con un celo incansable para lograr su buen intento, sin que obtuviera el éxito que se proponía: fue a Venecia y practicó las gestiones más eficaces, aunque sin fruto.
En 1547 pasó con el mismo objeto a Roma de embajador cerca del pontífice, acompañado de don Martín Pérez de Ayala, y fue recibido con la mayor pompa, pero sin obtener una resolución favorable. Sin embargo, las sesiones del concilio se celebraban en Trento, y Hurtado de Mendoza continuaba en su noble empeño con arreglo a los deseos e instrucciones recibidas del césar, hasta que en la octava sesión (11 de marzo de 1548) se resolvió la traslación del concilio a Bolonia por 44 votos contra 12. Con todo, ni Carlos V ni su embajador desmayaron, sino que, al contrario, redoblaron sus esfuerzos cerca del pontífice, y este ordenó a los legados no declarasen legítima la traslación del Concilio y sí prorrogada la sesión, como lo hicieron en la de 21 de abril del mismo año. Continuaron las más activas diligencias por una y otra parte, pero sin resultado, y últimamente, habiendo protestado solemnemente Hurtado de Mendoza de cuantas resoluciones no se adaptaban a su pretensión, no solo no recibió respuesta satisfactoria, sino que determinó el papa suspender el concilio. Opúsose don Diego, intimole una nueva y más fuerte protesta, y, sin que tuviera efecto la paz que ya anhelaba Paulo III, expiró este a 10 de noviembre de 1549. En 7 de febrero del siguiente año ascendió al pontificado el cardenal Juan María Ciocchi del Monte (Julio III) quien, conociendo las relevantes prendas de Hurtado de Mendoza y la justicia de sus pretensiones, y deseando estar en buena armonía con el emperador, restableció el Concilio, y mandó llevar prontamente a efecto su determinación, a fin de que el emperador supiera a qué había de atenerse en las resoluciones que debería tomar en la dieta Augusta, asignada para el 24 de junio de 1551. En efecto, expidió el mismo Julio III un diploma para que se diese principio al Concilio, y así se ejecutó en 1º de mayo.
Retirose satisfecho don Diego a Siena, donde la discordia crecía con notable daño de los intereses de la república, y, viendo la imposibilidad de reprimir a los sieneses, divididos en partidos, con medidas de consideración y tolerancia adoptó las más rigurosas y severas, pero con toda la prudencia que se necesita para no exasperar el encono cuando la cólera y el odio han arraigado profundamente en el corazón del hombre. Pero el hombre, que, por lo regular, desatiende lo que le conviene y desprecia los beneficios como estos no le halaguen inmediata y directamente, se rebela contra ellos y contra el que se los proporciona, y Hurtado de Mendoza, que tantos había dispensado a los habitantes de Siena, recibió de ellos un desengaño en una ofensa hija de la audacia y de la ingratitud.
Un día que paseaba a caballo alrededor de una fortaleza, pensando tal vez los medios de apaciguar las iras y unir los ensañados bandos, le dispararon los sieneses, matándole el caballo, sin que afortunadamente recibiera él el menor daño. Ni se atemorizó por esto, ni se arrepintió de hacer el bien, y, continuando con toda la energía y decisión que requerían los graves peligros que amenazaban a Siena, pues estaba cerca la aproximación de la armada turquesca contra las costas de Italia, levantó tres mil italianos y los entregó al conde Pelillano, su íntimo amigo. Finalmente, los sieneses se sublevaron apoyados por los franceses, cuyas ambiciosas miras no habían conocido, y, después de mil azares y contratiempos, el marqués de Mariñano, general de los imperiales, venció al general enemigo Pedro Stroci y sitió a Siena por espacio de quince meses, hasta que consiguió su rendición el 22 de abril de 1555 en los términos más decorosos y convenientes al imperio. Establecida la paz en la república, nombró el césar para gobernador de ella al cardenal don Francisco de Mendoza, pariente de don Diego, quien había contribuido mucho al éxito feliz de esta última empresa, y por orden del Emperador pasó de embajador extraordinario a Roma don Juan Manrique de Lara, hijo de los duques de Nájera, pero siempre sujeto a las instrucciones que Hurtado de Mendoza le diera, como el más hábil diplomático y conocedor de la corte romana.
En 1554 volvió don Diego a España y permaneció en el Consejo de Estado hasta el año de 1557, que acompañó a Felipe II en la famosa jornada de San Quintín. Su carácter fuerte y decidido le proporcionó algunos disgustos, y, entre otros, se dice que, habiendo tenido un día palabras acaloradas con cierto caballero dentro de palacio, se vio precisado a quitarle un puñal que llevaba y lo arrojó por el balcón. El rey don Felipe, a quien desagradó sobremanera este suceso, le mandó prender y aun salir desterrado de la corte a los 64 años de edad..., ¡64 años que había gastado en importantes servicios de la corona!
Retirose a Granada y, separado de los negocios públicos, se dedicó enteramente al estudio, sin abandonar por esto la encantadora poesía que alejaba de su frente las nubes de la tristeza y del destierro. Reunió más de cuatrocientos códices árabes, y todos los sabios le consultaban sobre las antigüedades de España. Escribió dos cartas célebres, críticas, agudas, elocuentes y modelo de lenguaje castellano, sobre la historia de la guerra de Carlos V contra los luteranos; varias dirigidas a santa Teresa de Jesús, llenas de fe, de amor y de fervor religioso, las que la santa contestaba con palabras de dulzura, de virtud y de calma. Dejó también escrito un tomo de poesías selectas que se publicó después de su muerte (en 1610) con el título de Obras del insigne caballero D. Diego de Mendoza, embajador del Emperador CarIos V en Roma. Merece gran fama y mención muy particular su Historia de la guerra de Granada, superior a todo elogio, orgullo de nuestras letras y obra digna de Tácito y de Salustio.
De ánimo esforzado, arrogante en sus empresas, celoso esclavo de su deber y diestro en su desempeño, valiente sin temeridad y religioso sin superstición, afable, honrado y sabio, Hurtado de Mendoza vivió querido de muchos y respetado de todos.
Pasó a la corte a arreglar algunos asuntos pendientes. A los pocos días de su llegada, le acometió la última enfermedad, pasmándosele una pierna, y murió en abril del año de 1575, con duelo general de cuantos le trataron y pérdida irreparable de las letras, de las armas y de la política.